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EN MOTUPE ESTÁ MI CRUZ: La fe de mi nación

Escribe: Eloy Seclén Neyra (*)
Edición N° 1264

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Lambayeque late cada mes de agosto con la celebración de la Santísima Cruz de Motupe. Han pasado 154 años desde este relato fundacional, el cual queremos recordar hoy con el corazón de los peregrinos. Tal vez ya lo haya escuchado, tal vez sea la primera vez. En cualquiera de los casos, el camino es largo. Es siempre nuestro camino.

Que el mundo se va a terminar también lo decían en 1868. El astrónomo alemán Rudolf Falb había sustentado la irrefutable teoría de la inundación lunisolar. No había redes sociales que lo ayudaran a difundir sus fatídicos pronósticos, pero en todo el departamento de Lambayeque se corrió la voz del implacable cataclismo que pondría fin a este mundo. Apenas comenzábamos a llamarnos república independiente, pero ya teníamos fecha de caducidad. Científicamente comprobada.

La gravedad de la noticia hizo que los templos se llenaran. Sobre todo de no creyentes, quienes dejaron entonces de ser la mayoría. Las colas en los confesionarios terminaban con sentidos propósitos de enmienda para una vida eterna que, al fin y al cabo, no parecía tan mala.

Buscando al madero

En medio del caos apocalíptico, alguien recordó la leyenda de las cruces de madera que alguna vez había dejado el famoso fraile franciscano Juan Agustín de Abad. Por su lugar de origen, lo conocían como el padre Guatemala. En realidad era tan bueno que todos los sábados llegaba a Motupe, rezo del rosario de por medio, a pregonar que Dios es amor, fuerza transformadora, sentimiento sanador, ética para vivir en armonía y honesta tranquilidad.

La gente lo respetaba, pues eran sus acciones las que respaldaban sus palabras. Fray Agustín, también llamado el Ermitaño, llevaba una vida de anacoreta en las alturas del cerro Chalpón. Posesiones, nada. Lujos, menos. Y aún así venía al pueblo a ayudar con hierbas capaces de curarlo todo. Dicen que se ponía a preparar la comida y hasta la multiplicaba. Ejercía sobre todo el poder de la palabra. No solo la de Dios, a través del trabajo catequizador, sino la de este mundo, brindando consejos a quien los buscase. Tal vez usted no lo crea, pero la palabra tenía poder.

Afectado por la leishmaniasis cutánea, un mal tan impronunciable que simplemente le llamaban la enfermedad de la uta, fray Agustín se empeñó en lo que sería su único legado popular. El madero del guayacán, que le había permitido improvisar un lugar para guarecerse, fue el mismo que utilizó para tallar tres cruces en perfecta simetría. Sintiendo cerca el inevitable final, las escondió entre los cerros Chalpón, Rajado y Penachí. Tal vez ellas hablaban de cómo hacia las alturas podían estar las respuestas que buscábamos infructuosamente en la tierra.

Precisamente, eso fue lo recordaron los motupanos en medio del inverosímil caos del fin del mundo. En algún lugar debían estar las cruces de guayacán que había dejado el padre Guatemala.

Fue así que, ordenados en cuadrillas que cubrieron todo el pueblo, se organizaron para hallar las cruces que salvasen el mundo de su final. Caminaron días enteros, pasaron hambre y sed. Hicieron con las manos lo que hoy solo se haría con herramientas. Recorrieron por primera vez el camino sin saber que en realidad lo marcaban para siempre. Que detrás de ellos seguirían miles, millones.

Fue el 5 de agosto de 1868 cuando aquel grupo de motupanos encontró la Cruz en el cerro Chalpón. En medio de la maleza, encontraron en la cueva hojas sueltas en latín. Se lograba entender claramente algunas indicaciones: que bajaran la Cruz, que le celebren su misa, que la regresen a su sitio original. Los primeros peregrinos fueron estrictos en cumplirlas. Nombraron como primer mayordomo a José Mercedes Anteparra, joven de 26 años que había liderado la cuadrilla que finalmente logró el hallazgo.

La vida es un camino

Creyeron firmemente que Dios es amor, fuerza transformadora, sentimiento sanador, ética para vivir en armonía y honesta tranquilidad. Y el mundo no se terminó. Las retretas suenan desde entonces para recordar que el peregrinaje fue el camino a la salvación. Han pasado 154 años y la gente sigue caminando en busca de esa redención. Vienen desde muy lejos, dispuestos a emprender el recorrido que es, sobre todo, un viaje interior. Cada generación familiar identifica formas distintas para la misma caminata: con gradas y sin ellas, a lomo de burrito, pura tierra y hasta subir con cuerdas para llegar a la milagrosa gruta.

Cuando llega agosto, la festividad de la Cruz de Motupe nos recuerda que la vida finalmente es un camino por recorrer. Uno que inicia con las raíces de nuestra ancestralidad y que permanece como herencia de identidad. El solo hecho de que la fe siga viva ya es el más incuestionable de los milagros. Desde lo alto del cerro, hombres y mujeres contemplan la inmensidad del paisaje con la perspectiva de los años vividos.

Encomiendan entonces sus anhelos a la Cruz que fue capaz de salvar hasta el mismo fin del mundo. Y que si llegara de verdad, se encomendarían a ella para el camino que entonces volvería a iniciar.

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(*) Sociólogo y docente universitario.

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