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PERÚ: ¿Infeliz 28 julio?

Escribe: Luis Estela Sánchez (*)
Edición N° 1262

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A propósito de la coyuntura política actual que afrontamos, es oportuno se delinee lo que se comenta a diario no solo en los medios sino también en la vida corriente de la sociedad civil. Próximos al discurso presidencial de este nuevo 28 de julio, casi todo el país se preguntará desconcertadamente ¿qué país es este donde nos sentimos cada día más infelices? Siendo sinceros es oportuno preguntarse en este contexto por la esencia de la felicidad.

Aunque se presuma cierta contradicción, sintiéndonos quizá no tan felices en este momento, la pregunta anterior configura ser no solo una oportuna cuestión, sino una bella pregunta. Y quizá lo sea por el suspenso de la radicalidad de la respuesta: ¿somos o no felices en este momento? De seguro la política peruana actual a más de uno lo está terminando de decepcionar, y he ahí una buena razón para responder sin titubeo alguno. Y, más aún, la decepción crece cuando las innumerables preguntas -que surgen en este presente- no tienen aún, lamentablemente, una convincente respuesta.

Esta pregunta radical, sugiero, se desglosaría en: ¿somos felices forjando patria aquí en este país?, ¿es suficiente el logro de contadas medallas en algún torneo panamericano o en un medallero atlético mundial para que así lo sintamos?, ¿la atrevida propuesta del cierre del Congreso, o la insistencia de unas nuevas elecciones, o la renuncia (o vacancia) del Sr. Castillo, envalentonaría acaso a los peruanos en gritos de felicidad? Es probable que ante la sequedad de preguntas sin respuesta nos motive a todos a realizar una nueva reflexión crítica al respecto.

Ante este panorama, que enmarca nuestra reflexión, delineo dos personajes de la historia del pensamiento de la filosofía griega para aproximarnos ojalá no a una respuesta certera sino a otra pregunta aún más radical: ¿por qué se será de seguro más que infeliz este 28 de julio?, y, ante toda evidencia, ¿cómo sentirse contrariamente no infeliz?

Sócrates y Platón

El discurso ético de Sócrates y Platón, filósofos griegos, es un lúcido aporte que, aunque siendo tan antiguo, su re-lectura hoy, salvando lo anacrónico del tiempo, se tornaría muy actual. Su filosofía se encarna, creo yo, dentro de aquel proceso de conversión política que cualquier ciudadano de a pie podría, si así lo desea, pensar y activar a diario.

El legado de Sócrates ha sido la ‘mayéutica’ y el de Platón la ‘reminiscencia’; quizá su lectura resulte un tanto extraño, poco habitual, pero, si tomamos la decisión de pensarlas, comprenderemos lo apasionante que encierra el pensamiento de la filosofía griega. Un pensar no etéreo, sino una idea clara con una acción concreta en pro del bien civil.

La ‘mayéutica’

¿En qué consiste la mayéutica? Es un método socrático que no es un modelo de abstracción sino un modo de vida cuya vocación civil es ayudar al otro a “parir”. Este metódico modo de vida es un proceso que denota un camino que, como todo proceso de preñez, requiere de su tiempo preciso, pausado, de agudeza, de finura en el razonar, de diálogo alturado que vence los entrampamientos, que gesta acuerdos, bien común, consensos justos. De seguro, tal cual como lo intuyera en aquel entonces Sócrates, cuántos discursos también hoy se dicen o se escriben con suma violencia, son mal intencionados, ingobernables, y en su esencia reina el sofismo.

Ser sofista es evadir la verdad, es quien apela al relativismo que, como en nuestro país, gracias al soporte del chisme se gobierna, se decide y lidera atropelladamente. De estos casos existen a montones y son los que hoy hay que re-educar. Cuidado ante las propuestas permisivas, los que engatusan con sediciosas propuestas pecuniarias, o resuelven leguleyas, y los que, bajo engaños no construyen, sino que abortan sin desmedro una ciudad mejor.

