El gobierno de Balta había iniciado en medio de calamidades como la epidemia de fiebre amarilla y el terremoto del sur. Había saneado la economía con el contrato Dreyfus, pero, obnubilado por la fiebre de las obras públicas, comprometió las rentas nacionales con dos empréstitos sucesivos, primero por 59 millones de soles, y luego por 75 millones de soles. Al apostar por el francés Dreyfus, había roto con los consignatarios nacionales, y la consecuente tensión política llevaría al trágico final de su gobierno en julio de 1872.
Lejos de mostrar tendencias ideológicas definidas, Balta se enfocó en temas económicos y de obras públicas más que en asuntos políticos. Si bien, al inicio de su gestión no había encontrado mayor oposición, a medida que avanzaba en su mandato, el mismo Balta se suscitó enemigos cuando dejó entrever la intención de imponer su sucesor. Primero se rumoreó que quería apoyar a su hermano Juan Francisco; luego apoyó al expresidente general José Rufino Echenique, pero al no generar apoyos su candidatura, intentó proponer al jurista Antonio Arenas como candidato de compromiso. Y es que la candidatura más fuerte en las elecciones era la del dinámico intelectual y empresario Manuel Pardo y Lavalle, líder de la Sociedad Independencia Electoral (el futuro Partido Civil), que aglutinaba a los antiguos consignatarios, a importantes sectores en la academia, entre los artesanos, comerciantes y sectores de clase media tanto limeños como provincianos, y hasta en altos militares y marinos.
Era vox populi que el presidente Balta no estaba dispuesto a entregar el poder a Pardo, y sus colaboradores en esa tarea eran los hermanos Gutiérrez, que habían reforzado al ejército, hasta contar con siete mil hombres en constantes ejercicios públicos. Sin embargo, a último momento, el presidente, aconsejado por varios amigos, entre ellos Enrique Meiggs, cambió de opinión: en la mañana del 22 de julio de 1872, en una borrascosa entrevista con Tomás Gutiérrez, se negó a emprender acciones subversivas.
Los hermanos Gutiérrez
Comprender y analizar lo más imparcialmente posible los hechos de julio de 1872, requiere prestar atención a las demonizadas figuras de los hermanos Gutiérrez.
Tomás Gutiérrez, oriundo de la sierra arequipeña, tenía algo más de cincuenta años cuando en diciembre de 1871 asumió el cargo de ministro de Guerra y Marina. Modesto arriero, hizo carrera militar ascendiendo a coronel en 1858 por su conducta en el asalto de Arequipa. Tres veces fue ascendido a general de brigada (Pezet en 1865, Castilla en 1867 y Diez-Canseco en 1868), y tres veces quedó sin efecto el nombramiento por razones políticas. Con fama ganada de hombre capaz y prudente, Balta confió a Gutiérrez la Inspectoría General del Ejército, pero el ascenso a generalato quedó pospuesto.
Silvestre, Marceliano y Marcelino, no tenían el prestigio de Tomás, pero a su sombra habían hecho carrera. Silvestre y Marceliano tenían reputación de oficiales valientes y enérgicos, aunque violentos e irritables; Marcelino pasaba incoloro frente a la personalidad de sus tres mayores. “Eran en fin militares y sostenedores de un gobierno que se enajenó la opinion con su proceder tortuoso é incierto, ¿qué porvenir se les esperaba, pues, con el triunfo de la candidatura civil, mucho mas cuando entre todos sus defectos brillaba al parecer la honradez, virtud harto rara en nuestros hombres públicos?”, recordaba un contemporáneo.
El golpe
La noche del mismo 22 de julio se tenía previsto el matrimonio de una hija del presidente, y se ultimaban los preparativos, cuando a eso de las dos de la tarde, Silvestre Gutiérrez, al frente de dos compañías de su batallón, se dirigió hacia las habitaciones del presidente, lo apresó y lo envió al cuartel San Francisco en un coche de plaza. Luego proclamó solemnemente a su hermano, el “general” Tomás Gutiérrez, Jefe Supremo de la República, en medio de los vivas entusiastas de la tropa.
Mientras tanto, en el Congreso de la República seguían sesionando las Juntas Preparatorias, cuando llegó la noticia del cuartelazo. Ante ello, la Cámara de Diputados solicitó la formación de Congreso Pleno, procediendo a redactar una protesta, la cual fue aprobada por unanimidad, declarando a los golpistas fuera de la ley, contradiciendo lo establecido en el vigente Código Penal de 1863. Al establecer que los Gutiérrez estaban fuera de la ley, implícitamente se dejaba su sanción a la ley del más fuerte; sin duda, en el apasionamiento del momento, los parlamentarios que rubricaron la protesta del Congreso no se apercibieron de tal cuestión. Cuando los congresistas se encontraban en la firma de la protesta, ochenta celadores ingresaron a la sala de sesiones y desalojaron a culatazos a los representantes.
La situación en las provincias
El 23 de julio, se emitió la usual serie de proclamas y decretos, con el aval del nuevo secretario general, el abogado y orador liberal Fernando Casós, quien justificó su actitud en la necesidad de evitar una dictadura castrense y ultramontana. Ese mismo día, la Marina de Guerra rehusó acatar a Tomás Gutiérrez, ofreciendo sus elementos a la Nación para hacer frente al gobierno de facto. Manuel Pardo, que había logrado escapar de Lima, logró unirse a la escuadra que lo trasladó a Pisco.
