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COCINA CHICLAYANA Y MUCHO MÁS: Cuatro recetas, cuatro historias

Escribe: Eloy Seclén Neyra (*)
Edición N° 1253

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Cuando se elabora cada uno de esos platillos capaces de alegrarnos la vida en toda circunstancia, hay un proceso donde participan muchos. Hay manos que cumplen todas las labores, incluidas las de escribir un relato. En Vuelven Los Mochicas (Huerequeque, 2020), buscamos algunas de ellas.

Espesado de res

La mano en el pecho alude a la verdad sobre todas las cosas, se coloca a la altura del corazón porque quien lo tiene no sabe mentir. El espesado es de carne de pecho, de pecho de res, y de res gorda. Tiene que hervir a fuego intenso junto a las zarandajas, menestras tan típicas en la región que hasta apodo tienen. Las llaman chilenos. Para que su tono pálido no sea el color de nuestro espesado, hay que agregar loche y yucas, cosechadas en Pátapo de todas maneras.

Paralelamente se ha iniciado el sacrificado trabajo de moler el choclo con el culantro. Es ahí que se concentrará el sabor de nuestro preciado platillo, y las dosis que en este esfuerzo pongamos de cebolla y ají verde contribuirán al resultado final. La masa resultante, ya molida, alrededor de tres litros, se agrega a la carne cocida. Echaremos más caldo de acuerdo a la espesura de la mezcla. Solo la experiencia permitirá saber las cantidades adecuadas que, como la vida misma, siempre dependerán de las circunstancias en particular: cuántas personas vienen a comer y sobre todo quiénes son esos cuantos. Quienes sea que sean, deben haber llegado un día lunes, y el espesado se les servirá con arroz colorado y manteca colorada (se prepara con aceite y solo un poquito de pimentón para darle color).

Seco de cabrito

Sepan, comprueben, difundan, que en Chiclayo la sazón se lleva en las manos. En forma de líneas, ellas llevan tatuado el tiempo, tan importante en la preparación de todas nuestras comidas. Aprender a cocinar es el descubrimiento de uno mismo, el contacto con un legado de platillos costumbristas que recorre la historia de todas las familias. Delicias que han hecho conocida nuestra región como el seco de cabrito, cuyo sabor se garantiza trozándolo con equilibrio y aderezándolo con sal, pimienta y chicha del Guabo.

Una vez listo, procuremos un refrito de ajos, cebolla, sal, pimienta y ajíes de color. Ese es el aderezo con que freiremos el cabrito. Solo con esos procesos listos, agregaremos el ancestral loche, cucurbitácea que por milenios ha preservado el sabor de todo el norte. Suavemente rallaremos primero la cáscara. Ya sin ella lo trozaremos en pequeños pedazos a los cuales incorporaremos aceite. Cuando se haya consumido, se le agregará tres cucharones de caldo. Tan preciado es el aroma del loche que hay que tapar la olla muy bien para no perder esa concentración de sabores. Arroz bien graneado y alverjado, así como yucas sancochadas, acompañarán este platillo emblemático, típico de los cumpleaños, que es cuando hay que ofrecer lo mejor de lo mejor.

Panquitas de life

Sea para asegurar el alimento diario, a través de la caza, o para afrontar sanguinarias batallas, casi igual de diarias, los guerreros mochica portaban siempre las estólicas. Estas fueron una suerte de propulsores de lanzas, talladas en madera, en cuya parte superior solía representarse la imagen de un pez life.

 

Tiempos hubo en los que bastaba con meter la mano a las acequias, de verdad cristalinas, para encontrar brillantes lifes, cascafes, chalcocas, mojarras y el camarón nativo. Hoy son tan escasos que, si se tiene suerte en su búsqueda, hay que limpiarlos con particular cuidado, para luego pasar a aderezarlos con sal. La cebolla, el culantro y los ajíes, por su parte, deben picarse proporcionalmente al tamaño del pez, lo cual confirma eso de que lo que realmente bueno se concentra en dimensiones realmente pequeñas. Su sabor es tan preciado que hay que enfundarlo en un atado de pancas de choclo para no perderlo: cuatro lifes por porción. Se amarran y luego se asan en una lata, firmemente colocada sobre un brasero de carbón. Cuando ya están cocidos se sirven acompañados de torrejas de choclo, las cuales no deben confundirse con las tortitas de choclo. Estas son incomparables.

Boda

En la vida, solo una vez. Si así ha de ser, el platillo principal del día de la boda llevará el mismo nombre y tendrá que prepararse con la anticipación que este tipo de ceremonias requiere. Hay que remojar el garbanzo desde la noche anterior y luego hervirlo junto a la carne de pecho. El cocimiento será lento, como todo enamoramiento que aspire al equilibrio. Habrá que saberlo esperar para recién incorporar las yucas. Antes deshojaremos la lechuga y también la pondremos a cocinar, no necesariamente con la misma lentitud.

En la ceremonia de la boda comulgaremos con el pan y con el vino. Tal es la razón para que la base de este platillo sea el pan, remojado y bien batido para obtener el espesor regular. En una sartén aparte, pondremos aceite, cebolla en tajadas y un poquito de ají pimentón que le dará el color necesario. Acompañará este aderezo el azafrán ya tostado, ligeramente molido. Ambos se incorporarán a la olla para una lenta cocción, cuyo final se proclamará con ramas de hierbabuena. Una vez servido, cual bendición final, incorporaremos una última preparación: media taza de aceite, dos dientes de ajo molidos y otro poquito de ají pimentón. Solo entonces gritaremos «¡que vivan los novios!». Comprobarás con el tiempo que quien te ama lo primero que te preguntará es si ya comiste.

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(*) Sociólogo y docente universitario.

 respuesta de me encantaría comunicarme con la responsable de Recursos Naturales y Gestión Ambiental para visitar el 2024-06-08.

Soy docente de la I.E. San Pablo de Pacora y nos encantaría visitar estos espacios de vida... tenemos birgadas de Protección de la biodiversidad (18) y contamos con un club de ciencia y tecnología: "Gretty K. Villena Chávez" cuyos estudiantes suman 73 y 9 docentes del área comprometidos con la proteción y conservación de estos ecosistemas... me podrían llamar para ir de visita, asi como saber las condiciones

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