The brain is wider than the sky
For, put them side by side
The one the other will include
With ease, and you beside
EMILY DICKINSON, 1863
Si buscan encontrar en estas páginas un ensayo académico, déjenme decirles que pierden su tiempo. No hay nada menos apasionante que lo académico: esa sucesión estructurada de teorías tan oficiosas como imprácticas. Y no pienso enaltecer, como tantos otros lo han hecho, esa manera tan sistemática de aprisionar las ideas. Al final, los ensayos académicos muy pocos los recuerdan. Y es que de qué sirve ser un alabado intelectual en un gremio tan reducido y soberbio, si todo aquello que se escribe termina siendo pura parafernalia, un cuerpo sin alma: lo que viene a ser la metáfora perfecta que andaba buscando para definir la educación actual. Franquear los límites de la educación o explorar nuevos territorios pedagógicos siempre acaba siendo una cuestión sin sentido, una labor que sólo los indeseados acaban cumpliendo. Todo para que, siglos más tarde, algún despierto de espíritu le de la razón a ese loco de atar, a ese rebelde que en su tiempo quiso mejorar cómo aprendemos; pero que acabó lapidado por los que deberían ser veladores del conocimiento: los educadores.
Tal vez el tema propuesto para este concurso de ensayo me sirva como la mejor de las excusas para tratar un tema de más envergadura. Un tema que va solapado siempre bajo la hipócrita cara de las vanguardias actuales y las demás concepciones falsas de rebeldía que ahora abundan en redes, en seminarios, en charlas y en “didácticas” sesiones de cómo hacer más didáctica la enseñanza.
Nos llenamos la boca, las manos y los ojos de tutoriales, de videos de YouTube y hasta de Tiktoks. Nos vamos volviendo dependientes de consejos externos, de maneras de hacer las cosas, de propuestas que otros paren y que nosotros criamos como si fueran de nuestra propia sangre. Es cierto que es necesaria una buena información para llevar a cabo una buena creación o una implementación innovadora que permita una educación más fructífera. Pero es que ni eso logramos hacer bien.
Fructífera. Me quiero detener en esa palabra. Es una necesidad casi fisiológica. Fructífera. ¿Hace cuanto que la educación superior no da frutos verdaderos? Muchísimos años.
Un ejemplo claro de todo este acartonamiento es la disposición que se le quiere dar a los ensayos en este concurso. Cuando la palabra ensayo viene del mismo verbo ensayar, poner a prueba, innovar. Con un armazón tan inquebrantable como la cotidiana triada dialéctica de Hegel, los ensayos académicos acaban siendo más aburridos que reformistas. ¡Necesitamos, por favor, recurrir a la improvisación, a la búsqueda feliz de nuevas formas, de nuevos acercamientos al lector, al estudiante o a quien sea que reciba el mensaje! Nos quejamos tanto de las redes sociales, pero queramos o no, ellas han sabido cómo atraparnos, cómo secuestrar nuestras mentes y hacerlas presas de un sinfín de contenidos (muchos de ellos inservibles). Es falso afirmar que necesitamos, en tiempos tan modernos, de una universidad que nos enseñe aquello que queremos aprender, o que al menos precisamos aprender. Y la pandemia por fin nos desveló aquella cárcel auto impuesta.
El COVID trajo consigo una reestructuración mundial que, aunque nos neguemos a aceptar, nos ha durado tan poco, que parece que la nueva normalidad es la misma normalidad de hace dos años y medio. Y, sin embargo, se abrió el debate sobre diversos factores que afectan la vida cotidiana, mientras estuvimos encerrados; factores que andaban enclaustrados como nosotros, pero en chozas paradigmáticas de pensamientos tan retrogradas que hasta un cavernícola sentiría vergüenza de cómo manejamos el mundo. La verdad es que habitamos en una sociedad fermentada. Olemos a lo que el refrigerador huele cuando echamos a perder algo y así aun tenemos esperanza de comernos esa bola de mierda algún día, porque “desperdiciar la comida es pecado”.
