Sin proponérselo, Nano Guerra García, congresista y vocero de la bancada de Fuerza Popular, podría haber escrito el obituario perfecto para la clase política que representa: “Lamentablemente, he tenido que trabajar”. Hasta el momento no sabemos si aquello fue una flagrante confesión, un acto reflejo del inconsciente o simplemente el legado de un decidido candelejón.
Arropado por la brisa y el calor, a juzgar por la imagen tal vez desde la playa Conchán, Nano se prepara para formar parte de la Comisión de Producción, Micro y Pequeña Empresa y Cooperativas. El sombrero que lleva no es chotano, qué va a ser, pero logra resguardar su palidez de un sol inclemente. Inimaginable con este frío de locos. Al momento de ser descubierto usa lentes oscuros, no sabemos si para protegerse de los rayos UV o solo del brillo de la pantalla. Un propicio equipo con audífonos y micrófono incorporado revela que este será un día más de lo que algunos llaman “home office”.
“La imagen dice otra cosa, yo lo lamento, pero esta es mi versión”, dice ahora, revolcado tal vez por las olas de la vergüenza pública.
Pero la imagen no miente. Nano es el mismo “experto” que, para justificar su supina ignorancia sobre el sueldo mínimo en el Perú, afirmó que “930 es un montón de dinero para mucha gente”. Es el mismo que, muy orondo, hablaba de “incapacidad moral” para justificar la vacancia presidencial y que vociferaba que el Perú “necesitaba chamba de lunes a domingo, no horarios de burocracia”.
Sin mayor oficio que contemplar el paisaje playero, Nano hizo clic para dar su voto de aprobación al blindaje político que el Congreso otorgó a Manuel Merino de Lama, presidente de facto, investigado por los heridos y muertos durante las protestas de noviembre de 2020.
Resulta que Nano no había pedido licencia, él mismo ha declarado que ahora tendrá que pedirla a sus colegas congresistas. Tal vez el infame Merino no será el único en gozar de impunidad.
Un desprestigio irreversible
El cinismo de Nano es el mismo del partido que ahora representa. Una desfachatez que ha llegado a tal extremo que es capaz de negar lo que todos estamos viendo. ¿Alguien recuerda la reacción de Martha Chávez cuando aparecieron los vladivideos? Recordemos sus declaraciones: “Se debe someter el video a una pericia para verificar su autenticidad, porque hay que considerar todos los adelantos que se ven en las filmaciones, donde pueden aparecer actores dándoles la mano a presidentes fallecidos. De comprobarse su autenticidad, el presidente Fujimori sabrá qué responder”.
Ya lo han hecho antes, y ahora parecen haberlo extendido a toda la clase política. “Yo no me he ido de vacaciones, yo he buscado salir”, se excusa Nano. El nivel de su argumentación es tan contundente como “El puente no se cayó, se desplomó”, “La tesis no es plagio, es copia”. Los ejemplos abundan y se caracterizan por ser uno más infame que el anterior.
“Usted puede no creerme, pero yo he estado desde las 8 de la mañana hasta las 12:40”, se empecina Nano. Hay que reconocer su sinceridad: acaba de descubrir el horario laboral (y eso que se salió antes de la hora de almuerzo). Afirma que no es la primera vez que lo hace. La lenidad de sus entrevistadores es oportuna, casi solidaria. “Me han puesto trabajo en los momentos que quería descansar”, arguye, con incomprensible temor a un jurado periodístico que pareciera no recriminarle el hecho, sino solo haberse dejado descubrir.
El rol de la prensa
Porque si no hubiera sido Nano, ¿habría sido igual la reacción? Legítimo cuestionamiento a un periodismo que, solo esta semana, fue capaz de poner en titulares que Lima amanecería sin alimentos. Que ni un solo camión ingresaría. Mientras hace sus compras con normalidad, la gente comenta que ya no les cree. Que el domingo vieron en la tele un reportaje que decía “Castillo y Sagasti: reunión secreta”, pero que luego mostraba cómo la conversación contaba con sello oficial de entrada y salida.
La gente cada vez les cree menos. Los jóvenes se preguntan cómo es posible que se ningún medio haya hablado de la multitudinaria Marcha del Orgullo, una manifestación que por todos los rincones del Perú proclama el derecho a la igualdad, a la tolerancia con todas las diversidades existentes. Y sin embargo, cada vez que se junta el mismo grupo violento y profascista para sabotear libros o simplemente pararse en alguna plaza, hasta transmisión en vivo le hacen.
La gente sería capaz hasta de reconocer la dignidad de disculparse. La nobleza de reconocer el error y buscar compensarlo. Pero qué va. Nano Guerra García, mirando el crepúsculo, apenas lamenta que “se haya prendido la cámara en ese momento”. No hay remordimiento. Es como si lo único que aprenderá de todo esto es a usar la cámara del Zoom para la próxima temporada playera.
Mientras algunos veranean en horario de trabajo, con plata que es de todos, la ola de la indignación popular crece cada día más.
(*) Sociólogo y docente universitario.
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