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DESPUÉS DEL FÚTBOL: Charla con el arquero

Escribe: Eloy Seclén Neyra (*)
Edición N° 1257

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Esta entrevista nunca ocurrió. Ni en Doha ni en Camberra. En el Perú, tierra de arqueros, menos. El silencio que inició con el último de los catorce penales apenas empieza a disiparse. Se abren paso las interpretaciones, caen paradigmas, una nueva generación se forma desde un dolor que, no sabemos, puede ser nuevo o solo el de siempre. Cuando eso ocurre, existe el derecho a la imaginación.

¿Así que le gusta bailar?

Aunque soy de muy lejos, en todos lados sabemos que el fútbol es de la gente. Entonces, hay que tratar de divertirse. Eso que usted llamar bailar lo podemos ver en cualquier pichanga de barrio. Es de la calle, de donde viene el fútbol. De repente se achica el delantero, de repente pisa el palito, de repente me la tapo. Eso no puedo saberlo, pero todos esos movimientos tal vez alegren a la gente que está viendo. Mejor alegrarlos que decepcionarlos con el pecho frío.

Lo veo usando muchos peruanismos, ¿estudiaron mucho al rival?

Por supuesto. Uno tiene que estar preparado para cuando llegue la oportunidad. Conocer sus propias limitaciones y fortalecer sus virtudes. Para jugar al fútbol hay que preparar no solo el cuerpo sino también la mente. El deporte siempre es una herramienta educativa. La competencia no busca destruir rivales, sino construir nuestro propio desarrollo humano. El resultado, al final, tiene mucho de azar; la preparación, en cambio, siempre es un triunfo. Debe usted recordar que “el esfuerzo es una actitud que indica que quien lo realiza tiene la confianza en conseguir lo que se propone”.

Esa es una cita de un filósofo peruano, el profesor Tito Castro.

Efectivamente. No tengo el gusto de conocerlo, pero leí su libro titulado “El buen halcón oculta la garra”.

Muy propicio el título, ¿acaso cree que Perú llegó muy confiado al repechaje?

Según lo que pudimos leer, esta no ha sido la primera vez. Supimos que en 1997 pasó algo similar. Más que la derrota, el miedo con que salieron a la cancha fue una herida que tardó mucho en sanar. Encima con otra delegación de congresistas y faranduleros que se subió al avión de la clasificación anticipada. No fue una, sino muchas historias similares a la hora de jugar partidos definitorios.

Y a pesar de ello, ¿no les dio pena eliminar a un país cuya estabilidad emocional parecía depender del fútbol?

Lo hicimos por nosotros. El espíritu del deporte radica en superarse a uno mismo. Cuando hay un rival en frente, se puede ganar o perder. Pero si logramos mejorar nosotros mismos, siempre ganaremos respeto. En nuestro país la popularidad es del rugby, del surf. Nosotros solo salimos a jugar con disciplina, desarrollando el trabajo táctico y el análisis de un rival al cual conocimos hace cuatro años, en un mundial, nada menos. Desde aquella vez, mostramos nuestro progreso. No se gana apelando a la fe o creyendo que la buena vibra influirá en nuestro destino. Se gana siempre con trabajo colectivo. Yo mismo ingresé para reemplazar al capitán de mi equipo. Nadie es indispensable. Todos somos fuertes si estamos juntos.

Tampoco sea vanidoso, la FIFA acaba de prohibir los bailes en los penales, tal vez su estilo se acabó.

De hecho, el cambio en la norma ha sido que los arqueros deben mantener los pies en la línea del arco. Ello no impide mis movimientos, los cuales espero llevar al Mundial. La prensa deportiva, una vez más, tergiversa. Construye una realidad paralela que impide la reflexión y el sentido crítico. Muchas veces ya no es prensa. No oí a un solo jugador peruano subestimarnos. Todos los que lo hicieron eran periodistas. Y lo triste es que mucha gente apostó y perdió millones creyendo fielmente en la profundidad del concepto “chocolate”.

¿Y usted cree que todo eso pueda cambiar?

Es la gente la que debe buscar el cambio. Y el cambio empieza desde las pequeñas cosas. Empecemos por cuestionar a quienes han hecho del fútbol un negocio que legitima la desigualdad, que fomenta el odio. En muchas ciudades, no existe infraestructura para competir, las divisiones menores solo producen argollas y los pocos talentos que surgen piensan en migrar antes que en triunfar en sus equipos, hartos quizá de goleadas vergonzosas a nivel internacional. Es muy difícil, pero la estructura puede cambiar porque somos nosotros quienes la sostenemos.

Suena muy idealista, la verdad.

Tal vez, pero hace décadas que nos han hecho creer que la responsabilidad siempre es individual, nunca de la estructura. Mi colega Advíncula es capaz de renunciar a su equipo creyendo firmemente que es el único culpable de la derrota. Somos incapaces de ver la estructura de un fútbol paupérrimo, plagado de corrupción, violencia y discriminación. De repente la identificamos, pero creemos que nada podrá cambiarla, que siempre fue así. Un sistema futbolístico donde ya no prevalecen los valores del deporte, sino el puro interés lucrativo. Mucha gente se quedó triste no por el penal que tapé, sino por la plata que perdió.  

¿Y cómo salir de eso?

Así fuera real esta entrevista, la pregunta no tendría respuesta fija. Pero hay que luchar. Igual que en el fútbol, nunca hay que dejar de lucharla.

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(*) Sociólogo y docente universitario.

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