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AYER, HOY Y SIEMPRE: El rol de la mujer en la Iglesia

Escribe: José Luis Estela Sánchez (*)
Edición N° 1265

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Hace unos días consideré oportuno escriba una pequeña reflexión sobre la irrupción del rol de la mujer en la Iglesia. Si bien aparentemente se asume que su presencia sí ha sido importante a través de la historia, enterarse que no ha sido así en realidad quizá se perciba como novedad. Es un tema viejo -anacrónico- pero que se torna primaveral si se encienden las luces que se dieron en el Concilio Vaticano II y que hoy gracias a la Iglesia Sinodal del papa Francisco se nos recuerda.

De aquella sociedad femenina secular primitiva habría que agradecer a todas aquellas buenas mujeres no-cristianas que con su “resistencia eclesial” y “rebeldía social” despertaron la conciencia dormida de las que sí lo eran. Este despertar inicial que surge por aquel colectivo cultural mundial femenino que reivindicó aquel genio femenil. Una rebeldía primigenia que ha tonificado la madurez del pensamiento pontificio, desde León XIII, pasando por Pio XII, Juan Pablo II, Benedicto XVI y arribando hoy hasta Francisco.

Era incongruente seguir siendo Iglesia sin aquel baluarte mujeril que aportaba al pensar eclesial no solo un saber complementario, sino un modo de ser. Sin la presencia de este sentir femenino no se completa la construcción de la ternura social que la mujer porta y aporta a la sociedad. No se trata de sesgos, ni de estigmatizaciones, sino de la promoción de la comunión de la diferencia que tanto varón como mujer portan esencialmente. Es sentir la Iglesia diversa -plural- sin discriminación ni servilismo.

Primeras comunidades cristianas

Es valioso recordar, por ejemplo, el liderazgo de aquellas mujeres de las primeras comunidades cristianas. Sus aportes fueron significativos para la conformación de las primeras sociedades mediterráneas de aquel tiempo. Conocer la presencia de ese genio femenino en la historia de los orígenes de las primeras comunidades cristianas es aleccionador. Gracias a ese estilo de vida de mujer tan rico se ha marcado gran influencia en el anuncio del evangelio. Gracias incluso al silencio de la vida oculta de la mujer misionera que -lamentablemente- ha sido silenciada por largo tiempo, la Iglesia aún existe.

Este liderazgo histórico de la mujer podría resumirlo en cuatro puntos cardinales: (01) siempre brindaron hospitalidad al misionero incluso exponiendo su vida, (02) es propio de ellas mostrar un gran celo misionero producto de esa fe profunda y de esa experiencia religiosa que ha evidenciado siempre el fraterno encuentro con un amigo al que llaman Jesús, (03) siempre disponibles, ligeras de equipaje en medio de múltiples ocupaciones, colaboradoras (synergos) directas en la animación comunitaria y trabajadoras incansables que, afanándose (kopiaô) duramente en favor del evangelio, dispusieron de sus casas exponiendo una vez más sus vidas, y, (04) a través de la historia han sido testimonio vivo de la participación activa en el intercambio de cargos eclesiales que han compartido junto a sus maridos y amigos de ecclesia como lo fueron por ejemplo Prisca, Evodia, Febe o como los matrimonios María y Cleofás, Junia y Andrónico y Priscila y Aquila.

Fijar nuestra mirada en ellas nos permite purificar la imagen de la Iglesia. No como una institución jerárquica, jamás piramidal, ni de solo mandones. Sino una casa común donde mujer y varón, esposos y esposas, solteras y viudas, hijos e hijas, abuelos y abuelas, colaboran y se afanan juntos para vivir en familia. Se siente así que son lo que son: una hermandad que entorno a la mesa circular celebran que son hermanos (as) de un mismo Dios Padre.

Así es como podemos avizorar ciertos rasgos o cualidades que se destacan de aquellas mujeres líderes de dichas comunidades primitivas. Ejercicio de liderazgo que tuvieron que aplicar para afrontar las dificultades propias de su época (que fueron muchas). Grandes mujeres valientes sí, pero también de honda inculturación hospitalaria. Ubicándose las primeras comunidades cristianas geográficamente en diversas zonas bañadas por el mar mediterráneo (como los egipcios, fenicios, romanos, griegos o hebreos) supieron ellas acoger a los misioneros en sus casas. Incluso lograron enseñar en su lengua la buena nueva y brindarles también el cuidado físico, así como los favores de salud que ellos necesitaban.