La ‘mayéutica’ socrática desenmascara a los que venden públicamente su dignidad, o venden a cualquier precio apariencias de un método de vida social feliz. Un modo ético que cuestiona aquella extendida vida social inmoral, que pone en evidencia a los destructores de la moral pública que no “paren el bien”, sino que les incomoda la verdad de atreverse a construir una sociedad justa y digna.

 

La ”reminiscencia”

De Sócrates, pasamos a la “reminiscencia” de Platón, su discípulo. De él usamos a diario su famosa frase: ¡amor platónico!, frase ciertamente de su autoría, pero por el uso doméstico que se le da es diametralmente lejana de lo que él quiso afirmar. El peso del amor que el filósofo propuso se aleja de aquel sentir sentimentaloide. Es más bien un amor que busca darse. Donarse. Es un don no irracional, vale decir, que, al pensar su amor, advierte cuál es el mejor modo de accionar más obras que trasciendan más allá del mal modo de vivir.

Es un amor que busca trascender, que no se deja anestesiar ante la desapasionada existencia. Es un amor que desea el bien del otro. No solo lo desea, sino que lo busca, y lo activa en obras. Olvidar buscar este bien anhelado es deambular desmemoriado, sin norte, sin amor. Vive solo para sí mismo. El universo es su ego. Sin embargo, en el texto “La República”, el amor propuesto por el filósofo es aquel que huye de las sombras del sinsentido del egoísmo. Su fin no es uno mismo, sino forjar el estado ideal soñado para todos. El ciudadano sabe que en su corazón habita el sueño de un estado justo, solidario, sin mentiras, ni apariencias de bien; y si sabe lo que anhela, entonces es su deber recordarlo.

Con Platón se cuestiona la no construcción de una sociedad donde no habita el bien de la justicia. Su amor platónico propuesto invita a rebelarse contra el cliché del “siempre fue así” o del “si hace obra que robe”. Aceptar convivir dentro de lo inmoral es vivir desmemoriado, porque no se hace memoria del peor pasado que ya pasó (y que podría repetirse) ni del bien futuro que aún no está pero que es un devenir (que aún no se construye).

La “reminiscencia” es no quedarnos acolchados dentro de la caverna del pesimismo de no hacer nada, sino salir de ella, para encontrar la luz del bien social. Solo el aprender a amar éticamente ayudará a distinguir entre las cadenas del sin sentido del mal político y el deseo de forjar el bien para construir un estado digno, justo, dentro del marco de la ley y donde reine el bien común para todos. Centrados en la reflexión de este proceso de conversión ciudadana queda entender que no somos islas sino ciudadanos que deseamos en el corazón que esta tierra llamada Perú sea de verdad muy feliz; entonces, ¿qué nos hará conscientes que como ciudadanos deseemos no vivir en una ciudad infeliz? ¡Feliz 28!

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(*) Ingeniero de Sistemas.

 respuesta de carlosenriquecamposmiranda el 2022-11-17.

lejosestaenaquellostiemposqueelapragozabadelasimpatiadelpueblo.conHayadelaTorre,ilustrepolitico,quenobuscóriquezasnihonoressinoqquesepreocupóporelbienestardelpuebloolvidadoporlaclasepolitica.solamentequisieraqueelseñorvelasquezquesquenysucupularindancuentasdesuexponencialriquezayquedemuestrencondocumentosfehacientes,nofalsos,queelloslasudaronporquenoesposiblequeunseñorqueveniatrabajandoporhorascomoprofesordeuninstitutodechiclayo,sinningunariquezamasquesusueldocomodocente,ahoraseaunodelosmasricosdelPeru.Pregunto¿usóalApraparabeneficiodelpuebloosuyopropioydesusallegadosquequierenseguirEnquistadosenelpoder.ElApraesunpartidodelpuebloyparaelpuebloasinaciÓ.NoesposiblequeunasartadedelincuentesCONCORBATA,malogrenloqueensutiempofueunpartidodelpueblo.

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