Sin duda, en el discurrir de nuestras vidas, fundamentalmente en el país en que vivimos, hay dos actores que sobreviven apropiándose de lo ajeno. El primero es el ladrón que pulula por las calles eligiendo a su víctima para arrebatarle su dinero, el reloj, celular y lo que pueda tener a la mano. El segundo, es el ladrón “político”, que miente y ofrece para que lo elijan para robar el bienestar, la dignidad y el futuro de las personas de su comunidad. En conclusión, el primer ladrón elige, y el segundo busca que lo elijan – en ambos casos – para robar.
Según el Diccionario de la Lengua Española, la palabra ironía es una expresión que da a entender algo contrario o diferente a lo que hacemos o decimos, en ese contexto, lo irónico del hecho es que mientras al ladrón callejero la policía lo persigue y la justicia lo juzga para encarcelarlo, al “político” ladrón, sus compinches y prole familiar lo esconden, protegen y lo desaparecen fácilmente al más mínimo descuido.
Lo anecdótico de esta contradictoria actuación se da en cuanto al ladrón que roba por las calles lo que encuentra, se le encarcela y libera para que siga cometiendo sus fechorías, mientras tanto, al político que roba los dineros del Estado con codicia facilista, si bien en algunos casos va preso por unos meses, en otros, es guardado en su morada bajo el manto del confortable mandato del “arresto domiciliario” que, al final, termina siendo una sanción preventiva plagada de confort, para luego de ser cumplida, volver a cometer sus tropelías tan igual que el choro callejero.
Reflexiones subyacentes
Leía hace un tiempo una reflexión a la medida de del quehacer político. Al respecto dicha reflexión como tal nos quiere decir que “La política no es una profesión para hacer plata; el que quiera enriquecerse que se vaya al comercio o a la industria”. Bajo este concepto, se podría agregar que el que quiere ser rico no debe meterle la mano al bolsillo de los más pobres como un vil carterista, cobarde y despiadado.
En ese mismo sentido, el discurso reflexivo continúa asintiendo que, quitarle lo poco apreciable de sus vidas que les queda a los humanos como un rezago de un engaño sistemático – hoy electorero - para arrebatarle su precario bienestar, es como quitarle el balón de oxígeno al ser humano que está agonizando y luchando por sobrevivir. En esa misma línea, es digno citar a George Orwell quien decía que “El pueblo que elige ladrones no es víctima, es cómplice”, por eso es que tenemos en estos tiempos, ha personajes que buscan denodadamente ser autoridad.
La verdad no es igual a la credibilidad
Los discursos proselitistas en época electoral, podrían ser verdad cuando los candidatos de ocasión comparan la degradante situación en la que encuentra el lugar donde pretenden ser autoridad, más no es creíble cuando con engaños y malas mañas, pretenden cautivar al elector haciéndole creer que su gestión no será corrupta, sino honesta a plenitud, cuando bien se sabe que a pesar que su pregón podría ser verdad, pero no es certero para determinar su credibilidad, máxime si es sabido que la corrupción es la cultura de ganar plata informalmente y con facilidad, y que este mal endémico está arraigado y legalizado en el aparato político y en la mayoría de los estamentos gubernamentales del país donde ellos buscan ser autoridad cueste lo que cueste.
En este punto es digno de resaltar una reflexión viviente dicha por Carlos Gaviria Díaz, quien sabiamente señaló: “El que para llegar paga, llega para robar”, manifestándose a reglón seguido, “Cuando un candidato invierte millones y millones en su campaña: No es candidato, es un empresario y como empresario cuando sea autoridad solo pensará en sacar lucro, provecho y en lo que menos pensará… será en la gente”. Razón tenía Carlos.
El vil engaño electorero
La inverosímil campaña electoral está por culminar, los pregones, los desvelos imparables son cada vez más fuertes y marcados, aunado a ello, el compulsivo deseo de adquirir poder de hoy para mañana con el alma en estado de descomposición, impulsa a los candidatos a ofrecer lo que no deben como una película repetida y aburrida, que al final a uno de ellos les permitirá ser elegido autoridad, sabiendo que el cargo logrado será su útil herramienta para desfalcar los dineros y seguir traicionando la ilusión de aquellos que incluso votaron por él.
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(*) Especialista en Contrataciones del Estado.
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