En el presente artículo se indaga el poder subyacente de la imagen religiosa como aquel ‘objeto estético’ que el creyente infiere como poderosa en tanto experimenta de manera personal la contemplación de la presencia de lo divino. Es una presencialidad configurada gracias tanto al valor estético espiritual de la imagen en sí misma como al sentir de la mediación de la fe gracias a la vivencia de la ‘experiencia estética’. En primer lugar es dar cuenta cómo la forma sensible de la imagen religiosa se hace poderosa en cuanto aviva en quien la contempla la experiencia mística de la relación del encuentro personal con lo divino que por ella se capta. Como segundo punto, la intención escaptar el poder de la imagen religiosa en tanto el creyente relaciona la presencia divina que en ella existe gestándose así la experiencia mística del encuentro auténtico del sujeto-sujetado-a-lo-divino. Así pues, se propone el por qué la imagen es poderosa -y por tanto bella también- para el creyente que experimenta. Gracias a ella, el encuentro íntimo con aquel que él cree que existe y está presente no es solo porque la percibe del exterior físico de la mismísima imagen que él contempla, sino por lo que el afecto espiritual de su mundo interior, personal y comunitario, así lo ve y percibe, y lo cree.
El problema
El problema del poder de la imagen religiosa se encuadra dentro del marco de las mínimas condiciones posibles de la percepción de la contemplación creyente de una imagen religiosa, o de un ícono, que, por su belleza estética, y por el valor transpuesto de esta a lo teológico, se reconoce como poderosa.
Unos, al respecto, infieren que una condición posible para inferir el poder del ícono religioso es por la satisfacción de una necesidad salvada del creyente que se daría a consecuencia de una presencia divina presente en la imagen: “Tal imagen me salvó del COVID”. Otros argumentan que la contemplación de la imagen como bella sería la condición posible para deducir la presencia de algo infinitamente más bello aún, sea este creyente o no, y que, por tal razón, porta poder: “La virgencita es preciosa como una rosa”.
Los hay quienes sustentarán que la condición primera es el postulado de la fe pues solo así se inferirá que la experiencia estética de la imagen contemplada presentifica al ser divino, bueno, y poderoso, y por tanto bello, en el cual se cree: y es por dicha experiencia creyente primigenia que se ponderaría la imagen no solo bella, sino poderosa.
Por tanto, recapitulando, el problema nuclear que interesa en este artículo se centraría en la descripción propositiva de una de las tres condiciones posibles antes citadas, vale decir, problematizar la experiencia estética del poder del ícono religioso, no por la calificación de bella al contemplar la imagen como benefactora, no porque desde lo bello de la imagen en-sí se refiera a algo más-bello aún, sino, en qué argumentos sustentarían que el sujeto creyente contemple la imagen religiosa como poderosa o en qué condiciones él, a partir del objeto contemplado, califica el poder del ícono religioso como potente en-sí-mismo, o sea, a raíz de qué condición subjetiva o interior surge determinado afecto experiencial estético.
El poder de la imagen: la designación de una presencia
Hans Belting en su capítulo introductorio de su obra ‘Semejanza y presencia’, encuadra la discusión de este problema alrededor del marco histórico de la plasmación del culto de la imagen medieval anterior a la era de arte más reflexiva o menos ritualista en la cual vivimos. Si bien el presente artículo sigue algunas ideas suyas, aquí se examina el poder de la imagen no a partir del análisis técnico del arte estético ni del gusto ilustrativo visual que, por supuesto, se valora, sino que gira alrededor de la categoría de presencialidad que de la imagen se desprende, particularmente la de culto religioso (por ahora la del cristianismo), en tanto que así lo percibe quien la contempla.
En Belting se subraya el concepto de presencia que se da a conocer de una manera determinada a los que captan el sentido de la imagen de culto religioso, categoría distante de los que renuncian a su significado sin mediación. Del culto contemplativo al cual se refiere, la consideración de lo divino en la imagen que es anterior a la era del Renacimiento, si bien se enmarca dentro de una época medieval particular por la devoción intensa y ramificada en todos los estamentos sociales, su transversalidad meditativa es continua al paso del tiempo, pues aún su incidencia es contemporánea. El modo de la contemplación de las imágenes actuales de culto religioso confirma que la experiencia de la vivencia subjetiva de una presencia específica sigue presente, más allá del valor del análisis de la obra de arte, de la utilidad estética, o del comercio artístico. El culto que se refiere aquí se inserta en la vida eclesial, de la devoción religiosa, de la experiencia de la contemplación del creyente, lo cual no trae a menos el estudio, sino que estos rasgos característicos son precisamente, y quizá una condición posible básica, los que configurarían el poder de la imagen religiosa en sí misma. El poder de la imagen de culto sigue siendo hoy un tema no sólo medieval sino muy actual que convive junto al arte academicista pues “la humanidad nunca se ha liberado del poder de las imágenes, pues este poder lo han ejercido diferentes imágenes de diferentes maneras en diferentes períodos”.