Quizá más pecado sea enfermar a las nuevas sociedades de aburrimiento, clases sin sentido, atiborrarlos de panfletos inservibles, esa larga serpiente de domesticación que nos va digiriendo poco a poco hasta convertirnos en marionetas de gente que no sabe ni comerse las uñas— tarea bastante sencilla en tiempos actuales de ansiedad generalizada—, como nuestro presidente, el mayor ejemplo de ineptitud.
Miren, si nos fijamos en un estudiante de pregrado en sus últimos años y un colegial recién graduado, la diferencia, queramos o no reconocerlo, es tan poca que el futuro acaba siendo descorazonador. Y no porque los estudiantes sean estúpidos o los adolescentes sean “personas torpes que deben convertirse en adultos habilidoso, bajo la tutela de un maestro”, como un famoso arquitecto peruano afirmó en una entrevista hecha en esta misma casa universitaria. No. Los adolescentes— los jóvenes en general, y en toda época— han sido el impulso de nuevas formas de pensar, los constructores de innovadores paradigmas que reemplazarían a las decrépitas maneras de entender el mundo de los adultos de su generación. No vengan a decirme jamás que son pocos los adolescentes pensantes, genios o vanguardistas. Si menciono a Shelley, Keats, Rimbaud, Freire, Heraud, Victor Hugo, Borges, todos aquellos son recordados como adultos de renombre internacional —o muchos son dejados en el cajón del olvido, como Javier: abandonado a su suerte y recordado en diminutas e insuficientes reuniones de gente equivocada que lo relaciona con las revoluciones armadas. Pobres pobres nuestros poetas, pobres pobres nuestra generación y las que siguen. No es culpa del Tiktok, ni las redes sociales. Estoy seguro de que Poe en nuestro tiempo habría tenido un canal de YouTube de literatura gótica y Lorca habría usado Tiktok para promover sus poemas y Grindr para buscar pareja. ¿Martin Adan? Se habría hinchado a puro sexo desenfrenado con las pituquitas de la Molina o de Miraflores con Bumble— porque ya Tinder está pasado de moda. Confieso que yo también tuve nostalgia de épocas pasadas, de aquellas donde todo parecía más sencillo. ¿Pero era sencillo de verdad? Mis huevos, dirían los españoles. Cada momento de la historia de la humanidad ha tenido sus baches, complicaciones o genocidios— y sí, debemos recalcar esto último.
Es cierto que estamos en uno de los mejores momentos desde que conocimos la civilización, hace miles de años. La comodidad es inaudita, y aunque existe una desigualdad importante social y económica, es indiscutible la mejora en la calidad de vida que tenemos la mayoría de las personas en el mundo. Pero entonces, ¿por qué ha subido en los dos últimos años el índice de ansiedad en un veinte por ciento? ¿Por qué es que la educación sigue siendo un tema tan importante, tan vital y que está en boca de todos? Porque sencillamente la educación es la partitura que nos permite tocar la sinfonía de la vida social en general. Y no hablo de la paupérrima, absurda, insuficiente, hipócrita, conformista, adiestradora —y me quedan miles adjetivos más en el tintero (o para ser más moderno, en el teclado)— educación que imparten los adultos que no han entendido el Nuevo Mundo: aquella América de conocimiento universal, aquella América que se abre salvaje y avasalladora ante los cerrados de mente, pero es Verdad y aventura ante los ojos de los elegidos— jóvenes que, cansados, han decidido romper con lo establecido e ir en contra de la domesticación impartida por viejos sin sueños y con una ansia desfachatada por tener la razón.