El liderazgo

Recordar su liderazgo no es solo resaltar la tarea funcional eclesial que de hecho la ejercieron, sino principalmente es la estimación incalculable de aquel preciado rol femenino. El sueño de toda mujer siempre ha sido construir verdaderas casas de proximidad. Mujeres dispuestas para comunicar, proteger, cuidar, animar e integrar a propios y extraños. Gran disposición cuyo testimonio vivo fue incluso ocasión de no pocos martirios. Mujeres como Febe (sin desmerecer las que no cito) cuestiona la no purificación de aquella cosmovisión androcéntrica que reina aún en todos los espacios culturales y sociales. Y aún permanece parece ser dentro de lo que es la Santa Iglesia. Febe nos recuerda cómo debería configurarse no solo la Iglesia sino la sociedad misma: un espacio casero: “como en casa”, benefactor: solidario, de servicio: “sin interés utilitario” y de un real diaconado: “que sirve a todos sin distinción alguna”.

A partir de esta prospección invoco al lector ahonde en que conozca el planteamiento de una cristología feminista. Sin intento de un feminismo violento, estereotipado o de una ideología caprichosa mal concebida. No es cuestión de moralismo ni juzgamientos. Es abrir sí mente y corazón. Recordemos que la cristología que estudia la vida de Jesús en el Nuevo Testamento alimenta sus raíces evangélicas en el Génesis del Antiguo, donde exactamente se dice que: “Dios, varón y mujer los creó” (Gn.1,27); por tanto, ni uno ni otro es de segunda categoría. Los dos iguales en dignidad. Este es el desencadenante hermenéutico del que nace toda teología indistintamente de quien la estudie. El anuncio es la presencia de un Abba (papito, o mamita) que se relaciona con ternura, bondad, misericordia y liberación. La cristología femenista encaja en dicho anuncio: una teología sinodal que integra varón y mujer. Una sinodalidad (un camino inclusivo) que -lamentablemente- por siglos se ha visto debilitada pero que aún su vindicación continúa. La opción preferencial por las mujeres no es un mero capricho ni la voluntad de los estereotipos. El problema es que aún no nos liberamos de esas estructuras sociales y también eclesiales que las oprimen tal cual objeto no digno de ser tomado en cuenta. La liberación de la ontología masculina traza una perspectiva cristiana de reconocimiento de la mujer que brota de la luz de lo bello del genio femenino.

En modo masculino

Finalmente, a quien lee este artículo le pregunto: ¿qué consecuencias se desprenden a partir de esta reflexión? Usted si es creyente en un Dios Padre bueno y que colabora en su Iglesia, ¿qué discurso de mujer fomenta en su experiencia eclesial diaria? Para mí, por ejemplo, conocer la visión cristológica de algunas mujeres teólogas, al inicio me resultaba extraño, quizá una rareza incluso hasta de medio valor. Pues comúnmente por la ruta de mi circuito académico han circulado teólogos únicamente del género masculino como, por ejemplo, Eckhart, S.T.Aquino, K.Rahner, X.Zubiri, H.Küng, P.T.Chardin, A.Mello, C.Martini, H.Balthasar, L.Boff, M.Vidal, G.Gutiérrez, E.Cardenal, J.M.Velasco, J.Sobrino o J.M.Castillo (y otros más por supuesto como J.Ratzinger o K.Wojtyla, etc.). Pero ahora en tanto profundizo atentamente el pensamiento femenino de la historia de la Iglesia así como el de las primeras comunidades cristianas me enrostra gratamente una realidad que aún no se inserta en el pensamiento social actual: aún cavilamos, oramos, estudiamos, creemos y proyectamos la vida de la Iglesia en #modomasculino.

Chocante conclusión, no rara pero de seguro cierta. Sin embargo, es también crucial hoy para decidir una conversión radical. ¡Urge ser radicales! Urge salir de este problema estructural rancio. Urge se integre la mujer en la cosmovisión católica. Que los espacios de discipulado, de misión, de cargos y en todas las propuestas posibles, extiendan renovados y liberadores mapas femeninos eclesiales. Pregunto particularmente a todos aquellos católicos varones (laicos, sacerdotes, obispos y cardenales): ¿quién es la mujer en la Iglesia?, ¿son tentadoras?, ¿seguimos pensando que es la puerta del diablo?, ¿lisonjeras?, ¿ociosas?, ¿entrometidas?, ¿chismosas?, ¿criticonas?, ¿charlatanas?, ¿ávidas?, ¿desvergonzadas? No olvidemos que varón y mujer se complementan. Son diferentes. Ni uno es menos que el otro, sino iguales en su dignidad. Si aún no se ha liberado aquel rancio modo de proceder, es momento de decidir cambiar. Yo, por ejemplo, ya inicié mi radical conversión.

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(*) Ingeniero y filósofo.

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