En este artículo insisto en los términos de relación y el de imagen, pero, ¿qué deducción resulta si se lee o se escucha el término imagen? Por ella entiendo aquí, más allá de la obra expuesta como un objeto artístico, lo que se retrata de una persona y es, en simultáneo, no solo retratada, sino tratada como tal, vale decir, como persona.
Entonces, de acuerdo a lo abordado por Belting en ‘Imagen y culto’, la “imago” que infiero aquí es la del retrato, algo similar a la fotografía personal de la abuela, de la esposa, del hijo, del tío, o de la madre, o el padre, que dejaron de existir, pero que, gracias a la reverencia de culto, se les devuelve el hálito de vida, y, además, surgiría un poder afectivo mucho más hondo y extendido si tal retrato refiere más bien a una ‘imago’ religiosa como la de Jesús, María, de un santo (como Íñigo de Loyola), de una Cruz, o de un Dios no visible retratado en una ‘imago Dei’.
Ante tal tipo de imágenes que se retratan pero no son vistas como retratos inertes, sino que se tratan como personas vivas en cuerpo y alma, que hablan, obran, y escuchan, ¿qué tipo de situaciones u acciones o qué lenguaje en concreto han estado presentes en el transcurso de la historia que son quizá la evidencia de aquel poder que este tipo de imágenes religiosas han transmitido?, ¿dónde radica el poder de la imagen religiosa?
La manifestación pública de fe del que profesa el culto de una imagen religiosa acepta que la imagen no solo simboliza algo ni solo sustituye lo que en ella se representa (se retrata), sino que ella misma es la presencia viva de aquella realidad divina en la cual la fe cree (es tratada así).
He aquí un poder inherente: la ‘imago´ como símbolo material de la mediación de la fe. Más allá de la vasta iconografía de imágenes que se haya desplegado históricamente tanto en las iglesias de oriente como de occidente, esta ha conllevado hasta el límite de ciertas divergencias, desacuerdos, extremismos y disputas sobre cuál plasmaba mejor la pureza de la fe. Es la creencia, según Juan Martín Velasco, de la “familiaridad del reconocimiento” de la presencia de un alguien (por fe) ante el culto de ese algo retratado que se veneraba (en la imagen). El poder de la imagen se demuestra directamente proporcional al poder de la fe que re-conoce una familiaridad cercana ante la presencia que se retrata pero que sí está presente y se le trata como tal.
En medio de este contexto de la encarnación de una fe celebrativa, jamás bastará centrarse en el análisis académico del valor crítico de la obra de arte para honrar el valor de una presencia. Lo valioso de la experiencia estética espiritual es lo que habitualmente se experimenta de la imagen religiosa que no es sólo representar sino que se le trata como lo que es. Es la presencia real de una persona. Incluso su poder es de tal magnitud que quien cree en ella se dispone a luchar hasta morir por la defensa de lo que esa obra presentifica. Pues por la fe de un alguien presente en un algo es que se gasta la vida librando incluso hasta batallas de fe.
Es por este tipo de vivencia afectiva a la que nos sumerge una imagen religiosa que designó su poder. Es un poder que todo tipo de imagen porta en sí misma el cual el creyente confirmaría en un sinnúmero de festividades religiosas dispersas por el Perú como la de La Cruz de Motupe (05 ago) o la de Santa Rosa de Lima (30 ago) o la del Señor de los Milagros (18 oct).
---------------------
(*) Ingeniero y filósofo.
respuesta de Pedro Efrén M. el 2025-09-24.
Es inetersante como la imagen, la fé y la creencia se conjuntan para dar un peso a la significacion individual del pensamiento religioso y sus manifestaciones en la religiosidad popular. En México la Imagen de la Tilma de la Virgen de Guadalupe en la Vasilica y todas las Iglesias en el pais tiene un gran peso en la conducta, formacion y hasta en un nivel de respeto a la madre universal de todos los mexicanos.
Deja tu Comentario