Desde el inicio de funciones del Congreso de la República, las bancadas de oposición siempre tuvieron en la mira al presidente Pedro Castillo, por su incapacidad para gobernar el país y por sus decisiones erráticas y vergonzosas que lo han llevado contra las cuerdas. Hasta en dos oportunidades se ha promovido su vacancia; pero esta pretensión no tuvo el éxito esperado por claros divisionismos y ambiciones. Con una oposición débil y mezquina, Castillo se siente muy cómodo, pese a todas las tropelías y desaciertos que viene cometiendo en su gobierno. Los partidos siguen sumidos en una crisis moral e institucional de la cual no pueden salir hace mucho tiempo.
Del gobierno del presidente Pedro Castillo se ha dicho de todo. Desde su incapacidad e incompetencia para conducir los destinos de nuestra compleja nación, hasta su presunta vinculación con una organización criminal que él mismo lideraría, según acusa el Ministerio Público. Castillo es, a no dudarlo, el peor mandatario de nuestra historia reciente, porque en once meses de gestión no ha mostrado un ápice de estadista para enfrentar circunstancias difíciles. No hay nada bueno que rescatar en este corto periodo en beneficio del país, sobre todo para aquellas poblaciones del interior que creyeron ciegamente en su palabra -muy devaluada por los graves errores en que ha incurrido- y en sus promesas populistas, las cuales se han ido desvaneciendo producto de su vergonzosa ineptitud para llevar por el camino correcto a nuestra nación, marcada por una fuerte incertidumbre política y económica, y con un panorama poco promisor de cara al futuro. El gobierno hace agua por todos lados, como decía Manuel Gonzáles Prada: “donde se pone el dedo, salta la pus”. Castillo es el responsable directo de toda esta hecatombe, de esta desilusión generalizada, por los clamorosos desaciertos y torpezas que ha tenido desde el comienzo de su régimen, mostrándose como una persona errática y falto de criterio para tomar decisiones firmes en temas fundamentales de su administración. Castillo ha sido abrumado por los distintos problemas que ha encontrado a su paso, y no ha tenido la inteligencia ni la sabiduría para encararlos.
Cuando Castillo asumió el Gobierno sabía que el derrotero sería bastante difícil y requeriría de mucha personalidad y carácter, para enfrentar con resolución las secuelas producto de la crisis política desatada luego de la segunda vuelta electoral del 6 de junio de 2021. Pero nada de ello ha ocurrido hasta el momento, y más bien persiste la sensación de que hay un aparente desgobierno, con un dignatario que aún no encuentra la brújula para conducir esta nave de 33 millones de habitantes por la senda del progreso y el desarrollo. Se evidencia la ausencia de un liderazgo fuerte y sostenido para tomar el control y evitar que esta nave termine por descarrilarse. Hay un problema estructural de corrupción en diversas instancias del Estado que golpea la moral pública. Esta situación se torna muy lamentable y preocupante, porque no hay la voluntad política para luchar contra este flagelo que viene causando estragos en el mismo Ejecutivo, y donde el propio presidente es investigado por la Fiscalía por supuestamente dirigir una organización criminal para enriquecerse con los recursos del Estado. Desde el inicio de su gestión Castillo ha transitado por un hilo muy delgado, el Congreso ha impulsado dos veces su vacancia; pero por divisionismos y ambiciones ello no se ha consumado. Incluso las bancadas opositoras le han pedido su renuncia por no estar capacitado para gobernar; pero él ni se ha inmutado, porque sabe que hay una oposición poco fortalecida, cuyos líderes piensan más en sus intereses particulares y políticos que en los del país.
Partidos débiles
Hasta aquí vamos hablar de la mediocridad y la ignorancia supina del presidente Castillo. ¿Pero qué tenemos del otro lado?, una clase política en crisis, seriamente desprestigiada, con liderazgos muy cuestionados en el campo ético y moral, y con caudillos que no transmiten confianza ni seguridad a la población, justamente por el descrédito que tienen ante la opinión pública por sus vínculos con graves hechos de corrupción. Ningún líder político se salva de este señalamiento, y la mejor evidencia de que la telaraña de esta putrefacción terminó por envolverlos es que los últimos cinco presidentes de la República, y la lideresa del principal partido de oposición, han estado estrechamente relacionados con el escándalo que desató el caso Odebrecht. Esa oposición débil y con poco poder de convocatoria, que actúa casi siempre por conveniencias políticas y económicas, es la que ha buscado todo este tiempo -sin el éxito que esperaban- traerse abajo al gobierno de Perú Libre. Las mociones de vacancia promovidas desde el Congreso se cayeron como un castillo de naipes, por intereses subalternos y por ambiciones políticas de las distintas bancadas que no lograron reunir los 87 votos que necesitaban para cantar victoria. Por ello, Castillo se siente muy tranquilo, como un pez en el agua, porque sabe que con esta oposición endeble y casi desfalleciente él seguirá gobernando, aunque sea a sobresaltos. Solo si se confirma la tesis de la Fiscalía de que el presidente lideraría una mafia criminal para hacer negociados con las licitaciones, podría conllevar al final que tanto anhela la oposición y que hasta hoy no ha podido conseguirlo por sus propios méritos.
