Dicen los que han vivido que antiguamente las Fiestas Patrias en el Perú se celebraban como si fueran Navidad. No se refieren al frenético movimiento comercial o a la posibilidad de brindar regalos, sino a la terrenal idea de celebrar la vida. Al fin y al cabo, la navidad suele ser una tregua. Un instante, al menos. El amor nos moviliza y en el camino encuentra a otros seres humanos con quienes compartimos el tiempo y el espacio. Hasta con esperanza viene el abrazo.
Que 28 de julio era como navidad, cuentan con nostalgia. No necesariamente la entiendo, pues no llegué a experimentar ese sentimiento, a pesar de estar ya en el umbral de las cuatro décadas. Pero les creo. Se celebraba el nacimiento de la Patria como esa posibilidad de ser, de existir. Un ideal que lograba la cohesión social, un horizonte en común que anhelaba el progreso, la justicia.
Generaciones más, generaciones menos, quizá a estas alturas del viaje quizá estemos de acuerdo que no ha quedado mucho por celebrar para nosotros. Que decir ahora Feliz 28 puede sonar a irónica perfidia. Que embanderar las casas e instituciones se convirtió, literalmente, en un saludo a la bandera. Que incluso cuando esta edición del semanario aparezca, 201 años de independencia nacional, nadie sabe realmente qué podría pasar.
Convicciones preliminares
A estas alturas del camino, sin embargo, tal vez queden algunas convicciones. Todas siempre son debatibles, pero la evidencia abunda, es constante. Son las siguientes:
La voluntad popular se expresa en elecciones democráticas. Con ellas expresamos nuestra posibilidad de decidir civilizadamente. Civilizados, es decir, ciudadanos. Elegir en elecciones transparentes es expresión de nuestra libertad. Para eso hay reglas, mecanismos de fiscalización, instituciones, plazos. Ninguna decisión se toma imponiendo criterios por encima de otros. Elegimos justamente luego de haber escuchado todos los argumentos posibles.
Hace exactamente un año, proclamamos al presidente de la República que elegimos respetando la lógica anterior. Hablo en plural, porque lo hicimos todos. No importa el símbolo que hayamos marcado en la cédula o si escribimos algún número para congresistas. Participar en una elección implica necesariamente aceptar los resultados, respetarlos y decidir en función de ellos. Quien no siga esta lógica tan solo demuestra que persigue fines totalmente diferentes a los que motivaron dicha elección.
Por supuesto que se puede y se debe cuestionar. Mucho mejor, fiscalizar. Observar críticamente es parte de las mismas lógicas que sostienen una elección. Denunciar con evidencias, reclamar que se cumplan los acuerdos. La ciudadanía puede, y debe, organizarse para exigir a sus representantes que actúen en función de los acuerdos. Votamos para buscar cambios concretos. Precisamente por eso cambiamos de representantes. Porque queremos cambios. Quien no siga esta lógica tan solo demuestra que la democracia es una puesta en escena que se realiza cada cinco años.
La dura realidad
Sucede en el Perú que nada de lo anterior sucede. Sucede que ya nos hemos acostumbrado que así sea (o que así no sea).
Elegimos un gobierno con promesas de cambio para un periodo de cinco años. Sin embargo, desde el primer día hemos visto a una maquinaria política y mediática promoviendo una vacancia por razones que han lindado con el absurdo. En su empeño han destruido su propia credibilidad. Han recurrido al racismo y al clasismo. Como las leyes subrepticias que aprueban de madrugada, parece que lo lograrán por insistencia.
Nos damos cuenta, entonces, que votamos por las puras. Que la voluntad popular que sostiene a un Estado es letra muerta para la clase política. Le dijimos No a la bicameralidad, y siguen buscando cómo imponerla. Le dijimos No a la relección de congresistas, pero ellos insisten en quedarse. Decimos pueblo y desde la pantalla replican con desprecio: “¡Defina pueblo!”.
En su obra póstuma, titulada “Retrotopías”, el sociológo Zygmunt Bauman plantea una de las paradojas que caracteriza a esta época. La incertidumbre por el futuro ha llegado a tal extremo que nadie puede visualizarse en él. Ante ello, el ser humano se siente más seguro identificándose con el pasado. Se idealiza una instancia del tiempo que resulta más estable ante una perspectiva de guerras y destrucción.
Entonces, antes pensábamos que era posible cambiar el mundo. Le llamábamos utopía, y aunque el camino era incierto, por lo menos podíamos seguirlo.
Hoy, sin embargo, nos convencimos (o nos convencieron) de que ese mundo no cambia. Por eso ubicarnos en el pasado es más certero. El nombre que propone es retrotopía.
En medio de esta incertidumbre, el pueblo peruano persiste en su lucha diaria a través del trabajo, la educación y la solidaridad. Evoca con amor esa retrotopía que no sé si fue mejor, pero por lo menos brindaba un horizonte de cambio. Esta inusual crisis política no nos encuentra divididos, como dicen. Al contrario, estamos firmes. Los estamos viendo. Estamos entendiendo los conceptos. Merecemos celebrar al Perú, como antes. Merecemos los cambios que hagan de él un lugar mejor, para siempre.
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(*) Sociólogo y docente universitario.
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