Hay mucho de qué hablar sobre educación. Muchas preguntas qué hacerse, muchas opiniones que rebatir, muchas teorías que contradecir, y muchas propuestas que soltar. Y es por eso que cinco páginas no son suficientes para la revolución que necesita el sistema educativo para funcionar de manera apropiada. Necesitamos más convulsión, más pasión, más sangre viva que lata en los pechos eufóricos de los estudiantes; y menos alprazolam, menos caídas de cabello, menos parálisis fáciles, menos llanto por no aprobar un examen. El noventa por ciento de estudiantes olvida a los dos meses de haber acabado la universidad en el Perú, al menos un ochenta por ciento de lo que estudió en cinco años de carrera. Ochenta por ciento. ¿Saben por qué? Porque jamás aprehendieron. Solo leyeron superficialmente para un estúpido examen o hicieron un trabajo mediocre para aprobar determinada materia. La educación no es eso. La educación no es adiestrar a un eslabón más para la relojería capitalista contemporánea. Y no, no tengo nada contra el capitalismo. Pero ¿adorarlo a tal punto de sobreponer una nota o un puesto de trabajo, o un título universitario, o un contrato, a la salud mental, el bienestar y el perfeccionamiento de las habilidades humanas?
Es una necedad seguir creyendo que en el Perú buscamos impulsar al ser humano a ser mejor. Las universidades siguen volcándose a crear cursos ineficientes y disparatados como Ética, en los que el resumen es “sé buenito y no hagas cosas malas”. O hacen talleres donde hacen cantar a los estudiantes canciones moralmente correctas y que “despierten su espíritu cívico”. ¿En serio se creen que los alumnos son una sarta de simios sin amaestrar que necesitan de adoctrinamiento para comprender algo de la vida? Déjenme recordarles que los seres más despiertos y lúcidos de este planeta son los jóvenes. Despiertos en energía y lúcidos en ver la vida tal cual se muestra. Son los adultos los que llenan la realidad de fantasías nacidas del miedo, la desesperación y la competencia. Estudiar no debería albergar ninguna de esas formas condenatorias de la insensatez. Estudiar debería ser un acto de rebeldía, de pasión, de amor, de triunfo por el simple hecho de aprender y aprehender.
La educación actual se limita a pensar que sólo existe una forma de ser educados, que sólo hay un tipo de inteligencia y un sólo estilo de pedagogía válida. Nos hemos acostumbrado a la misma metodología hasta plantarla como la única e indiscutible. Pero el COVID vino a remecer esos cimientos y a mostrarnos algo completamente distinto, como mencioné antes: no necesitamos de ningún medio externo más que de internet para obtener información actualmente. ¿Pero entonces para qué sirve la universidad? Pues para mucho, si es que su enfoque fuera distinto. Es necesario el retorno al origen etimológico de la palabra escuela, que los griegos definían como tiempo de ocio, diversión y el juego magnífico de la experiencia. Fue en tiempos más modernos, donde el aprendizaje se volvió esclavo de la industrialización y se denigró al punto de ser entendido sólo como acumulación de información y un comportamiento cívico aceptable.
El aprendizaje comprende un espectro mucho mayor. Saber mucho sin ponerlo en práctica es lo mismo que no saber nada. Es parecido a lo que ocurre con Felix Duque, filósofo aclamado, pero con una concreción nula y un intento de comunicación que más bien le da la espalda al lector. Su sintaxis es desastrosa y su vocabulario tan pobre que le exige dar vueltas a ideas que podrían ser expuesta en una oración básica y directa, en lugar de sus alargados párrafos. Los ensayos deben ser leídos por la mayoría de las personas, para que llegue a incentivar ese bicho de la curiosidad. Sin embargo, muy pocos leen ensayos; y gran número de ensayistas, filósofos y letrados culpan al público de inculto, cuando es también su labor ser claros, directos y concisos.
Y el ensayo se parece mucho a la práctica pedagógica. Entidades de alto prestigio en los círculos académicos e intelectuales creen el aprendizaje debe darse bajo una estructura rígida, estricta y vertical. Sin embargo, la experiencia nos está demostrando que los alumnos pueden llegar a albergar mucha más información que el profesorado. ¿Pero entonces, los maestros ya son obsoletos en estos tiempos? No. Por una sencilla razón: la experiencia la dan los años. Y, claro, también el esfuerzo y el tiempo que se dedica uno a una habilidad en específico. Pero suponiendo que esto ha sido así, que el profesor ha dedicado toda su vida en perfeccionar una técnica, una habilidad o un determinado tema, el alumno puede aprender de él el manejo apropiado de aquel arte (definiendo al arte como una determinada materia: ya que viene del latín ars, entendido como profesión).
