Es curioso lo que ocurre. Es, por lo menos, paradójico. Una minoría parece tener más poder que todas las mayorías juntas. Se ha pasado más de un año reclamando, casi pataleando, que se convoque a “nuevas elecciones”. Y resulta que las que se llevarán a cabo este domingo no serán nuevas, serán las de siempre. Las mismas (malas) elecciones de siempre.
Camino al centro de votación, usted podría llegar a la conclusión de que las encuestas no mienten. Tamaña revelación lo sorprendería. Ninguna encuesta pudo incluir a quienes terminaron ganando las elecciones. Todas tienen un margen de error bastante flexible, al parecer, porque quien anuncian como puntero termina relegado al rubro “Otros”. Igual hay que reconocerlo: las encuestas no mienten.
No mienten porque, cada cierto tiempo, vemos que el “No Sabe / No Opina” es el gran ganador de cada elección. Unido al partido independiente “Blanco / Viciado” forman la plancha ciudadana “No voto por nadie”, que ha ganado limpiamente todas las elecciones organizadas recientemente en nuestro país.
Quizá ya sabe dónde queda, pero igual busca su mesa de votación. Entonces se percata de que aquellos que están decidiendo por quién votar, suelen pensar en quién podría ganar. Ojalá fuera un anhelo legítimo de triunfar. Pero no. Queremos ganar nosotros para que no ganen los otros. Algunas veces aparecen candidaturas que cumplen con mínimos estándares de trayectoria honesta. Pero no van a ganar. Pero están abajo. Pero no la hacen. Pero no.
Ya en la cola, con la experiencia como argumento, usted tal vez recuerda que en nuestro país ganan las elecciones los que pierden las elecciones.
Antes del flash
No hay nostalgia en reconocer que, antes, las campañas electorales duraban meses. Las plazas podían llenarse de personas dispuestas a escuchar, a conversar. No hay ninguna nostalgia, ciertamente, porque todos sabemos qué nivel de desprestigio pudo generar aquella clase política. Si no la vivimos, podemos leerla en los libros.
¿Sentiremos nostalgia algún día, por ejemplo, de las campañas actuales? Ellas parecen empezar apenas dos semanas antes, con calles atiborradas de paneles y con los canales de televisión entrevistando muñecos de campaña. Manteniendo una tradición casi colonial, sus programas dominicales solo analizan a los candidatos a la alcaldía de Lima. Ni siquiera a todos, sino a algunos. Como si no se eligieran gobernantes regionales en el norte, centro, sur y oriente. Como si no hubiera decisiones fundamentales para el devenir político a partir de lo que está en juego en costa, sierra y selva. En su día D, el cuarto poder nos ofrece el mismo panorama centralista que no conoce de punto final.
Extrañamente efusivos, los candidatos aprovechan la generosidad mediática para presentar sus “propuestas”. Fulano anuncia un mega by pass para solucionar el tráfico que generó el mini by pass. Mengano afirma que en los primeros 50 días hará lo que el alcalde anterior no pudo hacer en 1460. En su festival de ofrecimientos prometen hasta lo que está fuera de sus competencias como autoridad. Pareciera que alucinaran. “Delincuencia cero”, “seremos potencia mundial”. ¿Cómo se aplican en la realidad semejantes abstracciones?
La cola se ha estancado. La del costado es más prometedora. Uno se pregunta si podría votar en esa mesa ya que no hay nadie. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si reemplazamos los debates por una rendición de cuentas de las actuales gestiones? ¿No sería más útil que todos los candidatos elaboren una agenda única para por fin salvar a las ciudades? Imagine: el gobernante actual respondiendo a la ciudadanía por lo que hizo y sobre todo por lo que no hizo. Los candidatos de oyentes. Elaborando una agenda de consenso a partir del estado real de las cuentas. ¿Cuál es la lógica de que en cada elección tengamos que depender de la imaginación expuesta en uno o dos minutos de debate televisivo?
La cola avanza. Volvemos a la realidad. La misma donde los puestos a regidores se ofrecen al mejor postor. La de los cierres de campaña donde se reparten billetes convenientemente ocultos en cajitas de fósforo. La realidad duele y ofende. Es la ciudad de Chiclayo resignada a un entorno urbano destruido, lleno de basura. Con más de una de sus ex autoridades en prisión. O tan solo esperando su turno.
El sociólogo alemán Niklas Luhman planteaba que la desviación de las normas es el camino a la individualidad. Tal vez por ello seguimos creyendo que una sola persona será capaz de salvarnos. Un pensamiento mesiánico que fija la mirada en personas, mas no en los partidos. Evaluamos simpatías y antipatías. Queremos que gane “nuestro” candidato. Queremos ganar para que “los otros” no ganen. Y esa bendita otredad se ha ido segmentado de tal manera que cada día nos convertimos en un conjunto de tribus, todas enfrentadas entre sí. Ninguna capaz de dialogar.
¿Y qué otra cosa pueden ser las elecciones si no la oportunidad para dialogar? Esta es una virtud más que política, humana. Es la posibilidad de lograr un entendimiento que garantice la vida en común.
La cola avanzó. Estamos a punto de entrar. Tal vez la única reflexión es que podamos hablar de todo esto. Hacer catarsis, debatir si es necesario. Se empieza a hacer política cuando dialogamos. Y quizá las cosas cambien cuando seamos nosotros los que hagamos política. Cuando de verdad se vayan todos.
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(*) Sociólogo y docente universitario.
respuesta de 628697 el 2024-10-12.
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