Bimestres o semestres, tal vez hasta con uniformes, en la misma distancia o reencontrándose con el aula: a estas alturas del año ya todos volvimos a clases. Básica o superior, el impacto de la digitalización en el sistema educativo no se ha detenido. En tiempos donde se cuestiona como nunca antes la idea del futuro, ¿cómo pensar el “qué quiero ser” educativo?
Imagine, digamos, Chiclayo, nuestro pueblo. Imagínelo hace 200 años, decíamos. No hay radio ni televisión. Periódicos, menos. Algunos panfletos y libelos, apenas. Las bibliotecas públicas hubieran sonado a utopía. La Internet ni siquiera hubiera sonado.
“¿De qué habla, vuestra merced?”, habrían dicho los más cultos, ejerciendo el privilegio de la lectura. Solo ellos podían hacerlo. Eran una élite. Ejercían con convicción sus privilegios.
Si la educación, en nuestro pueblo y en todos los pueblos, surgió como una esperanza, fue por su capacidad de igualar algunas condiciones de vida. La modernidad se construyó bajo la idea de que las escuelas públicas enseñaran a las masas a leer y escribir. No solo aprendimos de historia o lenguaje, sino que escribimos la primera y enriquecimos la segunda.
Nos formamos bajo el mito de la educación. Aquel que decía que el esfuerzo en cultivar la mente y el espíritu podía cambiar nuestra trayectoria de vida. Nos educamos bajo la idea de adquirir un conjunto de conocimientos al cual no teníamos cómo acceder. Eran realmente descubrimientos. La palabra “alumno” denominaba a aquellos jóvenes “sin luz” que encontraban un camino. Construimos una identidad alrededor de una disciplina científica y hasta le pusimos un nombre metafórico: le llamábamos carrera.
En letras o ciencias, lográbamos ser. Vea usted la belleza de esta palabra: ser. Un título profesional nos acreditaba y resultaba una herramienta para combatir la desigualdad estructural. Estuvimos dispuestos a todos los sacrificios con tal de mostrar ese camino a quienes nos seguían. Parecía estable. Una carrera para ejercerla toda una vida. Si dicen que, antiguamente, hasta los puestos se heredaban.
Bien sabemos que todo cambia. Tal vez ahora esta premisa es descomunal. Mucho más rápido, con inclemencia incluso, todo sigue cambiando. Tan rápido que no hay imaginación humana capaz de proyectar qué podría venir después.
Dos años y medio de clases virtuales. La mitad de la carrera ha transcurrido digitalmente para toda una generación. Antes de ellos, de hecho, muchos han egresado educados sentimentalmente alrededor de los teléfonos “inteligentes”. Era el conflicto de cada mañana lograr que se alejaran de ellos en clase. Hoy simplemente se subsumieron. Hemos vuelto al espacio físico del salón, pero convivimos aún con algunos estragos de este tiempo: mantener la distancia, utilizar la tecnología para comunicarnos a pesar de estar ahí. Dicen que hay que adaptarnos a esos nuevos entornos.
Y es probable que haya que adaptarnos. Tal vez sea bueno, tal vez hay mucho por aprender ahí. El problema es que permanecen intactos muchos otros paradigmas que tal vez pudieron suprimirse.
Aquel, por ejemplo, que hizo de la universidad un servicio por el cual el consumidor paga de acuerdo a su estatus. Cuando el estudiante se convierte en consumidor prescinde de su componente crítico y creativo para exigir el producto por el cual ha pagado: acceder a un mercado laboral cada día más exigente, cada día más competitivo.
El problema es que en toda competencia hay perdedores. Estadísticamente, mucho más perdedores que ganadores.
Educar para el cambio
La psicopedagoga argentina Mariela Cordero acuñó una frase contundente. Decía que somos profesores del siglo XX educados con modelos del siglo XIX enseñándoles a alumnos del siglo XXI.
María Montessori, importantísima pedagoga italiana, decía lo siguiente: “Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz. La gente educa para la competencia, y este es el principio de cualquier guerra. Cuando eduquemos para cooperar y ser solidarios unos con otros, ese día estaremos educando para la paz”.
¿Qué hemos aprendido en este tiempo? ¿Cuánto estamos dispuestos a cambiar? ¿Podemos realmente cambiar con la tremenda angustia de la estabilidad laboral? Seguramente hoy compartimos la emoción del retorno físico, del contacto, de volver a recorrer el camino de la utopía pedagógica. Pero al volver, hemos vuelto a comprobar cuánto más podemos, necesitamos, debemos cambiar.
Preparar para el cambio es todo lo que podemos hacer los y las docentes. Inspirar valores que permitan procesar la ingente cantidad de información es mucho mejor que la pretenciosa convicción que seguimos siendo los únicos transmisores de la misma. Fomentar la capacidad de reinventarse es una enseñanza que debemos aplicar a nosotros mismos antes de prepararla como clase.
“¿Qué quieres ser?”, era la pregunta esencial para la orientación vocacional. En tiempos donde la inteligencia artificial asoma como el protagonista de un nuevo orden social, tal vez haya que cambiarla por la humana capacidad de ser.
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(*) Sociólogo y docente universitario.
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