¿Pero quiénes lideran las marchas de la oposición que exige la renuncia de Castillo? Son las mismas caras que hemos visto en los últimos treinta años, son viejos conocidos de los llamados partidos tradicionales, a los que se han sumado rostros nuevos, pero que no tienen esa empatía ni ese feeling para congregar a toda una masa humana que se una a su causa. ¿Ustedes creen que los apristas Jorge del Castillo, Nidia Vílchez o Mauricio Mulder tienen la fuerza convocante para llenar plazas? Por supuesto que no. Ellos dejaron sus cuarteles de invierno luego que la candidata perdedora de las elecciones 2021, Keiko Fujimori, tejió su plan del fraude para justificar su tercera derrota consecutiva; en ese momento estos exdirigentes apristas comenzaron a tener presencia mediática alegando que la democracia estaba en peligro. Nada más falso. Otra política que también estaba en su confinamiento fue Lourdes Flores Nano, la eterna perdedora de procesos electorales, quien desde su expertiz de abogada se sumó a la tesis del fraude y por más argumentos que ofreció para validar ese cuento inventado por Fujimori, nunca demostró nada. ¿Ustedes creen que la excandidata presidencial del PPC -que prácticamente era un cadáver político- hoy tiene el liderazgo para convencer a todo un pueblo de que Castillo está en palacio gracias a un fraude electoral? Rotundamente, no.
Liderazgos magullados
Otra de las caras visibles de esta frágil oposición es el líder de Renovación Popular, Rafael López Aliaga, quien con sus declaraciones contradictorias y sus posiciones extremistas le han restado piso para convertirse en el adalid de la oposición, ante una Fujimori que tras la derrota buscó refugio en su reducto familiar. Con esa oposición dividida, Pedro Castillo se siente muy cómodo, pese a todas las tropelías y desaciertos que viene cometiendo en su gobierno. Según diferentes estudios de opinión, los “líderes políticos” tienen una imagen altamente negativa frente a la ciudadanía. Por ejemplo, César Acuña, Keiko Fujimori y López Aliaga tienen una imagen negativa que bordea el 70%. Estas percepciones negativas también arrastran a otros como Forsyth, Urresti, Verónika Mendoza, Hernando de Soto y Yonhy Lescano, cuya desaprobación supera el 50%. Este rechazo hacia los principales representantes de la clase política nacional no hace más que evidenciar que los partidos siguen sumidos en una crisis que arrastran hace mucho tiempo, que actúan de espaldas a la realidad nacional y no son capaces de sensibilizarse con justas demandas postergadas por años, como mejorar el precario sistema de salud pública o tener acceso a una educación de calidad. Lamentablemente esta es la clase política que hoy nos gobierna desde el Ejecutivo y el Legislativo, y que con el pretexto de representar al pueblo aprueban leyes intrascendentes, con nombre propio, para favorecer a grupos de poder.
También es indiscutible que hay un sector del Congreso que no soporta la presencia del profesor en Palacio de Gobierno (hubieran preferido a Keiko para seguir usufructuando del establishment), la cual es liderada por la déspota y prepotente presidenta del Parlamento, María del Carmen Alva, quien no es ninguna garantía de tolerancia, ecuanimidad y ponderación para ceñirse la banda presidencial si Castillo es vacado (aunque ambiciones no le faltan). Por una cuestión de decoro, y en aras de la honestidad y la transparencia, Alva y Castillo deben dar un paso al costado y convocar a nuevas elecciones, porque el pueblo está hastiado de esta clase de políticos que solo piensa en cómo seguir usufructuando del poder y de las gollerías que les da el representar a estos poderes del Estado. Esta decadente clase política sigue activa y vigente porque la propia ciudadanía se lo permite en cada proceso electoral, al elegir a tanto impresentable que sin tener los pergaminos ni la honestidad debida, acceden a un escaño solo por el hecho de llevar el logo de un partido.
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