Escribe: Yolanda Gil Ludeña (*)
Definitivamente está originada de un aliento Divino, trasmitido irradiado e interiorizado en ti y cual semilla sembrada, germinada, y crecida da sus frutos: la vocación.
¿En qué momento, espacio de tu finito vivir, sientes el llamado de impartir justicia? Quizá desde tu infancia, adolescencia o juventud asoma a ti esa inclinación, ese interés que nace de la profundidad de tu ser para enquistarse en ti toda una misionera labor de juez.
Porque la calidad humana de juez es un don, un carisma que te regala Dios, salpicándote briznas de sabiduría y cual plastilina tornarlas en vida justiciera.
Para ello deberás relativizar las cosas materiales, hacer oídos sordos a los acechos, cercos familiares, omisión a las directrices torcidas de los jerárquicos, ceguera a los titulares periodísticos.
En estos tiempos de grave crisis en todos los aspectos y en los que el juzgador debe fortalecerse, imbuirse de energía cósmica, de naturaleza viva, de espíritu equitativo, dar señales de sentir, pensar, evocar de ser un magistrado independiente de políticas interesadas y de toda guía sixsajeadas, ser reacio a toda injusticia, aunque ello importe consecuencias de agravio personal y profesional, pero no habrás denigrado tu función de juez al no someterte al interés ajeno de desviar una decisión justa por una atiborrada y disfrazada resolución “conforme a ley”; entonces tu dignidad de hacedor, impartidor de justicia quedará confirmada, sellada y tu originaria inclinación vocacional seguirá viva; y claro que esto se consuma con mucho esfuerzo y espíritu responsable; pero habrás armonizado la ley, el derecho y en consecuencia habrá parido la justicia.
Ser juez no es un servidor ordinario, no es un hacedor común, no es un impromptus, es un ser elegido, un discípulo, un siervo, un maestro de justicia terrenal. El verdadero, auténtico juez, es aquel que despierta su vocación en los amaneceres del sol y su accionar está barnizada, permeabilizada, protegida por el enraizado amor a la justicia viva, y sus expectativas no revisten de ansias de vanidad, adulación, loas de sabiduría, poderío, recibimientos pecuniarios, no condicionantes que turben, cerquen o encofren las decisiones judiciales.
El soporte y mayor estímulo para ese ser humano que imparte justicia es el amor a su trabajo y ello le dará fortaleza, vitalidad, alegría para allanar, sobrellevar, saltar obstáculos y logrado, experimentará una sensación maravillosa, un gozo espiritual inexplicable que llegará al prendamiento del éxtasis, conjugándose lo místico de la vocación y la pródiga de los chispazos divinos que salpicadas al impartidor de justicia, quien habrá expedido una sentencia judicial “justa” resultante de valorar las operaciones legales, capacidad de creaciones jurídicas, interpretaciones legales, etc, etc.
Todo ello resultante de una innata naturaleza de vocación que me atrevo a afirmar que es el factor determinante para una buena administración de justicia, siendo el perfil un factor contributivo; el primero nace, y el segundo se hace y la fusión de los dos se convierten en indesligable para desempeñar la función en comento.
Señores: Amados jueces y juezas, espero hayan celebrado su día e impregnen calidez, rectitud, luminosidad y humanidad en cada decisión judicial, y con ello habrán surcado y dejado una indeleble huella a su conciencia recta, limpia, convirtiéndose en estrellas de justicia y paz social.
(*) Ex magistrada, maestra en Derecho con mención en Ciencias Penales y doctora en Derecho y Ciencia Política.
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