“Ciudadano Presidente: En los cincuenta años que lleva el Perú de nación independiente y soberana sois el único a quien los pueblos han elevado al mando supremo sin el apoyo de las bayonetas. Estáis colocado, señor, a la cabeza de una época”. Con tales palabras, el 2 de agosto de 1872, José Simeón Tejeda, presidente de la Cámara de Diputados, entregó la banda presidencial a Manuel Pardo y Lavalle. Tras las ardorosas elecciones, que acabaron en tragedia, se esperaba bastante del primer presidente civil en la historia republicana.
El surgimiento del civilismo
En abril de 1871, más de una centena de notables se reunieron en casa de José Antonio García y García a fin de organizar un grupo político, la Sociedad Independencia Electoral, de la cual surgiría el Partido Civil. “Para su advenimiento coincidieron tres cosas: la presencia de un leader excepcional con las características positivas de un caudillo, la formulación de un programa (cuyas notas más sencillas ante las masas fueron la reacción contra el militarismo y el anuncio de una "República práctica") y la enérgica e inmediata aptitud para ir a los hechos dentro de los cauces de un intenso y combativo proceso electoral”, apuntaría el maestro Basadre. Dicho líder era Manuel Pardo y Lavalle.
Se ha sostenido que el Partido Civil fue fruto de la revancha de los consignatarios frente a la decisión del gobierno de Balta de apartarlos del negocio guanero. Sin embargo, hay que notar que a lo largo de los cincuenta años republicanos, se habían producido varias transformaciones en la sociedad peruana, apuntando al surgimiento de un partido político moderno. De hecho, un análisis de la red de colaboradores en provincias, muestra que integraba a amplios sectores del país, a través de profesiones y oficios claves, buscando articular a los sectores laboriosos del país a fin de establecer una fuerza superior al de las individualidades aisladas, replanteando el sueño republicano.
La vertiginosa carrera de Pardo
Hijo del escritor costumbrista Felipe Pardo y Aliaga, Manuel Justo Pardo y Lavalle nació en Lima en agosto de 1834, y fue asesinado, cuarenta y cuatro años después, en noviembre de 1878, siendo presidente del Senado, poco antes de la catástrofe nacional de 1879. Inició su actuación pública como articulista en La Revista de Lima, resaltando el afán de promover el progreso material, la necesidad de orden e institucionalidad y la libertad cívica. Pardo hizo fortuna en actividades diversas, que incluyeron la agricultura, la banca y el comercio guanero.
Su prestigio como financista le abrió las puertas de la Secretaría de Hacienda en noviembre de 1865, en medio de la crisis generada por el conflicto con España. En tal coyuntura, su labor se caracterizó por un espíritu de honradez, de economía y por buscar el incremento de las rentas públicas, a través de un vasto plan tributario, cuyo fracaso hizo constatar que el guano no enriquecía a la Nación ni fomentaba la industria, ni el comercio y consiguientemente el bienestar del ciudadano. La lucha contra los intereses creados levantó fuerte oposición al Secretario de Hacienda, que renunció en noviembre de 1866.
En diciembre de 1867, Manuel Pardo fue elegido director de la Beneficencia Pública de Lima, cumpliendo una notable labor durante la epidemia de fiebre amarilla, fundando la Caja de Ahorros e iniciando la construcción del Hospital Dos de Mayo. Su popularidad aumentó con su labor como alcalde de Lima entre 1869 y 1870. Desde esa época, desarrolló una nutrida correspondencia con las provincias, que fructificaron durante la intensa campaña electoral de 1872.
Pardo asumió la Presidencia el 2 de agosto de 1872. Lejos de contar con tranquilidad, la agitación fue constante bajo el régimen de Pardo: Alejandro Revoredo hizo un recuento de 37 conjuras y rebeliones en contra del gobierno. El gran rival del líder civilista sería el antiguo ministro de Hacienda de Balta, el enemigo de los consignatarios, Nicolás de Piérola. En una sugestiva comparación, el poeta José Santos Chocano diría que “Pardo es el tipo imponente del Jefe de Estado; Piérola es el tipo irradiante del caudillo romántico”.
Y a pesar de tal agitación, Pardo se esforzó en materializar sus proyectos en el gobierno; don Manuel González Prada, crítico con el civilismo, escribiría con cierto respeto: “A pesar de la incesante inquietud en que gobierna [...] Manuel Pardo inicia reformas trascendentales y concibe grandes proyectos. Funda escuelas y contrata profesores europeos, deseando infundir nuevo espíritu a la educación nacional; crea los Concejos Departamentales, queriendo avanzar un paso en la descentralización política y administrativa; establece los registros civiles, preparando el terreno para la secularización de la vida social, etc. Mucho bueno habría realizado, merced a su carácter enérgico y emprendedor, si hubiera tenido auxiliares más aptos y enemigos menos pérfidos […] Con todos sus defectos, mejor dicho, con todos sus errores (algunos gravísimos) Pardo se diseña como el único mandatario que, después de Santa Cruz, haya concebido un plan político y abierto uno que otro surco luminoso”.