En las ediciones del diario oficial El Peruano del 24 de julio de 1872, junto con los decretos del nuevo Jefe Supremo, se publicaron los telegramas y notas de apoyo en provincias, o al menos en un sector del aparato estatal, opuesto al ascenso del civilismo. Figuras como Nicolás Rebaza en Trujillo, Ladislao Espinar en Ica, o Gregorio Relayze en Chincha, telegrafiaron su aceptación al nuevo gobierno.
En Lambayeque, el coronel Agustín Bedoya informó telegráficamente el 23 de julio la adhesión al régimen de Gutiérrez, pero al pedir más datos para disipar la alarma local, se produjo una interrupción en la línea; cabe la posibilidad de algún sabotaje por parte de los opuestos al pronunciamiento. Por eso, al día siguiente, reparada la avería, Bedoya reiteró su apoyo al gobierno de facto.
Es curiosa la reiterada mención a la existencia de un acta de adhesión al régimen gutierrista, la cual, evidentemente y a la luz de los hechos de los siguientes dos caóticos días, fue destruida para evitar incomodidades políticas en las provincias lambayecanas. Otro sería el tenor de El Peruano el 25 de julio, dictando medidas para afianzar el régimen de facto con el manejo de las rentas aduaneras y el enjuiciamiento de quienes intentasen trastocar la lealtad de las tropas. Aún más distinto, sería el tenor de El Peruano del 27 de julio, después de la dantesca víspera.
El dantesco 26 de julio
Amaneció el viernes 26 de julio de 1872. Silvestre Gutiérrez condujo tropas al Callao, regresó a Lima para dar su informe, y volvió a salir hacia la estación del ferrocarril de San Juan de Dios. Allí, tras enfrentar a una poblada hostil, Silvestre recibió un balazo en la cabeza, y su cadáver fue despojado de cuanto llevaba. Era cerca del mediodía.
Mientras tanto, Tomás Gutiérrez almorzaba en Palacio con el coronel Rosa Gil, abriendo la posibilidad de someterse al segundo vicepresidente, general Francisco Diez-Canseco, a cambio de quedar en libertad para retirarse del país con sus hermanos. Pero al enterarse de la muerte de Silvestre, la serenidad abandonó al dictador que informó del hecho a Marceliano, que estaba al mando de su batallón en el cuartel San Francisco, custodiando al presidente Balta.
Marceliano formó a su batallón, y marchó a Palacio para reunirse con Tomás. No estuvo presente cuando el mayor Nájar, el teniente Patiño y el capitán Espinoza ingresaron a la habitación en la que el depuesto presidente Balta dormía después de almorzar y lo acribillaron. Producto de los impactos, el cadáver cayó del catre. Según la autopsia practicada, el cadáver del presidente exhibía once heridas, diez de armas de fuego disparadas a bocajarro y un bayonetazo en el cuello; la muerte debió ser instantánea sin dar tiempo a los auxilios médicos o religiosos que algunos testigos afirmaron luego.
Lo que sí sabemos es lo que ocurrió luego. Marceliano y Tomás Gutiérrez se dirigieron al fuerte de Santa Catalina, donde estaba Marcelino. Marceliano marchó con su batallón al Callao, donde moriría combatiendo. Tomás y Marcelino lograron abrirse paso fuera de Santa Catalina, vestidos de paisano. Marcelino logró asilarse en una casa amiga, mientras que Tomás tomó otra ruta que le fue fatal: fue apresado y se le intentó llevar a la casa del segundo vicepresidente Diez-Canseco, pero en la plazuela de la Merced, se concentró una caldeada multitud dispuesta a no dejarlo pasar. Un boticario intentó socorrer al fallido dictador haciéndole entrar en su establecimiento a fin que pudiera salvarse por la puerta falsa. Fue en vano: la turba se abrió paso, encontró a Tomás Gutiérrez y le dispararon. El cadáver fue arrastrado a la calle, baleado y acuchillado. Eran algo más de las diez de la noche.
Un grupo de exaltados se dirigió a la iglesia de los Huérfanos por el cadáver insepulto de Silvestre para unirlo con el de Tomás; ambos fueron arrastrados hacia la Plaza Mayor, donde fueron colgados en dos farolas. Al día siguiente, ambos cadáveres fueron colgados en las torres de la Catedral, y tras ser arrojados, se les quemó delante del atrio de dicho templo. La hoguera fue avivada para echar en ella al cadáver de Marceliano, exhumado en el Callao.
Fue en tal espiral de violencia que el primer vicepresidente, coronel Mariano Herencia Zevallos, asumió el mando para completar los días que faltaban al gobierno de Balta. Dio medidas para avanzar el proceso contra los asesinos de Balta y contra los funcionarios que se unieron al golpe, y acató la decisión del Congreso que el 1° de agosto de 1872, proclamó presidente electo a Manuel Pardo, quien asumiría su expectante gobierno al día siguiente.
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(*) Abogado, docente universitario e investigador.
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