La mala información y la desinformación generan una serie de riesgos en una sociedad como la peruana, donde la democracia aún es inestable y las voces autoritarias la acechan. Además, estos escenarios propician la existencia de una prensa monocorde, alineada a los designios de los regímenes de turno, cuyo propósito es la manipulación de las personas. Los medios de comunicación tienen una enorme responsabilidad con sus audiencias por el poder que representan, y sus propietarios están en la obligación de entregar información certera, de primera fuente, que genere credibilidad y confianza en la ciudadanía. La periodista española Olga Rodríguez sostiene que “actualmente el periodismo es una farsa, porque está revestido de una falsa objetividad y a menudo está al servicio del poder”.
Una sociedad malinformada, y a su vez desinformada, que ignora aspectos relevantes de lo que sucede a su alrededor, es una sociedad fácilmente manipulable, sumisa, que no tiene criterios propios definidos, y por tanto es pasible de que sus derechos ciudadanos sean atropellados fácilmente por el sistema. El malinformar (ofrecer información engañosa, incorrecta o completamente falsa) y el desinformar (información falsa que se difunde con intención de engañar a la gente) traen consigo una serie de riesgos para nuestra endeble democracia que busca afianzarse ante los peligros de voces autoritarias que la acechan, así como ejercer plenamente nuestros derechos como personas. Además, atenta contra los valores y desestabiliza la institucionalidad. “Tanto la información errónea como la desinformación pueden ser peligrosas, pero la desinformación es mucho más destructiva, y no constituye necesariamente libertad de expresión. Puede obstruir la capacidad de la gente de debatir temas y tomar decisiones. Ambas dan información falsa, a veces acompañada de falsos análisis, y por ende llevan a la gente a tomar decisiones que son contrarias a lo que realmente quieren o les conviene. Esto ocurre especialmente durante los procesos electorales. La desinformación se utiliza para engañar y manipular a los votantes, asustándoles con amenazas imaginarias, infundiéndoles una falsa sensación de miedo y ofreciéndoles soluciones falsas a los problemas inventados” (https://www.liberties.eu/es/stories/malinformar-vs-desinformar).
La reputación de la prensa en el país en la actualidad está muy venida a menos, ha perdido confianza y credibilidad ante la opinión pública por su poder manipulador y por la insensatez e intolerancia de los propietarios de los medios de comunicación, que no han sabido interiorizar y comprender sobre la real importancia de administrar estas empresas en el marco de la ética, la honestidad y la moral, y de la enorme responsabilidad que tienen entre manos con sus audiencias, que es finalmente a quienes se deben. Lo acontecido en las últimas elecciones presidenciales evidenció la podredumbre en que cayó el denominado “cuarto poder”, los grandes medios que manejan la información de manera masiva a través de consorcios empresariales, más que estar al servicio de la ciudadanía por la información pública que manejan (administran al espectro radioeléctrico que pertenece a todos los peruanos), se dedicaron a defender a ultranza intereses económicos de grupos de poder para no ver afectados los suyos propios. Ello podría ser legítimo, pero lo que no pueden hacer es atentar contra el derecho de las personas de recibir información veraz, certera, sin manipulaciones ni sesgos. Nunca antes se había visto una cobertura tan desigual en el plano noticioso, lo que devino en una reacción de la población contra el sistema y el modelo económico que nos rige. Tal vez ello explique por qué un profesor rural poco preparado, con muchas debilidades e incapacidades a nivel personal y profesional como Pedro Castillo ganó esos comicios, cuando la candidata de la derecha conservadora tenía todo el apoyo de los mass media. La mala información y la desinformación anduvieron de la mano en este proceso, generando un clima de violencia y odio entre peruanos que persiste hasta hoy.