Descentralización y educación
La visión descentralizadora fue notoria en Pardo desde su viaje a Jauja, al apreciar las riquezas en dicha provincia. A lo largo de su gestión hacendaria entre 1865 y 1866, evidenció sus ideas descentralistas en la clasificación de las rentas y gastos públicos en generales y departamentales. Como alcalde de Lima, Pardo pudo apreciar los problemas rentísticos de las municipalidades peruanas, por lo que buscó generar rentas alternativas. Ya como presidente, y con la crisis económica surgida por el agotamiento de la renta del guano, Pardo vio la ocasión para lograr reducir el centralismo a través de la descentralización municipal, transfiriendo rentas y competencias a los Concejos Municipales, en un intento que duró hasta la dictadura de Piérola en plena guerra.
La educación, junto con la participación de la población organizada en las tareas del gobierno, eran para el líder civilista, el único camino posible para una transformación estructural del país. Para el mandatario no eran las leyes las que debían reformarse sino los hombres “y esta reforma no se obtiene sino por la educación y por la práctica misma de la población en los asuntos de su localidad”. Para impulsar la educación, Pardo tomó tres medidas fundamentales: en 1873 asignó a los Concejos Municipales responsabilidades en el desarrollo educacional local; en 1876 promulgó el Reglamento General de Instrucción Pública que estableció la educación primaria obligatoria y gratuita en su primer grado, además de definir las responsabilidades de los niveles primario, medio y superior; y por último, estableció la contribución de escuelas a todos los ciudadanos entre 21 y 60 años.
Sin embargo, la esperanza en que los peruanos pagasen por la educación de sus hijos o que los municipios atendieran mejor a la educación pública quedó desvanecida: la oposición clerical y la crisis económica frustraron tales ideas. Quizá Pardo y sus colaboradores creyeron ilusamente que los peruanos iban a contribuir decididamente para la educación de sus hijos. En nuestros días, la óptima educación de los hijos es uno de los mayores sacrificios que hacen los padres de familia, pero en el Perú decimonónico, existían temores frente a la educación de las masas y al riesgo de la inoculación de ideas nocivas que desestabilizasen el orden social.
La crisis anunciada
Una de las mayores paradojas de la historia peruana fue que Pardo, el defensor del uso previsor de la renta guanera, llegó a la Presidencia cuando la ficticia bonanza construida sobre dicho abono, tocaba a su fin. Pardo reveló la gravedad de la situación financiera del Perú en su Mensaje al Congreso en septiembre de 1872, explicando que todos los ingresos del guano debían ser aplicados a la deuda externa, que el déficit ascendía a más de 8 millones de soles. Buscando recaudar mayores ingresos, se optó por intervenir en la producción salitrera en Tarapacá, fuerte competidora del guano. En palabras del sabio Raimondi, “si continua la excesiva producción del salitre, y con ella el bajo precio de este artículo, el Perú verá seguir disminuyendo la venta del huano, y las rentas, que este le proporciona para cubrir sus obligaciones”. Y para solucionar el problema, se optó primero por el estanco, y luego la nacionalización de las salitreras. Todo fue en vano: la crisis mundial de 1873 golpeó duramente al Perú, y la inconvertibilidad del billete fiscal, la cesación de pagos de la deuda externa, el alza de los precios y la desocupación al cesar las grandes obras, generaron una fuerte inquietud social. “Con tanto ¡que viva Pardo! Y en lo que vino a parar”, decía una canción de la época.
La política salitrera de Pardo sería trágica, porque lo que faltó al Perú para hacer funcionar su plan, era la soberanía sobre la totalidad de las salitreras, ya que existía la competencia del salitre boliviano, explotado por capitales chilenos e ingleses, competencia que terminó por sentar las bases de la Guerra del Pacífico en 1879, a la que el Perú se vio arrastrado por un Tratado Secreto de Alianza con Bolivia firmado en 1873 bajo el gobierno civilista. Peor aún: producto de la crisis, el Perú no pudo armarse de forma adecuada.
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(*) Abogado, docente universitario e investigador.
respuesta de Pedro Manuel Estrada Morán el 2022-05-06.
Participé como socio en los años ochenta,eran todos jóvenes, con el espÃritu de servir,el trabajo me alejó de la hermosa ciudad de Chiclayo y no pude continuar acompañándolos.
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