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ELECCIÓN DE LA MESA DIRECTIVA: Salieron a la luz el divisionismo y los propósitos subalternos para satisfacer apetitos personales

Escribe: Juan Vejarano Vergara (*)
Edición N° 1262

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  • Pobreza moral y angurria de partidos políticos en el Congreso por cuotas de poder.

La elección de la nueva mesa directiva del Congreso ha puesto en evidencia que los partidos políticos prefirieron anteponer sus intereses personales a los de todo un pueblo, que les exige responsabilidad y seriedad. Las bancadas y los líderes políticos actuaron con torpeza, producto de su codicia por el poder, al disgregarse y perder la perspectiva de unidad y cohesión. Con este panorama la vacancia de Pedro Castillo podría frustrarse una y otra vez, porque los parlamentarios de la oposición no son capaces si quiera de ponerse de acuerdo en este objetivo común, y se siguen disparando a los pies. La clase política se tiene que adecentar con ciudadanos probos que miren a la política como un servicio a los demás y no para servirse de ella, como ocurre hoy en día.

Los entretelones para conformar las listas para la elección de la mesa directiva del Congreso de la República, periodo 2022-2023, no ha hecho más que testimoniar, una vez más, la pobreza moral y ética de la clase política. Pero no solo ello, también ha dejado en evidencia las ambiciones desmedidas de los partidos por mantener cuotas de poder y su incapacidad para ponerse de acuerdo en lo programático, y en las prioridades que la población demanda. El solo hecho de que se hayan inscrito cuatro listas, donde poco importaron las posiciones ideológicas y partidarias, demostró que prácticas cuestionadas como la repartija y los acuerdos bajo la mesa estuvieron a la orden del día. Pues los grupos de la derecha conservadora no tuvieron empacho en unirse con los extremos de la izquierda (todo fue un sancochado) para lograr sus soterrados propósitos. Se pensó que ante la difícil coyuntura política y judicial que atraviesa el presidente Pedro Castillo (acusado de graves hechos de corrupción), al igual que su vicepresidenta Dina Boluarte (podría ser inhabilitada para ejercer cargos públicos por supuesta infracción constitucional), se produciría un acuerdo multipartidario de las agrupaciones de oposición para impulsar decididamente la vacancia del mandatario; pero no, más pudieron los apetitos personales e intereses mezquinos de los legisladores que buscar una salida democrática a esta traumática circunstancia.

Pero todo este circo mediático armado en el Parlamento tiene un trasfondo de mucha relevancia para el futuro del país, porque si Castillo es vacado y Boluarte es inhabilitada, quien asumiría las funciones de presidente de la República será el nuevo mandamás del Legislativo. Todo ha estado fríamente calculado, aunque hay que admitir que las bancadas han procedido con torpeza, producto de su codicia por el poder, al disgregarse y perder la perspectiva de unidad y cohesión.

La gran pregunta que cae de madura es saber si este Congreso, divido y fraccionado en su esencia, podrá reunir los 87 votos que se requieren para aprobar la vacancia. Si sus miembros persisten en actuar con cálculo político, anteponiendo proyectos personalísimos y se empeñan en favorecer a grupos de poder económico, con leyes con nombre propio, será difícil que la censura contra el dignatario tenga éxito, pese a su innegable falta de capacidad, liderazgo e inteligencia para gobernar nuestra nación. Solo si se llegara a demostrar, con pruebas fehacientes y no solo dichos, de que el presidente lideraría una organización criminal en el aparato estatal (Ministerio de Transportes y Comunicaciones) para enriquecerse ilícitamente, su suerte estaría echada. Ahora, con la entrega del exsecretario de palacio, Bruno Pacheco, el futuro de Castillo es bastante incierto, de mucha tensión, porque si el exfuncionario aporta pruebas contundentes e irrefutables que ratifiquen la tesis de la Fiscalía, creo que los días del gobernante en palacio están contados.

Oposición agrietada

Lo concreto es que la oposición se sigue disparando a los pies y no tiene la voluntad política si quiera de ponerse de acuerdo en el tema de la vacancia, por eso es que el mediocre de Castillo ni se inmuta ante esta posibilidad, porque sabe que los grupos políticos están resquebrajados y los congresistas están más interesados en no perder su escaño y las gollerías que el sistema les provee. La clase política que nos gobierna actualmente está seriamente desprestigiada (tanto del Ejecutivo como del Legislativo), carente de toda credibilidad ante la ciudadanía, por graves errores en que han incurrido los líderes de las principales agrupaciones políticas, por estar involucrados en hechos deplorables de corrupción o por sus vínculos con presuntas organizaciones mafiosas.

