Juan Salcedo Ramos en ‘El palabrero’, así como Walter Ong en ‘Oralidad y escritura’, delinean pautas interesantes sobre la riqueza entre la oralidad como más añeja en su origen y la escritura como más en pañales. Dos modos que se complementan pero que pierden quizá su valor en tanto tienden a institucionalizarse. Lo resaltante es el rescate de lo valioso de la esencia antropológica de una u otra. Por ejemplo, la narrativa oral, que en Ong se resalta como la más poética, siendo para él la más libre. Libre porque no depende de enredados ni atiborrados lexicógrafas. La fuerza de la palabra oral sería más rica porque es la más lejana de la cháchara literaria. Sin embargo, ambas, o la oral o la escrita, son necesarias para la expresión de aquel sentido abrumadoramente humano de ser o no ser en el tiempo.
Ni la escritura ni los modos diversos
orales se mantienen rígidos por siempre
Es innegable que las estructuras lingüísticas de hecho son cambiantes. Además es obvio que en la complementariedad entre oralidad y escritura se da una marcada diferencia. Pero, ¿por cuál optar? Para algunos la preferencia pasa por la oralidad pues, afirman, es la base inseparable de toda escritura que se estudia. Es obvio también que los distintos modos de expresión oral jamás han sido estáticos. Las estructuras lingüísticas que son la base de la comunicación comúnmente aceptada a través de toda la historia de la humanidad siempre varían en el tiempo en función de la libertad de quien habla.
Ni la escritura ni los modos diversos orales se mantienen rígidos por siempre. Ambos, tanto los modos de expresiones orales como las estructuras más rígidas de la escritura, que son múltiples y variables, dependen en gran medida no solo del ritmo de la historia, ni de la ubicación geográfica del que habla, sino, además, del modo en cómo cada hablante expresa su oralidad en un determinado nivel sociocultural o, en fin, según la situación comunicativa (sea formal o informal) en la que este espacio humano aparece: “el habla es inseparable de nuestra conciencia”, afirma Ong.
Comprensión universal de la oralidad
El alfabeto si bien es una estructura básica aceptada, que permite la comunicación entre una comunidad de hablantes, que es bastante amplia, este también ha variado y seguirá modificándose a través del tiempo.
Si bien algunos han quedado, u otros han desaparecido, muy pocos de estos continúan usándose y si lo hacen es a partir de ciertas variantes sugeridas que se han incorporado por consenso de la cultura oral primaria. A pesar de obvios particularismos lingüísticos (o límites de escrituras regionales) no es posible (ni aceptable) que estos paralicen el enriquecimiento de la oralidad, porque más allá de las institucionalizaciones de las producciones escritas existe una comprensión universal de la oralidad que no se puede desaprovechar ni descuidar.
La censura intolerante solo se fijará en eliminar o en mermar la riqueza del tejido de las vocalizaciones históricas. Por ello, es justo reconocer la variabilidad lingüística, pero, al mismo tiempo, reconocer que toda estructura idiomática básica como norma consensuada es también necesaria, porque sólo así es que se nos brinda una bella oportunidad para enriquecer el habla o los modos de expresión de quienes así realmente lo prefieren.
El punto de equilibrio
El punto de equilibrio entre lo variable y lo permanente de las estructuras gramaticales pasa por ser un bien lingüístico que teje un mismo propósito comunicativo. El fin que justifica éstos medios lingüísticos es el conocimiento de la riqueza de la conciencia humana que brinda al hablante o escritor una mejor no sólo expresión sino comprensión de sí mismo. Se habla o se escribe lo que se comprende íntima y profundamente mejor. La belleza de la palabra, o del texto escrito, no está en el parloteo, ni en la promoción de uno mismo, sino en saber escuchar o en sentir y gustar el más preciado pensamiento que brota de la sana conciencia humana.