De hecho, la poesía, el arte, la escuela y el aprendizaje provienen de la misma esfera conceptual. Arte, ars: profesión, habilidad. Poesía, poesis: cualidad de la acción de hacer. Escuela, schole: tiempo de ocio, juego de la experiencia. Aprendizaje, aprendere: adquirir una cierta técnica o conocimiento (no sólo intelectual). Por ello, decidí hablar de lo poetas, del arte y del ímpetu en los corazones de los jóvenes. La mejor forma de aprender algo cuando se es joven es a través de la experiencia, no a través de la memorización de conceptos y teorías. Y es la misma experiencia lo que da a luz a obras espectaculares. No, no es cierto que los jóvenes sean cuencos vacíos que hay que llenar con datos y formas de ser acordes a la sociedad. Lo jóvenes son un universo de posibilidades: el ser humano es una posibilidad de por sí. El largo periodo de esclavitud de la esencia humana debe terminar ya, la mente debe liberarse y hallar por fin su lugar al lado del alma, como su mano derecha y no como su carcelera más tenaz.
Hemos querido controlar por tanto tiempo las llamaradas que lanza el espíritu, creyendo que puede quemarnos, en lugar de dejar que nos de la luz necesaria para ver el camino.
Los poetas, los artistas y aquellos que han amado su materia y su profesión, siempre fueron tomados como inadaptados. Y gracias a Dios así era. Todo inadaptado a una secuencia estructurada de adoctrinamiento será bendecido con el don del Verbo. Es allí donde nos parecemos a Dios, es aquella cualidad la que nos asemeja a él (o ella). No importa en lo que se crea, siempre y cuando se reconozca la capacidad de creación que tiene aquel creador invisible, pero presente: sea la vida, sea el universo, sea cualquier dios. Y el ser humano tiene una semejanza indescriptible a ese ser. Nuestra habilidad para crear es lo que nos hace divinos. Y la divinidad no tiene otra estructura más que el Verbo. Y el Verbo es acción, no teoría. El Verbo es poesis, es ars, es schole.
¿De qué sirve la filosofía si no es para proponer nuevos caminos de pensamiento? ¿De qué sirve la ciencia si no es para apostar por innovadoras maneras de hacernos más fácil la vida, para comprender aún mejor el universo y crear tecnologías que nos lleven a nuevos horizontes? ¿De qué sirven las letras si no es para recordarnos nuestra condición humana y permitirnos vivir miles de vidas, miles de aventuras? Y así podría ir de profesión en profesión, en las que la cualidad más importante es lo que se hace, no lo que se dice. Claro, podemos debatir, argumentar, sustentar una serie de ideas, pero una tertulia jamás será más poderosa que el impacto de una obra (sea artística, tecnológica o industrial; aunque hemos llegado a la conclusión de que aquello que sea crea llega a ser arte de algún modo).
Me gustaría llegar a una semi conclusión a partir de lo expuesto. Pero antes dar un ejemplo corto y claro. Hace un par de años, llevé un curso de Urbanismo en la universidad. El curso estaba dividido en Teoría y Laboratorio. Yo creía que las horas de laboratorio la pasaríamos recorriendo quizá la ciudad para entender mejor el urbanismo de nuestro país. Pero fue un golpe duro el que me di cuando el primer día de clase nos metieron a un salón con computadoras para investigar sobre cierta problemática que había sido solucionada en otros países. El tema no era el problema, el problema era la absoluta pérdida de tiempo que es meter a veinte alumnos por más de tres horas a recolectar información cuando podrían hacerlo en su casa, y en muchísimo menos tiempo.