El estado de putrefacción de estas instituciones no es de ahora; pero se ha acrecentado en los últimos cuarenta años debido a que los dirigentes encargados de su conducción cedieron a las oscuras tentaciones del poder, y en otros casos quebraron sus principios e ideales sin importar su honor y dignidad con tal de satisfacer apetitos oscuros. No es necesario ser un politólogo para reconocer que el sistema de partidos en el Perú atraviesa una fuerte crisis en todo orden de cosas, y que los caudillos no han estado a la altura de las circunstancias ni han sido capaces de cambiar esta mala percepción en el electorado. Esto se expresa en el alto porcentaje de desaprobación que tienen los “líderes políticos”, según todas las encuestas más del 70% de la ciudadanía tiene una imagen negativa de los jefes de los partidos.

Estas jugadas políticas en el Congreso, los contubernios y acuerdos entre gallos y media noche de los líderes políticos ha sido una vieja costumbre, así ha sucedido en los últimos 40 años, con hechos que trastocaban la moral pública. Lamentablemente hoy los partidos tienen una imagen ligada a los grandes hechos de corrupción en el país, con expresidentes de la República investigados por la justicia por estar involucrados en redes mafiosas que han desfalcado los recursos públicos mediante actos ilícitos. Con caudillos con liderazgos magullados y desprestigiados por sus propias torpezas, que no saben interpretar el sentir del pueblo y solo gobiernan para satisfacer intereses de grupos de poder.

Esta es la clase política que hoy pretende vacar al presidente Pedro Castillo, que además de no reunir los votos necesarios para conseguir este objetivo, tampoco tienen la autoridad moral para ello, porque legislan de espaldas a ese pueblo que dicen representar, aprobando normas que solo generan el rechazo ciudadano. Los partidos políticos son esenciales para la vida en democracia, ambos coexisten y son necesarios para garantizar derechos fundamentales; sin embargo, una crisis del sistema puede conllevar a que se afecte gravemente la institucionalidad democrática, la independencia de poderes y se da paso a la impunidad, como lo que ocurrió en la década del 90 durante la dictadura de Fujimori y Montesinos. Por ello, hay que ser férreos defensores de la democracia, porque pese a sus defectos es el mejor sistema para vivir en libertad, permite el respeto irrestricto de los derechos y libertades individuales, y que los pueblos decidan sus propios sistemas políticos, económicos, sociales y culturales.

Adecentar la clase política

Es irrefutable que nuestra clase política no ha madurado lo suficiente como para enfrentar los grandes retos que nos depara un presente marcado por la incertidumbre y la intranquilidad, un futuro poco alentador para generar más confianza a nivel interno y externo, y esperanza en un país golpeado por las incapacidades y la incompetencia de quienes nos gobiernan. Con parlamentarios de la derecha ultraconservadora que todo este tiempo han estado empecinados en demostrar que hubo fraude en las elecciones del 6 de junio de 2021, incluso hasta se formó una comisión investigadora que gastó más de 200 mil soles y no aportó una sola prueba que aclaren las dudas.

Está bien que el Congreso haga el control político al Ejecutivo, pero tampoco puede ser un ente obstruccionista e intolerante que solo busque desestabilizar a un gobierno, como ocurrió el 2016 con Pedro Pablo Kuzcynski y las huestes fujimoristas. No todo político tiene las manos manchadas con dinero mal habido o está vinculado a hechos de corrupción, todavía hay gente cuyo camino de vida es la rectitud, la honradez, la integridad. La clase política se tiene que adecentar con ciudadanos probos que miren a la política como un servicio a los demás y no para servirse de ella, se tiene que involucrar a más jóvenes que vean a la política como un medio para construir y consolidar la democracia, para fortalecer la institucionalidad y trabajar partidariamente en proyectos integradores e inclusivos. Ese deberá ser el derrotero del nuevo titular del Congreso y del presidente Pedro Castillo, si queremos salir del empantanamiento político al que nos han llevado estos dos poderes del Estado por irresponsabilidades, incapacidades e intransigencias demostradas.

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(*) Licenciado en Ciencias de la Comunicación y primer vicedecano del Colegio de Periodistas de La Libertad.

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