Esta semana pudimos conocer las imágenes infrarrojas con mayor nitidez del universo lejano. El telescopio espacial James Webb, principal observatorio espacial del mundo, apenas comienza a mostrarnos sus primeros hallazgos. Ante nuestros ojos aparecen postales que podrían responder muchas preguntas y, sobre todo, generar muchas más.
“Hasta el infinito y más allá”, solemos decir para cuantificar el amor que sentimos. Es verdad que algunas emociones nos dejan cortos de palabras. Los tiempos cambian. Ahora ya tenemos imágenes.
Tal vez el amor no sea una magnitud física, pero por supuesto que puede ser una fuerza movilizadora. Una medida para muchas de las cosas que hacemos.
El amor, por ejemplo, habla del esfuerzo constante de Aracely Quispe. Lambayecana, qué alegría escribir nuestro gentilicio en una noticia como esta. Nació en Marripón, Motupe. Un centro poblado donde a veces ni la luz eléctrica llegaba. Como buena hija de docentes, su historia se escribió a base de perseverancia. Todo esfuerzo educativo es una expresión del amor. Así supo que las matemáticas eran más que problemas, que podían ser la explicación más armónica sobre el universo. A fuerza de empeño, llegó a ser ingeniera astronáutica, una científica capaz de liderar tres misiones especiales de la NASA. La única latina en comandar tan importantes proyectos.
Irma Aracely Quispe Neira. Ella ha logrado que nuestro país, de alguna forma, esté presente en el inicio de esta nueva era. Estudió Ingeniería de Sistemas en la Universidad César Vallejo, la misma que cierto conductor de programa dominical latino afirmó que nunca contrataría egresados.
Ni con un telescopio como el James Webb podrían algunos “periodistas” percatarse del tamaño de su clasismo.
Un breve repaso
Debemos recordar que la luz del Sol toma ocho minutos en llegar hasta la Tierra. Son 150 millones de kilómetros que recorre antes que pueda iluminarnos. Ojalá nunca lo comprobemos empíricamente, pero si alguna vez el Sol desapareciese, demoraríamos ocho minutos en darnos cuenta.
Apliquemos ahora la misma lógica para las estrellas lejanas. Su luz puede tomar años en llegar a nosotros. La más cercana a nuestro sistema solar, por ejemplo, es Próxima Centauri. Toma cuatro años para que podamos observar su luz. De pronto miramos al cielo y creemos que aparece sincrónicamente. Hasta un deseo podemos pedirle a la estrellita. Sin embargo, lo que estaremos viendo en realidad es una luz que ha viajado por el universo durante cuatro años.
Ahora aplique la misma lógica a estrellas muchísimo más lejanas. Aquellas cuya luz se ha formado durante miles, millones de años. Solo un telescopio como el James Webb (con mucha más potencia que su predecesor, el famoso Hubble), ubicado estratégicamente, podría ser capaz de observar los eventos y objetos más distantes del universo. Por ejemplo, la formación de las primeras galaxias.
Y aquí estamos. Contemplándolas entre la fascinación y la imaginación. Porque la actitud científica implica hacer preguntas sin dejar de lado el cálculo, esa infinita capacidad humana de imaginar.
El camino de la ciencia
La actitud científica nace con la voluntad de saber en forma de preguntas. Plantearse preguntas es siempre crecer. Lo hacen los niños. Lo hacen los buenos estudiantes. Lo hace todo aquel que entiende que evolucionamos como especie el día que salimos a explorar, acumulamos conocimiento y fuimos capaces de transmitirlo a otros seres humanos. El eterno método científico de observar, medir, contrastar y concluir.
La actitud científica se inculca desde la más temprana educación enseñando a los niños y a las niñas a cuestionar el mundo que los rodea. La investigación siempre expresa la posibilidad de generar conocimiento nuevo que mejore nuestras condiciones de vida. Enseñar la carrera que sea siempre es enseñar a investigar.
Tres mil científicos de diecisiete países participaron en la hazaña científica del telescopio James Webb. Ahí estuvo nuestra paisana Aracely Quispe. Seguramente el camino no ha sido sencillo, pero comprobamos una vez más que ese camino existe. Hoy vemos que esas galaxias lejanas tienen formas y colores que hablan de una diversidad muy de este mundo. Nos imaginamos esas formas espaciales como valles y montañas de una naturaleza que está aquí nomás, esperando que la miremos a ella y no que la colguemos en nuestras redes.
Hoy vemos el universo como nunca antes en la historia pudimos hacerlo, y también vemos la esperanza en el trabajo de una mujer lambayecana. La infinita esperanza de que la educación puede cambiar el mundo.
Porque como decía el escritor estadounidense Henry David Thoreaum, “solo descubrimos el mundo que buscamos”.
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