Yolanda Gil Ludeña nació para ser jueza. Lo tuvo claro desde los primeros años de su vida. Recuerda que cuando era niña le gustaba ser árbitro entre las discusiones de sus compañeras. “Yo le preguntaba su versión a cada una y en base a eso dirimía. Eso está en mi sangre, en mis genes. Nací con la vocación de ser jueza”, revela.
Gil Ludeña, profesional con más de 40 años de trayectoria y que hoy está jubilada de la administración de la justicia, rememora que ingresó al Poder Judicial apenas al egresar de la universidad, en el año 1980. Por aquel entonces postuló a un concurso para la plaza de relatora, la misma que ganó y ejerció en un tribual correccional.
“Ingresé desde el primer escalón. En 1984 ejercí como juez de Paz Letrado de Chiclayo y desde entonces he sido jueza de todas las materias. He visto causas civiles cuatro años, de trabajo cinco años (…) pero lo que en realidad es mi especialidad, lo que me apasiona es el derecho penal”, refiere.
“A mí me ha gustado trabajar, me apasionaba lo que hacía, era mi vida, mi amor. Me cansaba, por supuesto, pero era un cansancio agradable, placentero. Siempre he dicho que para ser juez tiene que gustarte, tener vocación. A mí no me gustaba atrasarme, si no almorzaba o no dormía bien era porque pensaba en el trabajo que tenía. Ha sido así toda mi vida hasta que cumplí los 70 años y tuve que dejar el Poder Judicial”, añade.
Autonomía judicial
Yolanda Gil indica que a lo largo de su carrera como magistrada recibió presiones de todo tipo: políticas, jerárquicas (de la misma institución) y hasta familiares. Sin embargo, afirma que siempre resolvió los casos que llegaron a su despacho de acuerdo a la Constitución y la ley.
“La autonomía judicial depende de cada profesional que administra justicia. La misma ley orgánica te dice que eres independiente, no es como los militares que jerárquicamente reciben órdenes. Acá desde el primer escalón, que es un juzgado de Paz Letrado, tienes independencia total. Lo que tú resuelves, eso es. Ya luego podrá ser revisado por una instancia superior”, manifiesta.
Comenta que a lo largo de su carrera tuvo la responsabilidad de llevar casos emblemáticos, de mucha complejidad. “Recuerdo el caso de los sacerdotes casados, que habían formado su propia institución y fueron denunciados por la Iglesia Católica; el del Hospital Las Mercedes, donde un médico fue denunciado por poner unas válvulas que no eran las correctas a unos niños que sufrían de hidrocefalia; como civil vi el juicio que la Beneficencia le hizo al Colegio de Ingenieros; y ya como penalista tuve a casi todas las organizaciones criminales”, relata.
Indica que su ejercicio profesional lo empezó cuando estaba vigente el Código de Procedimientos Penales de 1940 y culminó sus labores ya con la aplicación del Nuevo Código Procesal Penal.
“Nunca me tembló la mano porque yo actuaba sobre la base de la ley. Mi conciencia era estudiar bien. Nunca le he temido a las autoridades, a los políticos, amigos y familiares. Mucho menos me ha movido la plata, porque mi filosofía de vida nunca ha sido tener grandes cantidades de dinero. A lo único que le he temido en la vida es a la ignorancia, por eso me desesperaba por seguirme formando. Tengo el grado de magíster y de doctora. Soy criminóloga y especialista en temas de familia. Me pude equivocar por ignorante, pero nunca por presiones de terceros. Eso jamás”, afirma.
Separación
No obstante, la carrera de Gil Ludeña también tuvo altibajos por cuestiones que escaparon de su responsabilidad. Uno de estos fue su separación del Poder Judicial el 28 de agosto de 1992, por orden del régimen del entonces presidente Alberto Fujimori.
“Para mí fue algo traumático. Yo trabajaba bien. No era la más sabia, pero tampoco una deshonesta. Recuerdo que cuando vino la comisión de Lima para evaluarnos a los jueces, el jefe de los evaluadores me dijo: ‘Aquí en Chiclayo la quieren mucho’, yo pregunté por qué doctor y me respondió que era porque no tenía ninguna denuncia. En mi ingenuidad pensé que de repente hasta me ascendían provisionalmente, pero más bien el 28 de agosto de ese año salió la resolución en la que me separaban del Poder Judicial”, evoca.
