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A PROPÓSITO DE LA POLÉMICA: El coco de Jaime Chincha

Escribe: Beder Bocanegra Vilcamango (*)
Edición N° 1264

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A modo de cojudeo o del mismo hueveo y sin quitarle la sazón a distinguida razón, alguien podría decir que algunos periodistas sin ostentar el título tienen libertad de decirle cualquier barbaridad como que le «patina el coco». Expresiones así guardan el dulce anzuelo para enervar a cualquier cuerdo que comprende que no es un coco sobre patines, menos un ministro con patinetas llevando cocos sobre plataforma de hielo. El límite de las preguntas no espera el otro límite de las respuestas, como que Jaime Chincha creyó, a la sazón de su pasmado y lento hablar, que el ministro no reaccionaría con el coco en buen estado de conservación. Palabras así o preguntas que no representan mayor razonamiento solo se pueden agrupar dentro de la coprolalia cuya sazón es indiscutible para entendernos mejor cuando dicen que el periodista equis es un pendejo, no habrá mejor definición coprolálica a tan osada calificación y descripción; sin embargo, se embadurna hasta el estilo de preguntar o calificar frente a las cámaras de televisión que sirven de cardumen atrevido para singulares memes al día siguiente.

¿Cuál podría ser el numen entre el pensamiento y la pregunta? Para cualquier persona que se distingue discretamente y le gusta que le digan periodista o es que lo busca sin serlo no habría diferencia, ¿detrás del pensamiento está agazapada la pregunta muy cerca del insulto?, ¿el insulto es el estímulo a la degradación cuando, dizque, el periodista plantea la pregunta?, cuestiones de este modo podrían caracterizar el rol del periodismo coprolálico en el entrevistador o preguntador como la despersonalización de tan ecuménico y arriesgado oficio, el solo hecho de ponerse el micrófono en la solapa del atuendo de canje y protegerse del maquillaje y lanzar cocos por doquier no lo hace periodista, ¿qué lo haría?, creo que desnaturaliza y despersonifica la naturaleza de la buena práctica periodística.

El código

El mismo laureado Ryszard Kapuscinski hizo periodismo; sin embargo, fue historiador, lo cual quiere decir que sus prácticas periodísticas fueron accesorias, pero dentro de la verdad como historiador. Sin embargo, en el acápite n.°17 del Código de Ética del Colegio de Periodistas/comunicadores se señala: «[e]l periodista y/o comunicador social practicará y preservará las relaciones fraternales y el respeto mutuo entre colegas y entre órganos de prensa. En sus relaciones profesionales se esforzará por mantener el equilibrio dentro de una competencia leal» (https://cpp.pe/marco-normativo/).

Pareciera que el chiste es cerrado, porque trata del cultivo del «respeto mutuo entre colegas», quiere decir que Jaime Chincha tiene licencia para bromear o faltarle el respeto al ministro. O es que resulta sencillo y cómodo juntar al periodista y comunicador y colegiarlos como tal, será por ello que ¿el comunicador comunica y el comediante también comunica y el periodista se fue de compras al congreso?, ¿es así de simple? Creo que es muy razonable lo que se sentencia: «El periodista es un cronista de la actualidad y el historiador un cronista del pasado» (Aguilera, et al., 2014, p. 11). Sin embargo, la crónica puede ser lapidaria si va de la mano de la falta de respeto. ¿Se imaginan dentro de dos décadas cómo sería el  tik tok de Jaimito Chincha? Lo más probable será para recordarlo como a Jaime Bayly frente a Alan García o Mónica Delta sonriendo con el compañero, ¿puede ser humor esta comparación?

La probidad y sensatez del periodista están cifradas en el código de ética, que a la larga es un chiste incompleto, porque primero hay que reírse luego leer lo que se dice de Jaime Chincha: «[s]u trayectoria como docente inició en la Universidad San Martín de Porres (2002), donde fue profesor de Periodismo. Entre 2005 y 2007, fue docente de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, donde dictó cursos sobre lenguaje periodístico televisivo. Según la web de la Universidad Científica del Sur, Jaime Chincha actualmente es docente de esta casa en el curso de Periodismo político» (https://larepublica.pe/espectaculos/) si de esto se entera el mexicano Manuel Caballero iría al primer diario «Daily Courrant» para leer algo de humor. A la sazón del buen chiste, bien le caería el premio «Pulitzer», seguramente que Jaime Chincha pensará que le «patina el coco» si se entera que junto con Hearst son los creadores de la prensa amarilla y para no quedarse atrás el amigo de melcocha, a quien le dio fiebre amarilla, le hubiera gustado morir con tan bonito color.

Las preguntas

A todo esto, y a tono con lo que significa el periodismo pensante, que se desvive por la pregunta o muere por la repregunta o está atento cancerbero para atestar semejante pseudoargumento que sentencia como si fuera juez corrupto, es necesario repensar sobre las condiciones de las preguntas en condicional, como si fuera delicioso preparar la sanguinaria noticia que pervive en el asqueroso rumor: «habría  trascendido que Jaime Chincha es catedrático» sin tener maestría, sin confirmar por supuesto. Parece chiste o noticia en salmuera que el curso se llame periodismo político. En todo caso, el reconocimiento al periodismo con humor, en adelante sería: «Premio Jaime Chincha», aunque «Nada está dicho», porque el «octavo mandamiento» se va al carajo con todo angurriento libreto, para que Pulitzer no se sienta tan solo y deje de pelear con Hearst.

De todos modos y a la sazón de malcriado comunicador cuyo estribillo pasmoso debió haber creído que el octavo mandamiento está de adorno, aunque cualquier ciudadano puede darse cuenta que nos ha robado el sentido y ecuanimidad del buen periodista. Aunque ello signifique leer otro chiste de mucha altura y de serio abolengo que reza en el artículo n.°11º del Estatuto del Colegio de Periodistas, cuya paradoja y antitética mentira dice: «[p]ara incorporarse al colegio como miembro ordinario se requiere: a) Tener título profesional de licenciado en periodismo, ciencias de la comunicación y afines, expedido y/o revalidado conforme a las leyes del Perú. b) Tener buena conducta e intachables antecedentes». Los «afines» y los confines da pie para que cualquier persona pueda ser periodista porque, sencillamente, se ha robado la interpretación a la ambigüedad y laxitud del enunciado.

Dentro de estas posibilidades hasta Melcocha resulta mejor comunicador sin serlo, porque siendo vulgar la verdad está cerca.

La antítesis de Jaime Chincha es que aparenta estilo siendo vulgar mediante la exquisitez de la coprolalia a la medida de la mediocridad para trascender bajo el oprobio de bachiller de alcurnia que sabe poco de educación. A todo esto y hablando de lo que podría ser los buenos modales y las buenas costumbres, tanto el  humor como aquello que no lo es, sin decir que sea atrevido lo inadmisible tiene límites donde sea, puesto que el insulto, desde hace mucho tiempo, dejó de serlo para convertir en el apodo magro, al que seguramente nos hemos acostumbrado y hasta nos parece extraño que nos llamen por nuestro nombre cuando el apodo resulta familiar, aunque el tino para lanzar «cocos  en patines» no  siempre tendrá aceptación en todos, que con derecho, no presumen su poder, sino que también es de educación exigir que nos llamen por nuestro nombre sin motes y apelativos, porque cuando se trata de ideas cuyo antagonismo ha sido ganado por el protagonismo, bien pudo Jaime Chincha ser mesurado frente al ocasional invitado vía teléfono.

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(*) Escritor y docente universitario. Palmas Magisteriales 2016.

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