Con los años, crecen sentimientos en el corazón de los seres humanos. Ellos mismos son un crecimiento. Quien logra albergarlos experimenta alguna idea de cohesión social. Así se alcanzan hazañas colectivas que infunden fe, alegría, solidaridad. Con esos valores se puede afrontar la vida con la fuerza de un ciclón.
En el norte del Perú hubo una hacienda. Una como tantas donde los trabajadores gambeteaban las penurias jugando al fútbol, dicen, al arrullo de chiroques y bajo la sombra de algarrobos frondosos. Era la hacienda Batán Grande, distrito de Pítipo, provincia de Ferreñafe. El hacendado se llamaba Juan Aurich Pastor, el mismo que se había bebido 300 libras de oro de champagne, con don Carmona y don Genaro Barragán.
El fútbol, como algunas marineras, también podía ser liberador. Quizá por ello eligieron el color rojo, el de la rebeldía. Era el domingo 3 de septiembre de 1922.
“Ese es el equipo de la hacienda de los Auriches”, decían, entre aplausos, los primeros aficionados, muchos de ellos nuestros ancestros. Hasta el día de hoy podemos oír en toda la región cómo se pluraliza el apellido de una familia. De esa arraigada oralidad nació el nombre de pila del equipo: el Auriche. La entonces predominante escuela uruguaya, inculcada por el entrenador Jorge Domenech, marcó la pauta para conquistar el primer título: la Liga de Chiclayo de 1933. El viento de todas las tardes brindaba el impulso final con el que se escribieron muchas tardes de triunfo en el Elías Aguirre.
Efectivamente, eran un Ciclón. La entereza que ponían en la cancha era la misma con que afrontamos la vida en esta ciudad. Fuerza para triunfar, para resistir, para levantarse.
En julio de 1953, el ómnibus que los traía victoriosos de Trujillo sufrió un fatal accidente. Entre jugadores, familiares e hinchas, perdieron la vida 22 personas. La ciudad entera salió a despedir a los caídos. El presidente Odría declaró duelo nacional.
Y a pesar de todo, el Aurich regresó. Que si la vida realmente es un juego, solo se podía volverlo a intentar. El premio era la alegría. La efímera felicidad ante la constante adversidad y el dolor de la tragedia.
Fueron el primer equipo provinciano en llegar a la Copa Libertadores de América. El primero en ganar en el mismo Santiago de Chile. Inolvidable 1969 cuando el Ciclón protagonizó aquello que hace realmente grande a los equipos: los triunfos internacionales. Ahí brillaba bajo los tres palos el olmano Francisco Mendoza; el gran Augusto Vílchez ganando a mordidas su eterno apelativo de “Perro”; infalible a la hora de los penales y tiros libres, Próspero Merino, ídolo de toda una generación.
Con el mismo orgullo, los de ahora recuerdan los goles del panameño Tejada en la Copa Libertadores de 2010. Esta vez fue ante Estudiantes Tecos cuando Aurich logró el primer triunfo peruano en tierras mexicanas. Tiempos en que la hinchada se puede dar el lujo de recordar eso, y muchísimo más, por YouTube.
El orgullo del norte
Los torneos descentralizados fueron la oportunidad para que el Juan Aurich llevara por todo el Perú la calidad del fútbol chiclayano. Ganaron corajudamente, empataron al último minuto y hasta se fueron a la segunda. Si lo vemos metafóricamente, fueron como nosotros.
Como la unión hace la fuerza, un inolvidable verano de 1993 volvieron a la Primera División fusionándose con su rival de toda la vida: el Deportivo Cañaña de Lambayeque. De rojo y verde, decidieron soplar juntos. Tres años compitieron antes de volverse a ir. Qué importa si era el original o no, si le cedieron la categoría, si el verdadero estaba aquí y no era de allá. Lo único real, al fin y al cabo, eran las alegrías que el equipo de la ciudad podía generar. Así como se refundió, el Auriche se refundó. Se levantaba, lo volvía a intentar. El Auriche siempre era Chiclayo.
Lo fueron el 17 de diciembre de 1997, cuando ganaron la legendaria Copa Perú. Vencieron en la final al UPAO de Trujillo con gol del lambayecano Johnny Mujica. Entonces, quienes nacían en la región podían brillar en sus propios equipos. Lograr el gol del título en el Estadio Nacional de Lima. No sé si eso era mejor o peor, pero era propio. Era nuestro. Rompía la hegemonía limeña.
En ese mismo escenario, el Juan Aurich de Chiclayo le brindó al norte del Perú su máximo logro futbolístico. Nunca nos vamos a olvidar de los campeones nacionales del 2011. Le ganaron al Alianza jugando dos veces en Lima. No pudieron con el Ciclón. Hasta intentaron anotarle un gol con la mano, pero no pudieron. Aquella noche, Luis Guadalupe, capitán del Ciclón del Norte, le regaló al fútbol peruano una frase que parece definirlo mejor que cualquier acercamiento académico: “La fe es lo más lindo de la vida”.
Aferrados a esa fe, cumplimos 100 años. Hay que escribirlo en plural porque el Aurich es Chiclayo, y Chiclayo es nuestro lugar en el mundo. Qué importa si recibimos esta fecha a tres puntos de descender en la Liga 2. Cómo nos va a preocupar volver a la Copa Perú si la conocemos tan bien. Esto es Chiclayo, una tierra tan generosa que cualquiera se goza con tan poca cosa que puede ser el fútbol. La fe es lo más lindo de la vida.
Padre, tengo fe de volverte a ver. De irnos a ver al Juan Aurich campeón una vez más.
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(*) Sociólogo y docente universitario.
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