Señala que este hecho ocurrió en un momento de su vida en el que tenía a sus tres hijos en edad universitaria y su única fuente de ingresos era el Poder Judicial. Sin embargo, relata que pronto consiguió empleo como asesora de algunas importantes instituciones, incluida la Municipalidad de Lambayeque, para finalmente llegar a la Empresa Prestadora de Servicios de Saneamiento de Lambayeque – EPSEL, donde se desempeñó por cinco años como jefa del departamento de Atención al Cliente.
Al retorno de la democracia, en el 2001, se inició la reevaluación de todos los magistrados que fueron separados durante el fujimorato, aunque Gil Ludeña ya no quería volver al Poder Judicial, debido a lo decepcionada que se encontraba de su institución.
“Ya no quería volver, pero mis hijos me impulsaron a someterme a la evaluación. En EPSEL me propusieron incluso doblarme el sueldo para que me quede. De los que nos sacaron, fui la única jueza reincorporada por el Consejo Nacional de la Magistratura. Reingresé con la intención de renunciar, pero ya una vez dentro me volví a apasionar”, cuenta.
Sin embargo, asegura que los 10 años que estuvo fuera de la institución sí le perjudicaron en su carrera judicial, ya que la retrasó en cuanto a ascensos. “Alguna vez me dijeron: ‘Usted tiene tantos años de servicio y sigue siendo jueza de primera instancia’. Y yo contesté que sí, porque estuve injustamente separada por una década”, recuerda.
Suspensión
Catorce años después de su reincorporación al Poder Judicial, Gil Ludeña tuvo que afrontar un proceso disciplinario ante la Oficina de Control de la Magistratura – OCMA, la cual resolvió imponerle una suspensión preventiva de cualquier cargo en la institución.
Esto se debió a unas interceptaciones telefónicas que ordenó el Ministerio Público contra el exalcalde Roberto Torres y sus más cercanos colaboradores. En una de estas aparece como interlocutora la enfermera Aurelia Carmona Recuenco, quien se presenta como amiga de Gil Ludeña y se ofrecía como mediadora para lograr un fallo favorable al entonces burgomaestre.
Finalmente, el 8 de junio del 2016, mediante Resolución del Consejo Ejecutivo del Poder Judicial N°1323-1-2015, se acordó por mayoría revocar la medida de suspensión contra Gil Ludeña, quien pasó ocho meses apartada de su institución.
“Me suspendieron porque sencillamente una persona había tomado mi nombre para engañar al entonces alcalde de Chiclayo y decirle que hablaría conmigo para que un caso saliera a su favor. Se valieron de eso, pero en realidad no había fundamentos, era solo un dicho. Había muchos intereses de gente que me quería afuera del Poder Judicial porque yo tenía los casos más emblemáticos, de las autoridades políticas más importantes. Había presiones, incluso desde Lima, que con el tiempo pude saber de quién venían”, afirma.
Administración de la justicia
Por otro lado, señala que un juez debe tener un accionar objetivo, justo y legal, ya que la impartición de justicia requiere de un alto grado de responsabilidad.
“Como anécdota, puedo contar que muchas veces el público y los mismos trabajadores se reían al terminar las audiencias de prisiones preventivas porque yo les explicaba a los imputados los motivos por los cuáles se iban a prisión y ellos me decían gracias doctora. Nadie decía nada, no hacían escándalo porque se les daba la justificación clara”, indica.
Apunta que su labor como jueza le ha dado grandes satisfacciones, siendo la principal el reconocimiento de quienes alguna vez pasaron por su despacho como justiciables. Indica que, aunque ya no ejerce como magistrada, todos los 4 de agosto recibe los saludos por el Día del Juez.
“Cuando veo los saludos pienso que todo valió la pena, que el esfuerzo, la alegría y el apasionamiento no fueron en vano. Muchas veces dejé de lado a mis amistades e incluso familiares, porque para mí el administrar justicia es y será lo mejor. Estoy seguro que mis colegas de ahora lo harán muy bien, porque tienen vocación y les gusta”, anota.
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