El año 551 a.C. nació en China el famoso pensador, filósofo y político Confucio, quien se desempeñó como funcionario público y maestro. Sentó las bases del confucianismo, llamada también la doctrina de los sabios, y es considerado uno de los pensadores más influyentes de la humanidad. La esencia de sus enseñanzas se condensa en la buena conducta en la vida, el buen gobierno del Estado, el cuidado de la tradición y el estudio. Confucio decía que aquel gobernante que no atendiera a su pueblo de forma digna, respetuosa, y por lo tanto ignorara las virtudes de un ser superior, el mismo pueblo, los intelectuales, tenían la obligación de protestar contra el mandato y lograr con ello su expulsión, para que fuera reemplazado por una persona que haya desarrollado en mayor medida sus virtudes. Promovió así un sistema político meritocrático, donde se diera la oportunidad a las personas que más se hubieran esmerado en ampliar sus capacidades.
Un aspecto relevante del confucianismo trata sobre el funcionario meritocrático, que busca la efectividad del gobierno en base a los méritos y valores del empleado público. Confucio concebía que el desarrollo del hombre debe darse a través de la búsqueda de convertirse en un ser superior. Hace 2000 años en China se elegía a los funcionarios mediante exámenes graduales, quienes postulaban a los cargos públicos rendían primero un examen a nivel provincial, pasaban al examen regional y finalmente al nacional o imperial. Quienes aprobaban ocupaban los principales cargos en el Estado, logrando así admitir a funcionarios eruditos en los altos puestos que aseguraban el éxito del gobierno. Si se aplicara esta misma doctrina en el Perú (o por lo menos se tratara de acercar a ella), seguramente tendríamos un Estado más calificado, competente y eficiente. Lamentablemente por años nuestro país ha sido manejado por un círculo de amigos del gobernante elegido o por aquellos que lo apoyaron en la campaña política, y ya vemos cuáles han sido los nefastos resultados hasta ahora.
Malas experiencias
En los últimos 40 años, los presidentes de turno: Belaúnde, García, Fujimori, Toledo, Humala, Kuczynski y Vizcarra, llenaron la administración pública con gente del partido al que representaban (conocido como clientelismo político), que no reunían el perfil técnico requerido ni estaban calificados para los puestos asumidos; daban empleo a su círculo más próximo en los cargos de confianza. No se premió el mérito, la aptitud, el esfuerzo, la virtud o la excelencia, criterios que deben ser la base para acceder a un puesto en el Estado. Ellos pisotearon la meritocracia y dieron cabida a la mediocridad, a la pobreza intelectual, generando una burocracia dorada inútil e improductiva que ha sido un lastre para la administración pública. A la mayoría de mandatarios solo les interesó satisfacer sus apetitos económicos y personales, se aprovecharon indebidamente de los recursos el Estado para llenar sus arcas, fomentando así actos de corrupción y de deshonestidad a todo nivel. Las consecuencias de esta podredumbre se ha visto reflejado en investigaciones fiscales y judiciales a todos estos expresidentes –con excepción de Belaúnde-, sindicados de enriquecerse ilícitamente.
El coordinador de la Escuela de Negocios Internacionales de la UCV, Jair Alvarado Espinoza, escribió en su blog que la “confusión” es lo que opera en la política peruana, donde predominan las palabras vacías, el doble discurso y el silencio. “Quien contribuye más a toda esta confusión es el presidente Pedro Castillo, con su silencio -parapetado en decir que la prensa es adversa- no comunica ni transmite lo que busca hacer en su régimen; no es consciente que su silencio grita desgobierno, o, quizá, es un gobierno que tiene como filosofía la confusión”, asevera. Advierte que en medio de esta filosofía de la “confusión”, se designan a ministros, viceministros y directores en las instituciones gubernamentales sin una base meritocrática, con serios cuestionamientos éticos, amparados solo en el denominado “cargo político o persona de confianza”.
Palabra devaluada
Castillo Terrones en la campaña electoral de segunda vuelta, y posterior a ella, incidió que en su gobierno se designarían a los funcionarios por sus méritos profesionales, por su expertiz, y sobre todo por su solvencia ética y moral. Pero ya hemos visto que esta ha sido una de las mayores debilidades de su administración desde sus inicios, al nombrar a personajes impresentables con pasados turbulentos en su vida personal (gabinete Bellido). Al parecer el presidente no ha aprendido la lección y en este segundo gabinete vuelve a cometer yerros puntuales, que solo conducen a propiciar mayor inestabilidad política de la ya existente. El nombramiento de Luis Barranzuela como ministro del Interior otra vez ha incendiado la pradera, y la oposición en el Congreso ya lo puso en la mira. Habría conflicto de intereses, porque el funcionario ha sido abogado del secretario general de Perú Libre, Vladimir Cerrón, del expremier Guido Bellido y del congresista Guillermo Bermejo; además de tener una foja de servicios con diversas sanciones cuando fue policía. La fiscalía también lo ha incluido en una investigación sobre posibles delitos económicos que se habrían cometido en la administración judicial de la agroindustrial Tumán. Es decir, salió un criticado Juan Carrasco Millones de esa cartera e ingresó otro con serias sindicaciones.
Castillo con sus decisiones controversiales, polémicas, profundizan la crispación política, lo cual afecta sustancialmente a la economía del país. Su administración urge de liderazgo y autoridad, de un caudillo que conduzca el país con la prudencia y sabiduría propia de un estadista. Aún está a tiempo de corregir sus errores que lo han llevado a ser duramente criticado. Jair Alvarado sostiene que “no debemos desdeñar 2500 años de experiencias gubernamentales exitosas; tomemos las mejores experiencias de países que brindan una mejor calidad de vida a sus ciudadanos y adaptémosla a nuestra sociedad. Debemos tener una selección de funcionarios a partir del conocimiento y valores; es momento de elegir entre la filosofía de Confucio o continuar en este momento de crisis con la filosofía de la confusión”.
Hay que aprender de los aciertos del Estado chino, donde se priorizó una clase gobernante meritocrática, elegida en función de sus virtudes y talento. Esta burocracia proporcionó al Imperio Chino una extraordinaria estabilidad. A pesar de las rebeliones, conquistas extranjeras y cambios de dinastía, los funcionarios eruditos y meritocráticos permanecían en sus puestos de trabajo y aseguraban la continuidad y eficiencia de la administración. Jesús Monterin, del diario El País, señala que el gran aporte de China a la cultura universal ha sido la invención del funcionariado meritocrático. “Mientras en Europa la gobernación del Estado se basaba en la fuerza bruta y las relaciones familiares de un círculo cerrado de parientes con el soberano, los chinos establecieron una burocracia eficiente, abierta y secular, seleccionada con criterios de talento, mérito y erudición. Este sistema permitió el florecimiento del Imperio Chino durante 2,000 años, y fue imitado en todas partes”.
Una realidad totalmente opuesta a la nuestra, donde las autoridades elegidas por el voto popular (de los distintos niveles de gobierno) y malos funcionarios ven al Estado como un botín al que hay que saquear; hoy muchos de ellos están presos por liderar o integrar organizaciones criminales. Esta percepción tiene que cambiar, hay que dar paso a una reingeniería en la administración pública, donde el mérito y el talento humano sea bien conceptuado, y así evitar tener un Estado parasitario e improductivo.
(*) Licenciado en Ciencias de la Comunicación.
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