¿Entonces cuál es la propuesta? Sonará básica la respuesta, pero es el aprendizaje a través de la experiencia. No se trata de hacer más “didáctica” la clase, ni hacerla más “divertida”, ni hacer jueguitos sosos con los que creen llamar la atención de los alumnos. Se trata de exponer a los estudiantes a un simulacro de una situación real de su profesión. Así como los pintores, que, si bien estudian Historia del arte, desde el minuto uno de su carrera, ya tienen un pincel o un lápiz en la mano. Yo he tenido la suerte de estudiar Arquitectura, donde hay un curso importantísimo que se llama Taller (desde el ciclo I), en el que se diseña un prototipo de edificio y se solucionan una serie de problemáticas contextuales, de usuario, climáticas y de concepto. El curso de Taller no debería ser propio solamente de la carrera de Arquitectura, sino de todas las demás carreras. Un espacio donde se produzca, donde se simule, donde se ponga en práctica desde el primer ciclo todas esas técnicas o habilidades que se van aprendiendo en los demás cursos. Y este debería ser el único curso presencial, ya que se aprende a través de la experiencia.
Los demás cursos de investigación y teorías son mejor entendidos de manera virtual, con clases grabadas que pueden ser revisadas, sin necesidad de comerse un tráfico infernal, sin necesidad de dormitar en pleno salón por lo aburrido y tedioso que es recibir una cascada de información que no puede ser ni procesada ni debatida.
Quizá deba corregirme con respecto a que Taller debe ser el único curso presencial, porque existen otros más que permiten un aprendizaje basado en la experiencia. Pero es a ese lugar al que se debe apuntar: el desarrollo de la habilidad a través del quehacer de la profesión. No me refiero a las prácticas pre profesionales, porque no son ni suficientes ni importantes. Me refiero a que el estudiante debe sentirse profesional desde el primer día que entra a la facultad. Así como un actor debe saberse actor antes de ponerse a estudiar, o un tenista debe saberse tenista mientras entrena, o un escritor debe saberse escritor mientras escribe.
El desarrollo de una habilidad es mucho más eficiente en cuanto el que la aprende ya se siente parte importante de ese mundo, ya se siente artista o artesano. Los mejores escritores, artistas, poetas, ingenieros, arquitectos, doctores, desde muy jóvenes ya sentían la profesión correr por sus venas, ya se sentían parte y no unos estudiantes, o unas masas a las que dar forma. Su técnica al inicio quizá era primitiva, pero sabían que el esfuerzo era lo único que les faltaba para conseguir la meta, porque ya sabían que el don lo tenían (aun sin tenerlo del todo). Como Flaubert, que empeñoso logró una novela inmortal: Madame Bovary. A punta de esfuerzo, y aun así dudando de su don, él se sabía escritor, él sabía lo que era y a lo que quería llegar. Quizá la mejor forma de mejorar exponencialmente la destreza de los alumnos es tratarlos ya como profesionales que llegan a explorar y explotar su propio don, y no como vasijas sin relleno.
La información es importante, pero sin la experiencia carece de toda lógica y de toda verdad. Porque la verdad no se halla tras un manojo de teoría sino en la acción.
Cierro este ensayo, pensando en el primer verso del poema Ajedrez de Borges: “En el Oriente se encendió esta guerra”. Pues con respecto al aprendizaje, me atrevo a afirmar que fue en Occidente donde se inició la guerra que nos compete. Nuestras enormes ansias por dominar las ideas nos llevaron a querer dominar también a los seres humanos que las contienen. Cuando antes la escuela era un lugar de ocio y exploración, ahora se ha convertido en un lugar de oprobio y represión: de enseñar una única manera de pensar.
Occidente nos impulsó a la dilucidación y a la reflexión, por medio del disfrute y de la acción. Pero también nos aprisionó, miles de años después, bajo el yugo indiscutible del academicismo y la verticalidad de pensamiento.
En el Occidente se encendió esta guerra, quizá sea hora de apagarla cerrando el ciclo, retornando al inicio de todo, haciendo una vuelta a la Ítaca inmortal del conocimiento.
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