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COMUNICACIÓN 2.0: Llora el teléfono

Escribe: Eloy Seclén Neyra (*)
Edición N° 1256

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Solo en la primera mitad del año, INDECOPI ha recibido un total de 12 mil 582 quejas por el concepto de llamadas no deseadas. Hablamos de compatriotas que transformaron su ira en el coraje necesario para interponer una queja. El trámite consistió en comunicarse con un número de Whatsapp al cual, irónicamente, no entra ninguna llamada.

Los demás, muchísimo más que doce mil, apenas hemos optado por soluciones momentáneas, prácticamente placebos. Colgamos decididamente para retomar las actividades interrumpidas; solicitamos con valiente cortesía que nos retiren de la base de datos; bloqueamos cada nuevo intento convencidos del poder de la persuasión. Pero vuelve a ocurrir. Los más avezados llaman hasta a los cinco minutos.

Según INDECOPI, durante los últimos cuatro años se han iniciado 42 procesos para sancionar a un promedio de 30 empresas. Lideran el infame ranking los operadores de telefonía y los bancos. Podríamos decir nombres pero la verdad es que están casi todos. Las sanciones alcanzan un monto de 1,104 UIT. Si juntamos lo que estas empresas deben al Estado por impuestos, la verdad es que el castigo más parece una inversión a largo plazo.

El ringtone suena y podría ser el trabajo que andamos buscando. Quizá la cita médica o el resultado de la misma. Da igual: cada llamada desconocida activa la angustia de lo que podría ser, pero termina siendo más de lo mismo. En toda la región somos el segundo país que reporta mayor cantidad de llamadas no deseadas.

Muchas veces las escuchamos por empatía. Nos identificamos con quien trabaja en duras condiciones, pues sabemos bien de qué se trata. Quién sabe si las empresas conozcan esta debilidad. Quién sabe si esa solidaridad sea el primer paso para aceptar una oferta que no necesitamos. Si fuera verdad, digamos, que una de cien llamadas termina cediendo, el negocio parece rentable. Los call center proliferan por todo el país sin ningún tipo de fiscalización laboral, amparándose en la necesidad de trabajar mayoritariamente juvenil.

Hay aplicativos para quejarnos, pero plantear una queja implicará invertir el tiempo que precisamente no queremos que estas llamadas nos quiten. Existe también el registro ciudadano “Gracias…no insista”, pero si no llaman para contarnos que aprobamos una evaluación crediticia que nunca solicitamos, entonces nos recordarán cobros que ya hicimos. De tanta insistencia, hasta identificamos los números sospechosos. Que si empieza con 909, 906, 919. Las posibilidades son tantas que ya no distinguimos ni a quien realmente quiere hablarnos.

Por teléfono, no

En su breve dimensión, el smartphone ha sido capaz de absorber todo lo que hacemos: el trabajo, la educación, la diversión, la socialización. ¿Será acaso que la posibilidad de hablar será su nueva conquista? Parece una exageraciónm pero ¿ha notado usted cómo para muchas personas responder una llamada telefónica puede ser intimidante? No hablamos de contestarle a los call center. El solo hecho de tener que afrontar una conversación parece haberse convertido en un compromiso que nadie quiere asumir.

 

Los emoticones de pronto adquirieron una carga semántica mucho más intensa que nuestras propias palabras. Es más tolerable un audio larguísimo que un intercambio telefónico. ¿Será acaso una metáfora de cómo hablar solo vale más que interactuar con otros? Usted podrá decir que qué exageraciones son estas, que existen las videollamadas para hablar mejor que antes, porque el telefonito es una necesidad, llamada tras llamada y bla, bla, bla. Y seguramente tiene razón. Es solo que muchas veces comprobamos tener saldo para llamadas ilimitadas y muy poco que decir con nuestra propia voz.

Tiempos hubo donde tener teléfono en casa era de verdad un lujo. Por toda la ciudad proliferaron inolvidables bloques donde la gente podía hacer colas larguísimas para por fin decir eso que necesitaban decir. Les llamaban teléfonos públicos y funcionaban con fichas llamadas rines, que luego fueron reemplazadas por monedas de 20 céntimos que alcanzaban para 20 segundos. Era tan democrático que hasta existían las llamadas Collect. Las pagaba, feliz de la vida, la persona que las recibía. Más adelante, algunos emprendedores empezaron a alquilar llamadas en plena calle. Tenían equipos de todos los tamaños y operadores. Los inteligentes eran ellos y no sus celulares. Unos probaron el negocio en casa. Les llamaban locutorios. Todo eso lo hemos visto. Te lo juro que era  bueno. De repente, era mejor.

Existió un tiempo donde podíamos reconocer las voces como si estuviéramos en el vientre de mamá. Con el auricular del teléfono podíamos expresar la pura emoción de comunicarnos. ¿Podrá acaso la digitalización arrebatarnos también esa capacidad tan humana? ¿Llegaremos a ser testigos de una época en la que de verdad nadie habla y solo broten de nosotros emoticones? ¿Serán estos emoticones la nostalgia de un futuro absolutamente inimaginable?

Pienso en ello mientras proyecto un final para esta columna. El teléfono suena. Es el 909004559. Una vez más el banco de Siempre exigiendo hablar con el titular de la línea para contarme que me he ganado el crédito MeLLevoTuPlatita. Que cuáles serían las razones por las cuales no me interesa. Cuelgo. Abro institivamente las redes. Tengo dos notificaciones. Olvido lo que quería decir.

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(*) Sociólogo y docente universitario.

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