Por ello, a partir de lo antes escrito, y que usted ha leído hasta aquí, guste siempre hacer uso de lo comúnmente aceptado en la literatura, de tal forma que le permita asegurar no sólo la preferencia de la ciencia gramatical sino el buen entendimiento de lo que expresa oralmente o de lo que discierne su conciencia o del diálogo con quien empatiza. Por tanto, una u otra, se puede disponer la oralidad o la lengua formal si situaciones protocolarias así lo ameritan. Quizá algunos prefieran lo coloquial por aquella forma libre de aprender a expresarse. Otros afirmarán que cuando lo protocolario no impulsa el entendimiento de la condición humana es mejor evadirla. Sin embargo, es inaudito se renuncie, al uso de la lengua más formal o más esmerada, con la que también se escribe con especial dedicación y fruición.
En Yapatera Fernando Barranzuela y en Piura la Señora Chepa
De una experiencia personal no tan próxima, que gustosamente narro aquí, y que fue la visita a Yapatera, en Chulucanas, Piura, recuerdo la visita a Fernando Barranzuela. El encuentro con este piurano jocoso, alegre, y con la sonrisa a flor de piel, nos recordó a Juan Sierra de Salcedo, tal cual.
Escuchar el verso picante de sus floridas cumananas, transportó el imaginario de los hombres urbanos allí oyentes a desear la mismísima vida doméstica de campo de aquel sabio yapatero. No eran las cumananas en sí mismas el motivo, sino la excusa. La belleza de su oralidad narraba la nostalgia de la muerte del campo, de no ver más el sol, de la falta de lluvia, de la vida que se acaba, de la pronta muerte. Fernando era consciente de la verdad de la esencia humana al recitar que todos “somos del campo”, que “yo soy un poeta campesino”, repetía.
Él usando metáforas narraba oralmente la historia de su vida, de su familia, de sus amores, y de su pueblo, que era la misma de los que le oían: “un día tuve la visita de la muerte en mi cama, me dijo abrázame fuerte y hazme tu marido”, recitó mientras recordaba la trágica muerte de un joven vecino amigo suyo que lo dejó muy triste y abatido. Se observa en él cómo la percepción sensorial del contacto corporal con la biosfera (cosmos o naturaleza) activa la emocionalidad de un sentir al máximo su vitalidad: “Soy yapatero, y me siento sano cuando me veo o me siento a conversar con la gente que me visita”.
Esta riqueza oral primaria de la cultura yapatera de Fernando, me recuerda que la seriedad de los eruditos de las escuelas de la escritura a veces y muy seguidamente ha desmañado, o se han atrevido a destruir o entorpecer el potencial innato de la oralidad que crea intensas y hermosas formas de expresión humana. Y así, nos lo confirma aquel poeta yapatero, llamado Fernando, quien sacaba versos y metáforas de los aires, pero sin lápiz ni papel, al decirse así mismo: “no siento vergüenza de decir mis barbarismos ni poder hablar como ustedes blancos letrados, porque aunque ustedes me han dado vida, a mí y a mis hermanos, tampoco niego que en el pasado nos castigaban sino aprendíamos vuestro alfabeto castellano”.
Finalmente, y en Piura otra vez, gracias a Fernando, gira mi gratitud también a la Sra. Chepa, la consejera de Vicente Santuc (eterno amigo jesuita), la sabia campesina, si bien no cumananera, sí una sabia cocinera, la “malhablada”, la festiva, la que con su palabra, su oralidad, y sin los estudios primarios del buen escribir, sí convocaba, creaba la magia de la amistad, la confesión del buen consejo, la mística de la congregación del campesino pobre, la aventura piadosa de la fe y el coraje del amor maternal.
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(*) Ingeniero y filósofo.
respuesta de Sandra FErnandez el 2020-03-12.
Gracias por la NOTA, son este tipo de informacion que necesitamos para dar a mostrar que en nuestro Departamento de Lambayeque, contamos con jovenes que hacen cultura.
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