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ANASTASIA: La joven heredera de la milenaria técnica del telar de cintura

Escribe: Semanario Expresión
Edición N° 1250

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Anastasia Calderón Manayay nació y creció en el distrito de Incahuasi, una comunidad indígena a 5 horas de la ciudad de Chiclayo, a más de 3078 m s. n. m., en la provincia de Ferreñafe. Allí, desde muy pequeña, aprendió una tradición milenaria: el arte de tejer.

Pero no cualquier tipo tejido, sino aquel que se practica en un telar de cintura, técnica que se practica desde hace más de 2000 mil años entre las mujeres artesanas de Ferreñafe, Incahuasi, Mórrope, Túcume, Monsefú y Ciudad Eten.

Ella aprendió todo de su madre Rosa Manayay Vilcabana, como antes su madre aprendió de su abuela Martina Vilcabana Sánchez. Cuando tenía 8 años aprendió a hilar la lana de oveja, luego a tinturarla para obtener distintos colores utilizando las hojas, tallos o flores de las plantas. Luego, como paso final, aprendió a tejer. Primero, pequeñas mantitas y luego productos más elaborados.

Ana, como la llaman sus amigos y familiares, es madre soltera y tiene la responsabilidad de sacar adelante a sus 3 hijos: Andhy de 7 años, Alex de 5 años y Yasemín de 2.

Beneficiaria de Juntos

Ella pertenece, desde el 2017, a Juntos, programa social del Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social (Midis), que entrega a sus familias usuarias un abono de 200 soles, siempre y cuando cumplan con llevar a sus hijos a los centros de salud y enviarlos al colegio.

Gracias a estos abonos, Ana ha podido ahorrar un pequeño capital para iniciar un emprendimiento en lo que mejor sabe hacer: tejer. “Gracias a lo que recibo de Juntos he podido comprar los insumos que necesito para poder tejer mis productos”, cuenta orgullosa.

Talentosa artesana

Así, con su telar a la cintura, hace mantas, morrales, monederos, porta tablets y porta celulares, que vende todos los días para poder mantener a sus pequeños hijos.

Pero ¿cómo funciona un telar de cintura? Esta ancestral técnica permite elaborar diversos tipos de tejidos y consta de dos tablillas de forma rectangular llamadas konkallpu, cuyos extremos tienen la forma de una “Y”.

Una de las maderas está ubicada en la parte superior, la que amarran a un soporte que puede ser un árbol o un poste, como el que está al pie de la casa de Ana, de tal forma que sea un lugar que resista la tensión ejercida durante el tejido.

La otra madera, se ubica en la parte inferior, donde se coloca la abarina o emuque, una suerte de sujetador de cuero que la tejedora se coloca en la parte posterior de la cintura y sirve para dar tensión a los hilos de la urdimbre, los cuales han sido previamente ordenados en las estacas.

Sin embargo, la práctica del telar de cintura en Incahuasi solo tiene a 28 artesanas registradas, por lo que se considera que es momento de que las mujeres cultoras de este arte puedan formalizarse, ya que esto les permitiría contar con un documento de identidad como artesanos, facultándolas a participar de diferentes instancias, actividades económicas, capacitaciones, concursos, eventos oficiales, entre otros.

A sus cortos 23 años, Ana es consciente que la única manera de seguir creciendo es capacitándose, a fin de mejorar su técnica y hacer cada día mejores productos.

Ella tiene dos sueños a mediano plazo: el primero es abrir una pequeña tienda en donde pueda vender sus telares; el segundo, transmitir todo lo aprendido a su pequeña Yasemín, para que la tradición milenaria del telar de cintura siga viva.

(*) Programa JUNTOS.

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