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UNA VEZ MÁS, EL FÚTBOL: No una sino muchas violencias

Escribe: Eloy Seclén Neyra (*)
Edición N° 1242

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“Andy da el golpe”, titula socarronamente el diario de mayor circulación a nivel nacional. El jugador en cuestión ha sido denunciado por violencia física y psicológica precisamente por la madre de sus hijos. El club Portland Timbers no dudó en expulsarlo apenas tomó conocimiento de los hechos. Un mes después, sin embargo, consigue un beneficioso contrato en nuestra, cada vez más violenta, Liga 1.

“Queremos volver a nuestras raíces”, afirmaban en el club que acaba de anunciar al mencionado jugador como flamante jale. Deben haber estado muy en el fondo esas raíces. Tan arraigadas como la postura de cientos de hinchas que legitiman la violencia por “no tener pruebas contundentes” o porque solo “priorizan lo futbolístico”. Con discursos similares se ha justificado (y se justifican) otras tantas bajezas de cuando en cuando.

Mientras un nuevo titular misógino se suma a la interminable lista de contenidos machistas que caracteriza a la gran prensa, los estadios de fútbol siguen siendo el escenario del maltrato normalizado. Ninguna “previa” lo va a mostrar porque no da risa. Desde hace décadas, la experiencia de asistir a un estadio de fútbol en el Perú se ha convertido en un atentado. Una expresión del abuso de autoridad en todas las formas posibles.

Los varazos a mansalva, los hostigamientos verbales, los tocamientos indebidos: todo se ha naturalizado a tal extremo que dejó de ser noticia. Llamamos “aguante” a la firmeza y devoción de nuestro hinchaje aun en las peores circunstancias. El término, sin embargo, pareciera encajar mejor con todo lo que toleramos al asistir a una cancha. El costo de las entradas no incluye derechos ni como consumidores, menos como ciudadanos. No podemos ni protegernos del sol con una gorra. ¡Ni a comprar agua tenemos derecho!

Es importante hablar de todo esto cuando retomamos el tema de la violencia en el fútbol. La barbarie que contemplamos este fin de semana en el estadio La Corregidora de Querétaro, México, es mucho más que una advertencia. Para nosotros resulta una premonición, casi un recordatorio.

Más allá de reduccionismos

La violencia en el fútbol no es el resultado de pasiones que se “desatan”, de grupos de “desadaptados” que “manchan la pelota”. No es un hecho aislado, mucho menos monocausal. Empecemos por reconocer los múltiples factores que la generan y sobre todo comencemos a reconocernos dentro de esos mismos factores.

Porque existe una estructura que construye, legitima y difunde la violencia de tal forma que ya no la reconocemos como tal. Los mecanismos de poder actúan con más sofisticación cuando son invisibles. ¿No es violento, por ejemplo, el centralismo? El fútbol peruano se ha desarrollado bajo una lógica de “equipos grandes” cuyos privilegios no son precisamente correlativos con esa pretenciosa grandeza. Quienes piensen que exageramos, tal vez deban acordarse de cierto conductor televisivo que se refirió a los dirigentes de las ligas departamentales como “cholitos que no saben defenderse”, “malaspectosos”, “gente sin clase que, si puede, te roba”, entre otras perlas.

Porque la prensa se atribuye el título de deportiva, cuando apenas es futbolera, y encima copando la cobertura con las angustias de los mismos equipos limeños hegemónicos. ¿No es esta estructura igual de violenta? Si hasta cuando vimos a uno de ellos descender a la segunda división, resulta que nunca bajaron. Que “nunca se fueron”.  Los que sí tuvieron que irse fueron los futbolistas chiclayanos que perdieron todo lo que ganado legítimamente en la cancha.  

Nuestro fútbol, motivo de alegrías y relatos de identidad, se ha construido también bajo la lógica de muchas formas de violencia. Duele reconocerse como parte de ellas, pero dolerá mucho más el conteo de vidas humanas que se pierden ante la irracionalidad de las estructuras de la violencia funcionando como engranajes de un entorno que beneficia a pocos y perjudica a millones.

Centralismo, discriminación clasista, masculinidades tóxicas, violencia institucional, discursos de odio, violencia de género. Conozcamos bien estos términos e incorporémoslos al debate, porque tal vez con ellos se puede propiciar algún proceso de deconstrucción. Hagámoslo con la esperanza de recuperar el deporte que tantas alegrías nos brindó alguna vez.

(*) Sociólogo y docente universitario.

 respuesta de José el 2019-05-08.

Es una verdad que las Autoridades hacen oidos sordos, todo hay que hacerlo vía judicial. No hay sanción para funcionarios que no cumplen con los pagos de acuerdo a ley. No unifican los 17 conceptos que tiene nuestra boleta de Remuneraciones. Pero los trabajadores de la Región y de las sedes, incluyendo UGEL s si se pagan todo, hasta prestamos se dan y pagan la Maestría. Razón por la que todos quieren estar en la sedes. Cuando sancioinan a un docente o administrativo lo dejan en la sede sin hacer nada. Deben ir a los colegios e Institutos que si lo necesitan. Pero no se hace.

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