A propósito de los acontecimientos patrios, es de civiles ciudadanos y respetuosos hombres y mujeres que observan cómo se iza la bandera cada lunes de formación en la escuela, la Marcha de Banderas se antecede al Himno Nacional con las manos erguidas apuntando al suelo como demostración de haber aprendido algunos valores como el respeto a tan significativa fecha de aquel julio de 1821; mientras, en el sur, el espíritu tenía otro aroma independentista, porque en 1824 aún se libraba el derecho a ser libre e independiente; sin embargo, los entretelones de cada 28 de julio están urdidos de mitos y verdades que hemos aprendido, con obediencia ciega, en la escuela como que la escarapela debemos llevarla en el pecho, aquella que se compra en la esquina.
De la historia contada por el profesor aprendimos que Alfonso Ugarte se lanzó desde el morro de Arica, cuando en realidad es contradictorio porque los caballos, ―si es que fue caballo― por naturaleza, nunca se lanzan al vacío, pero eso aprendimos. Nunca nos dijeron que Alfonso fue potentado adinerado y no fue soldado. Tampoco cayó al mar, porque los arenales lo esperaron después de escabroso paraje rocoso. Aquellos mitos de la escuela, aquellas leyendas de abuelos para que los escolares nos oigan espantados son parte de la escuela, porque ella es así, un poco mítica y fiel a la escarapela sin significado.
Los símbolos
Lo mismo sucede con los símbolos patrios, porque algunos siguen pensando que a San Martín se le ocurrió soñar “algo” de dos colores y con ello surgió nuestra bandera definiendo el contraste entre el rojo y blanco muy lejos del simbolismo, que tanto se ha pegado al consciente.
Es de sana costumbre portar pequeña escarapela en el pecho asumiendo que uno de los valores cívicos se cumple con suficiencia y que bien se puede identificar cómo las personas son patriotas, porque nos debemos a la nación o a un pedacito de tierra. Llevando la escarapela en el pecho demostramos nuestra querencia, nuestra territorialidad, nuestro sentido de pertenencia, nuestro sentido de identidad. Aunque, la escarapela no sea el símbolo, tampoco viene sola; se acompaña de la buena comida y del buen trago, porque si se trata de un buen pisco también es motivo de conversación, porque los chilenos también arguyen lo mismo, a tal punto que el suspiro a la limeña corre peligro. Ojalá que digan que la escarapela es suya, porque aquí no representa nada, excepto el negocio del mes.
Representación falsa
La escarapela de la escuela o de la esquina o aquella que se adhiere con dorado imperdible en el pecho para lucir que estamos de fiesta no representa nada, no representa nada cuando se compara con el escudo nacional o la misma bandera que flamea libre a ritmo del viento que la siluetea.
El simbolismo de los tres reinos de la naturaleza se puede sentir en el escudo, aunque el yacimiento de oro no sea nuestro, pero debemos, al menos dibujarlo, por una cuestión de respeto al mismo.
De igual manera sucede con la bandera, cuyas franjas nos definen en dos cuestionamientos que la historia siempre nos ha dicho: la sangre de algunos peruanos y la pureza del blanco para comprender que es parte de nuestra identidad y con énfasis cada 28 de julio. Sin embargo, la escarapela merodea silenciosamente en el consciente que automáticamente la llevamos en el pecho y con ello los símbolos ya serían cuatro, pero se sabe que por mandato de ley son solo tres: el Himno Nacional, la Bandera y el Escudo, entonces, ¿por qué lucimos la escarapela en el pecho? ¿No sería mejor lucir el escudo? ¿No sería más propio exhibir la misma bandera?
Atuendo
La idea de sentirnos patriotas o personas civilmente peruanas reposa en la costumbre que empezó con tela para llevarla en el pecho como cualquier atuendo, la costumbre nos hizo de este modo, la tradición nos ha hecho peruanos portando una escarapela. Sin embargo, no es el símbolo creado para los fines de reverencia y respeto por la significación del 28 de julio.
Así como se valora la llegada de Naylamp o se describe el origen del Lago Titicaca y las historias escritas alrededor, se ha escrito en el colectivo peruano la idea de que el patriotismo se refleja en la escarapela, con ello el sentido identitario colisiona con la creencia sobre nuestro patriótico mes, porque hemos adoptado un símbolo más por costumbre que por el mismo razonamiento o en su defecto, como toda fecha festiva es el negocio enajenado que no salpica nada de identidad, porque cada peruano debería entender que el patriotismo no solo es la recordación de tiempos funestos, sino que es tan propio reflexionar sobre las formas de ser y existir llevando el verdadero símbolo que aviva nuestro espíritu patrio.
Uso por costumbre
El mito de los símbolos, sin son tres o son cuatro y la misma representación icónica ha sido acogido por la escuela que nada advierte cuando se habla de identidad muy cerca del ruego o la misma súplica para ser ciudadanos que vivimos cada 28 de julio con escarapela antes que un pequeño escudo. Cuando se juzga que los sistemas educativos no funcionan y que la escuela no cumple el rol es porque existen controversias que permiten cuestionar las razones que nos inducen a costumbres antes que a la misma verdad. Las explicaciones sobre los tres símbolos de la patria quedan para el lirismo urbano, sirve para el desarrollo de la clase, cada explicación nos contagia de la costumbre y nos aleja del sentido de identidad que tanta falta nos hace.
No se trata del mismo sistema fallido en el que la escuela pervive, porque nadie nos dijo que son cuatro símbolos. Hemos aprendido, por imitación, que son tres, pero un cuarto trapito bicolor se pega sobre nuestro pecho, sin representar nada. El sistema o la estructura social no falla, es la persona que representa a la escuela, somos nosotros quien asumimos que la costumbre es el reflejo de nuestra identidad, en realidad nada más falso que el falsacionismo recurrente para hacernos sentir civilmente patriotas portando la escarapela que no tiene mayor significado excepto los colores cuyo arraigo es la contraposición o el mismo idealismo de la cornucopia derramando corrupción antes que condiciones de vida, puesto que de oro sabemos bastante.
Hacer historias sobre otras historias puede ser divertido, pero no lo sería si es que se trata del sentido de identidad a la cual nos debemos sin distingo alguno, porque la identidad es pura y se corresponde con el sentido de pertenencia, porque se trata de la dialéctica del sentimiento por aquello que nos pertenece a todos, a unos más y a otros menos y la escarapela no puede ni debe ser la típica condición humana que nos defina, no se trata de portar pequeño trapito para manifestar que somos tan peruanos como los colores cuando no tiene significado más que la costumbre. Crear el sentido de la identidad desde un buen plato criollo de cada lunes o cada martes no es lo mismo que sentirse peruano con escarapela en el pecho sin responder por su propio mensaje que solo regala atrevidas costumbres sin significado y apócrifos mensajes para deconstruir la misma identidad peruana.
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(*) Docente, ganador de las Palmas Magisteriales 2016.
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