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No es comedia. Es tragedia

Escribe: Jean Pierre Baca Balarezo (*)
Edición N° 1240

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El gran problema de los peruanos es que, desde hace un tiempo para acá, nos hemos tomado la política con una frivolidad irresponsable. La hemos visto como una obligación intrascendente que nos distrae de ocupaciones más importantes, a la que hay que volver para criticar o culpar de lo mal que está el país. Se dice que la mayoría de peruanos vive de su trabajo diario y, bajo esa lógica, es mejor ocuparse de la política cada cuatro o cinco años, para amenizar las reuniones sociales o evitar que alguien gane las elecciones. Total, sea cual sea el resultado, “los peruanos vivimos de nuestro trabajo” y, si el elegido es un corrupto, no importa porque “roba pero hace obra”.

Los peruanos elegimos mal y reímos. Pareciera que enviáramos un caballo de Troya al enemigo en cada uno de nuestros procesos electorales. Nos vanagloriamos, celebramos el fracaso del otro, la derrota vergonzante, el ridículo político ajeno. Por eso la política se ha llenado de antis, cuando lo normal sería que abundaran las propuestas cargadas de pros. Da la impresión de que el crecimiento económico de las últimas décadas, el disfrutar de las bondades del modelo nos hubiera convertido en inmortales, en leyendas vivas que demuestran el “milagro peruano”. Visto desde fuera, milagro es que el Perú siga en pie, después de las decisiones que los peruanos tomamos en las urnas.

El crecimiento nos ha hecho tener más poder adquisitivo, aunque es bien sabido que la plata tampoco compra criterio. Vamos a malls, compramos en tiendas por departamento, en ocasiones marcas exclusivas, en librerías de cadena, asistimos al cine, al teatro, hacemos eurotrips y nos escapamos a las playas del norte. Nos esforzamos para sostener la clase media a punta de tarjetazos de 36 cuotas, por demostrar que el Perú es un país de renta media, aun cuando le votamos a candidatos que bien podrían estar al nivel de cualquier Estado africano de democracia débil y pobreza galopante.

¿Los peruanos nos hemos puesto a pensar cuánto nos ayudaría a elegir a gobernantes capaces, con trayectoria, con equipos técnicos solventes, experimentados, capaces de poner en marcha políticas que nos sirvan, en serio, para mejorar la salud, la educación, los servicios públicos y atiendan a nuestra población más vulnerable? Sospecho que la mayoría no y que el elector termina inclinándose por el bufón de las agüitas arracimadas o la acémila ensombrerada que nos hace reír en redes sociales. Parece chiste, pero no es. Tal vez no hemos reparado en que esos bufones deciden por nosotros y que el resultado de sus decisiones lo asumimos todos, no solo quien pierde la elección o sus electores.

Han pasado casi siete meses desde que empezó el gobierno de Pedro Castillo y más allá de sus anécdotas y de la forma en la que comunica, que a muchos les genera gracia perversa, su tránsito por el poder ha dejado una estela de corrupción e ineptitud que no dan risa, sino lástima. En el fuero interno, ya pocos creen en las posibilidades y en los recursos del presidente de la República al que, en teoría, todavía le quedan más de cuatro años en Palacio de Gobierno. Intuyo que la opinión casi unánime es que su elección ha sido una tragedia para el Perú, más ahora cuando empieza a dejar de lado la actitud convocante del inicio para mostrarse intolerante y despectivo, como cuando calificó de “chiste” a la prensa que lo acompañó a un acto público y le consultó por las incongruencias en sus declaraciones ante el Ministerio Público que investiga probables actos de corrupción.

Los peruanos ya no estamos para bromas, menos si nuestro futuro, nuestra estabilidad y nuestra democracia están en juego. La gente espera respuestas, después de un periodo que para todos ha sido duro. Es un deber ciudadano despertar del estado hipnótico, medio narcótico, ensimismado en el que todavía estamos. Este gobierno que da pena nos está tocando los bolsillos, nuestros planes, la salud de nuestro pueblo, la educación de nuestros hijos, la institucionalidad que tanto nos ha costado sostener. Para llorar.     

(*) Abogado y analista político.

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