La gran farsa ha llegado a su final, Castillo tiene que dejar el cargo presidencial sí o sí. A pesar de estar subsistiendo para seguir flotando en el poder, se tiene que ir. Los errores garrafales, sus desaciertos y desmanes presuntamente criminales no hacen sino indicarle el camino por donde llegó y tiene que retornar.
En los últimos días, es claro y consistente que el repudio ciudadano a la gestión de Pedro Castillo es cada vez más fuerte, por lo tanto, el sostén de su popularidad es cada vez más precario e insostenible, razón por la cual el destino del país no puede estar en manos de quienes lo están poniendo en vilo diariamente, producto de sus debilidades e inmoralidades insoslayables. Por lo tanto, debe y tiene que irse.
En ese sentido, como corolario de este vil engaño, lo sensato y oportuno es que Castillo renuncie, tal como la mayoría de la población se lo viene pidiendo en calles y plazas con voces altisonantes y arengas patrióticas, invocantes que permitan poner a buen recaudo la estabilidad política y económica del país, y de esta manera, poner fin a esta crisis que tanto daño nos viene causando en todos sus aspectos socio económicos y así lograr el relajamiento de las trifulcas entre el Ejecutivo y el Legislativo.
La democracia
El mandatario Castillo, hoy adicto al poder, necesita pensar en forma efectista, asumiendo que si él toma la decisión de dar un paso al costado, nuestra desgastada democracia será pasible de ser reforzada y, por qué no, recompuesta en todos sus niveles con una nueva elección y un cambio radical de hacer política en el Perú, cuya población hoy sumida en el hartazgo y la desazón del quehacer político, pueda dar el golpe de timón que permita la viabilidad y la eficacia de las políticas públicas en beneficio de la ciudadanía que clama vivir bien y ser partícipe de la construcción de un futuro mejor.
Hoy, indefectiblemente, necesitamos de un gobierno eficaz proclive a sostener decentemente un aparato gubernamental en todos sus niveles, que permita superar los daños sociales y económicos causados por la pandemia y el conflicto bélico entre Rusia y Ucrania. Es decir, necesitamos un poder Ejecutivo y un parlamento articulado, bien organizados que permita paliar y resistir los embates de ambas ocurrencias de la forma más conveniente y efectiva que frenen los daños causados hasta hoy.
Verdaderos líderes
Asimismo, por sobre todo, requerimos verdaderos líderes que asuman los grandes desafíos imperantes en la nación, que tomen decisiones acertadas, que atenúen los costos sociales y den soluciones paliativas que hoy no las tenemos, todo ello producto no solo de los conflictos internos de los políticos de turno, sino más bien del accionar inoperante e idiotizado de Castillo, quien como una hiedra en la pared se aferra al cargo como una causa real que en vez de avanzar, retrocede sin cesar.
La voz del pueblo, es la voz de Dios, por lo tanto el pueblo es soberano y decisorio, razón por la cual, así como elige un presidente, lo puede defenestrar. Eso es democracia participativa mediante el voto popular, máxime si la mediocridad radical de los políticos renuentes a asumir tal condición así lo exigen, lo que en buena cuenta tendría que desencadenar en una ruptura temporal del orden democrático mediante la presión mediática del soberano, que induzca a Castillo a tomar la decisión justa y necesaria de renunciar.
En ese sentido, es necesario tener en cuenta que los argumentos grotescos de Castillo para justificar lo injustificable, no le suman, no tan solo por su débil motivación y escases de ideas, sino también por sus discursos confusos, sus torpes y efectistas decisiones trasnochadas mal pensadas que, al fin y al cabo, diariamente lo debilitan y lo ponen al borde del abismo que él no quiere ver, y si lo está mirando, no quiere caer en él. ¡Castillo te tienes que ir!
(*) Especialista en Contrataciones del Estado.
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