Desde las 6:30 p.m. de hoy, la Selección Peruana de Fútbol buscará concretar su gran posibilidad de clasificar a un nuevo Mundial. Usted quizá no lo recuerde, pero hubo tiempos en los que esta oración hubiera sonado a perfidia. Si es verdad que el fútbol es capaz de reflejarnos socialmente, ¿qué pondremos en la maleta cuando llegue la hora de volver?
¡Qué tiempos fueron! Y apenas han pasado cuatro años. Tarde, muy tarde seguramente, pero comprobamos por fin que esa leyenda del fútbol peruano con la que crecimos era cierta. No mentían los libros que hablaban de las hazañas que lográbamos a punta de garra y corazón. Sabíamos jugar al fútbol. Éramos un equipo. Tal vez, una nación.
Fuimos al Mundial, y aunque solo ganamos un partido, el verbo lo conjugamos en un perfecto presente. Y en plural. Desde entonces, aquel equipo regaló a la afición actuaciones dignas, posibilidades de competir, finales de América. Un día les cayó la saladera por apoyar alguna nefasta campaña política. ¡Y hasta de eso fueron capaces de sacudirse!
En el mítico Estadio Centenario iniciará este desafío final. Qué difícil concentrarse cuando la mente se ilusiona con un nuevo sorteo de grupos, cantar el himno, otro álbum Panini: el fútbol alegra, convoca, forja unidad. Es posibilidad de luchar y triunfar, así haya que intentarlo por 36 años. Alguien podrá decir que no, pero la vida misma ha demostrado que jugamos. Que también hemos sido mundialistas.
Lo que nos falta disputar
No se hablará de otra cosa en nuestro país, desde hoy. Los partidos ante Uruguay y Paraguay coparán nuestra atención por siete días. El martes a las 8:30 de la noche tendremos dos extremos como posibilidad: la euforia de un nuevo mundial en plena pandemia o la desolación de haberlo perdido todo teniéndolo tan cerca. La incertidumbre del repechaje aparece como una sólida tercera alternativa que extenderá la ansiedad hasta mediados de junio.
Jugadores agresores
¿Y será que durante ese tiempo realmente no hablaremos de otra cosa? Hablar, por ejemplo, de los clubes que contratan (¿o recogen?) jugadores denunciados por agresión física a sus parejas. Darse cuenta, levantando la voz si es necesario, que eso es injusto, que es vergonzoso. Que no se trata de una cuestión de camisetas, sino de poder unirnos en contra de la violencia de género por sobre todas las cosas.
Será que podremos hablar de cómo la industria futbolística ha hecho de la violencia un objeto de consumo. Que el ejemplo anterior no es un caso aislado, ya que muchos agresores siguen jugando como si nada. Que la violencia encuentra muchas formas de manifestarse. Económicamente por ejemplo, como vimos en el reciente caso de Mariza Gómez, jugadora que tuvo que organizar una rifa para juntar los 5 mil soles que su club le exigía para otorgarle su propio pase. Mientras algunos agresores obtienen generosos contratos, otras deportistas ni siquiera tienen sueldo como profesionales.
Ir al estadio
Y hablando de desigualdades económicas, ¿revisaron ya los precios de las entradas para los partidos? Tal vez usted sea muy joven, pero hubo un tiempo en que las tribunas se llamaban populares porque de verdad lo eran. Más allá de lo escandaloso de los precios (que no incluye el incremento por reventa), lo preocupante es cómo se ha naturalizado la asistencia al estadio como un privilegio económico. Una potestad más de la élite.
Tal vez esta semana logremos la tan anhelada clasificación. Y seguramente será una fiesta incomparable. Nunca olvidemos, sin embargo, que al Mundial vuelven los países. No las empresas llamadas federación. Vuelven los países representados por sus equipos. Y podemos volver mejores.
Igualdad. Sueldos justos, espectáculos sin violencia. Competencia entre instituciones, valores asociados a la identidad de cada equipo, con su diversidad regional. Periodismo que no encubra ni sea lavandería de agresores. Hinchas que sean capaces de criticar y protestar sin ser amenazados por ejercer sus derechos. Que nunca más un niño o niña tenga que decir “Por favor, mamá, que no te pegue”.
Cuando vuelva a tu lado, Perú, seguramente gritaremos tus goles, pero por sobre todo alzaremos nuestra voz para que todos estos ideales valgan un Mundial.
(*) Sociólogo y docente universitario.
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