La prensa al servicio del poder
Este panorama nos hizo recordar lo sucedido con los medios de comunicación en la década del ‘90, cuando después del autogolpe de 1992 los dueños de los canales de televisión, de periódicos y radios con poder de influencia sobre las masas, fueron comprados con dinero sucio de la corrupción para cambiar las líneas editoriales, los contenidos informativos a favor de la dictadura fujimontesinista. Todos los medios se alinearon a una sola voz, con mensajes monocordes al unísono, bajo un mismo libreto; jamás se promovió el debate público, pues lo que buscaban era tener una sociedad aletargada, carente de opinión propia para que no reclame sus derechos. Además, estas empresas afines a la dictadura se encargaban de sembrar la desconfianza en los pocos medios que no se suscribieron a ese régimen, logrando con ello que la población no acceda a información precisa, de calidad, haciéndolos vulnerables a la peligrosa manipulación mediática. Esta vez no compraron conciencias, pero los propietarios sí apoyaron abiertamente y sin tapujos los propósitos de la candidata de la derecha, y defendieron ardorosamente los intereses de grupos de poder económico. El periodismo es un vehículo que genera fuertes corrientes de opinión y concientiza a la ciudadanía, de allí la importancia sustancial de los medios para guiar adecuadamente esos sentimientos, esas ideas, para no caer en extremismos ni sectarismos. La periodista y escritora española Olga Rodríguez, sostiene que “actualmente el periodismo es una farsa, porque revestido de una falsa objetividad la profesión muy a menudo está al servicio del poder y actúa en contubernio con el poder”. “Hay órdenes que vienen de arriba -del poder político, económico- para dejar de cubrir asuntos que resultan incómodos, molestos. Algunas empresas anunciantes en los medios son intocables”.
Una condición ineludible e inexorable que todo periodista debe conservar a lo largo de su carrera es su credibilidad, su honestidad, porque ello lo posicionará como un referente de la profesión. Cuando un periodista pierde ese bien preciado y termina en el fango de la mentira o las medias verdades, para volver a recuperar el buen nombre que ha logrado con esfuerzo, apegado a los valores familiares y personales, el camino muchas veces se hace cuesta arriba. La mancha siempre quedará como un estigma, como una huella difícil de borrar. Rodríguez sostiene que estar bien informado exige mucha militancia ciudadana, porque demanda tiempo y esfuerzo. “Como ciudadanos tenemos que exigir a los medios de comunicación y a los periodistas información de calidad, y castigar a los medios y periodistas que nos están vendiendo propaganda o basura, o que tergiversan de forma cotidiana la información”. El escritor y periodista Ryszard Kapuscinski señaló: “El deber de un periodista es informar de manera que ayude a la humanidad y no fomente el odio o la arrogancia”. A casi un año de las elecciones de la segunda vuelta, lo dicho por Kapuscinski tiene una enorme vigencia a raíz del comportamiento de la prensa en ese proceso, donde los denominados grandes medios (o la prensa concentrada) incurrieron en un abuso apelando a su poder de dominio, no les importó tirar por la borda sus principios rectores y su trayectoria ganada a pulso con tal de no perder su hegemonía y su statu quo. Hubo un claro desequilibrio informativo y un antojadizo manejo de la información en beneficio de una candidatura y en desmedro del adversario. Al final el tiro les salió por la culata, hubo un efecto boomerang por el hartazgo y desconfianza de la gente hacia los medios de comunicación.
Minimizar la información
Las empresas periodísticas tienen sus propias agendas, su propia temática de acuerdo a sus propios intereses y conveniencias, y están en la libertad de abordar los temas que ellos crean conveniente; pero lo que no pueden hacer es tratar de direccionar y manipular la información con propósitos subalternos. Lo que tampoco deben hacer los directores o editores de medios es ocultar o minimizar la noticia, sobre todo cuando se trata de hechos relacionados a la gran corrupción en el país, como el caso de la lideresa de Fuerza Popular, Keiko Fujimori, quien según la Fiscalía recogió personalmente US$ 450 mil en efectivo que le entregó Dionisio Romero Paoletti para la campaña de 2016, acompañado de José Chlimper, quien meses después sería nombrado director del BCR, impuesto por Keiko cuando ostentaba sus 73 congresistas (La República 23/05/2022). Con excepción de este diario, ningún programa dominical ni medio impreso le ha hecho seguimiento al tema. ¿Qué raro no? Esa también es una forma de malinformar y desinformar a la sociedad. “El derecho a la información es un derecho humano, componente clave del derecho a la libertad de pensamiento y expresión. El derecho al acceso a información es un derecho fundamental para el desarrollo pleno de una sociedad democrática transparente” (https://www.iidh.ed.cr/derecho-informacion). Una última frase sobre este espinoso tema: “El arma más poderosa no es un rifle o una bomba, es el control de la información mundial para manipular la mente de los que la consumen”. Una verdad muy dolorosa que no es de ahora y que los países más ricos del mundo lo aplican desde hace muchísimo tiempo atrás, para someter a los países tercermundistas a sus designios y voluntades.
(*) Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Primer Vicedecano del Colegio de Periodistas de La Libertad.
respuesta de 948321 el 2024-06-12.
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