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DON JOSÉ SAN MARTÍN: El santo de la espada

Escribe: Varykino Aarón (*)
Edición N° 1262

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Mi vida al generalísimo don José de San Martín y Matorras está ligada desde muy temprana edad. Recuerdo vívidamente que fui elegido por mi profesora de inicial para representarlo en una ceremonia de Fiestas Patrias por mis dotes histriónicas que conservo intactas hasta hoy. Recuerdo también haber ensayado una y otra vez aquel discurso corto que proclamara en Lima, subido en un improvisado tabladillo para decirle a los peruanos ahí reunidos que, por fin, luego de más de 3 siglos eran «libres e independientes por la voluntad general de los pueblos y la justicia de su causa que Dios defiende».

Esas palabras quedaron grabadas a fuego en mi memoria y las cargo conmigo desde entonces, porque son el testimonio vivo del ideal que tuvo don José para con nuestra patria y Latinoamérica en su conjunto. Con los años decidí investigar cada vez más en la vida de mi héroe patrio favorito y no he dejado de sorprenderme ni un minuto con cada uno de los hallazgos que he hecho con respecto a su gesta y sobre todo a su persona.

San Martín, el héroe que no buscaba el reconocimiento

A raíz de nuestro encierro tuve la oportunidad de leer «El santo de la espada» (Universo, 1978) del escritor e historiador argentino Ricardo Rojas, un libro precioso que recomiendo mucho para todos los que quieran saber más sobre don José de San Martín, pues es una biografía que va más allá de simplemente recoger datos históricos del héroe y se adentra en los pormenores y dificultades que tuvo que atravesar a lo largo de su vida enfocada en la libertad de América.

Es curioso conocer que él, habiendo nacido en el virreinato del Río de La Plata (no Argentina como la conocemos hoy) tuvo que emigrar con su familia a España y criarse allá, por lo que cuando regresó pasados 20 años era considerado un español más, que un compatriota entre sus vecinos y es que, habiendo vivido tantos años al otro lado del mundo, era más probable que tuviera interiorizado el acento de los godos (como llamaba a los españoles) que el característico dejo porteño de los habitantes del Río de La Plata.

Un paria en su terruño y un extranjero traidor para España, fue un hombre que tuvo que demostrar su lealtad a América de la única forma que sabía, mediante su capacidad de negociación política y experticia en el campo de batalla. A pesar de todo lo que logró fue desconocido por sus compatriotas que lo tildaron de «traidor» por no regresar a la recién emancipada Argentina para acabar con las rencillas internas por el poder, situación que advirtió en su momento antes de dejarla, pues sabía que, como nueva nación, la falta de una cultura vivida en libertad haría que cualquiera se sintiera con el derecho de gobernarla. Fue tajante al respecto, no regresaría a Argentina a matar a sus compatriotas, pues el verdadero enemigo de América eran los godos y la libertad del continente no estaría sellada si no se completaba la misión de liberar al virreinato del Perú.

Es así que decidió cruzar Los Andes y unirse a las campañas del sur para liberar a lo que ahora conocemos como Chile, pues le permitiría tener acceso al mar y una ruta más rápida hacia la capital del corazón del dominio godo en América. Lo que vino después es conocido por todos nosotros, en mayor o menor medida, mas no lo que les contaré a continuación.

San Martín era consciente de que no podría lograr independizar a América sino contaba con el apoyo de su homólogo venezolano conocido como «El Libertador». Es así que, tras destacar un buen número de tropas para afianzar la liberación del norte del virreinato del Perú, lo que conocemos como Ecuador, decidió reunirse con Bolívar para planificar la expulsión total de los godos fuera del continente.

La cita se dio en Guayaquil, mucho después de haber pronunciado el discurso libertario en Lima. El encuentro era la reunión más esperada por toda América, porque tendría dentro de una misma sala a los dos más grandes artífices de la libertad del continente: uno forjado en las armas y en el afán de erigirse como el caudillo del nuevo continente libre y unificado bajo una sola bandera; el otro, la personificación genuina del genio civil de la revolución americana.

Lo que ocurrió en aquella reunión es hasta el día de hoy un misterio para todos, pero el resultado es por todos conocidos, por lo que podemos suponer que San Martín, reconociendo el poderío y experticia militar de su homólogo se ofreció a luchar bajo su mando en pos de la libertad de América, recibiendo una negativa tajante por parte de «El Libertador», pues como se dice «Dos soles no pueden brillar en el mismo cielo» (todavía faltarían 2 siglos para verlos en una película de Star Wars) motivo por el cual, San Martín dejó en manos de Bolívar los destinos de América y abandonó la reunión y el continente para nunca más volver.

Tras la cita de Guayaquil, San Martín obsequió a Bolívar sus pistolas y su caballo, gesto que reafirmaba que su tarea en América había terminado, mientras que «El Libertador» no tuvo más grande gesto que obsequiarle un retrato suyo de cuerpo entero que adornaría las estancias de San Martín en Francia. Con lo que podemos notar, mediante estos pequeños gestos, de qué esencia estaban hechos el uno y el otro.

El estandarte de Pizarro

San Martín regresó a Lima y recuperó todos sus enseres para partir hacia Francia, donde murió en soledad y olvidado por el continente al que le dio los mejores años de su vida. Antes de dejar a la recién emancipada República del Perú solo pidió una cosa en concreto: El estandarte del conquistador Pizarro, objeto que reclamó para sí como trofeo por todo lo que había hecho por América, era la prueba fehaciente de que se había acabado con el yugo godo que nos dio los peores años de nuestra historia. Tuvo dicho trofeo hasta su muerte, momento en el cual fue devuelto al gobierno del Perú que no tuvo mejor gesto que perderlo, por lo que el que ahora tenemos es solo una réplica de aquel estandarte que significaba el triunfo de la Tiranía sobre la Libertad.

Don José de San Martín y Matorras murió en el olvido, mendigando una pensión vitalicia que le ofreció el Perú y que dejó de llegarle por parte de nuestro gobierno aduciendo la falta de recursos del erario. Era un paria en Europa y más aún un paria en América, que olvidó toda su hazaña por encontrarla cosa juzgada y pasada. Años después de su muerte, su cuerpo fue reclamado por Argentina para ser repatriado y enterrado en su suelo, se erigieron estatuas aquí y allá, tanto en Argentina como a lo largo del continente, pero como se dice «Los homenajes deben darse en vida» y nosotros nunca pudimos darle el merecido por todo lo que significó para América y para que hoy podamos cantar a todo pulmón «Somos libres, seámoslo siempre».

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(*) Licenciado en Ciencias de la Comunicación.

 respuesta de Samuel Pintado el 2025-12-02.

Acertado comentario en honor y honenaje a aquel gran ptofesional y amigo Josué ROJAS BRAVO.

 respuesta de Juan Mendoza el 2020-06-24.

Grato recuerdo de un gran amigo

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